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Oct. 13th, 2009

Definiciones 1

 

Poseída by Puán: despertarse por causa de un llamado telefónico en cuya conversación se menciona el sintagma modal imperativo e indirecto “no, no te preocupes, que…”, levantarse de la cama a las 20 hs de un sábado, bajar al living y declararle a la propia madre: “no te preocupes Ma, que las desinencias latinas no perduraron. Es por la ruina de los casos. No, no te preocupes, porque el elemento “-m” es el primero que cae, lo que produce el corrimiento del acusativo a la segunda declinación para todos los grupos”. Darse cuenta de que a una la están mirando de manera perpleja y notar que ha respondido así a la simple disquisición acerca de si tiene o no planes para esa noche. Decir “Aquí no ha pasado nada”, encaminarse hacia el cuarto y dormir otros 15 minutitos hasta que algún charming Prince la rescate y/o exorcise.


Oct. 6th, 2009

Confabulación.


Es lo que se anuncia a todas luces hoy en mi contra. Como en una ensoñación wellesiana, la tecnología deja de funcionar; y no sólo eso: también obra para perjudicarme (no anda i-net, contesto mails a destiempo, en Shuppansha piensan que me estoy escabullendo como una rata; Magister está ilocalizable y aleja de mí la fotocopia que necesito para el parcial de mañana…). Me azota un cansancio extremo, no obstante a las 10am me encuentro sonriente en el living de mi casa explicando Construcciones Verboidales a una alumna que, as always, me saca preciosos 15 minutos de sueño viniendo preciosos 15 minutos (mínimo) tarde y pretendiendo tácitamente que no se los cobre. Mal día para ser comprensiva. Veo todo en derredor como una suerte de pesadilla de la repetición. Un viaje alucinante, un matrimonio en ciernes, A. y yo como 2 caras opuestas de la misma moneda. Aún cuando como, me siento débil, extenuada; la felicidad tintineante de haber aprobado un final más o menos apoteósico me dura menos de 10 minutos. (Yourcenar: “Pura felicidad, que en otros momentos podría ser pura desgracia”). Bajo para almorzar a regañadientes y encuentro el 2do artefacto obstinado en contribuir a mi ridícula depresión: mi hermano le da golpecitos nada delicados al televisor, clamando a las cuatro paredes que qué le hicieron, que qué pasó. Demasiado para mi alma jansenista. Regreso a la cama y recibo la oposición de mother D. reprochando mi comportamiento mitad parasitario, mitad Bartleby. Se me ocurre de repente que tal vez esté protagonizando un relato de Cortazar; exactamente como el que leí anoche (“Los buenos servicios”) cuando tenía que estar declinando compulsivamente sustantivos de la 3cera, sino verbos deponentes. El televisor vuelve andar; no así la red, que (voilà) no funciona en mi cuarto, en mi computadora, para cualquiera de los asuntos irrisorios que quiera atender, pero fluye como un rayo láser en cualquier otro rincón de la casa. Me pongo a llorar una media hora, mientras mother D alterna recomendaciones de médicos con bases líquidas que me quiten la hinchazón de los párpados. Cada persona que llama o aparece, pregunta por A; yo siento una mezcla de celos y desasosiego. Para el parcial de mañana estoy tan entrenada como para luchar en la selva amazónica con un cuchillito untable; mágicamente, no me preocupa. (Latín en todas sus temporadas es la asignatura donde peor me fue en lo que va de la carrera y - oh, paradojas -, no me preocupa). Circulo los absurdos: que Lógica era más fácil (falso), que Latín es una lengua sencilla (FALSO!! ¿Quién fue el idiota que hizo publica semejante falacia?, ¿por qué se sigue repitiendo hasta el hartazgo?, ¿cómo es que nadie se queja del hecho de que TODO flexione, y que TODO deba ser aprendido de memoria?, ¡es una lengua que tiene 6 - SEIS - participios, por amor de dios!), que seguro la ficha de cultura que me falta tiene 4 carillas (tres veces falso. Es un cuadernillo de OPFyL y tiene como 50). Decido que, o le pongo fin a este circo estúpido o este circo me pone estúpidamente fin a mí. Agarro mis cosas y voy a un conocido café donde pueda entretenerme escribiendo esto mientras soy reprendida tanto por mi superyo, por no estar analizando oraciones o fichando la Eneida, como por el barista, por andar moviendo las mesitas esas tan graciosas y tan pesadas, sin el debido permiso. 

Oct. 4th, 2009

¡¿Por qué?!


… ese vestidito de raso negro con sutiles apliques corrugados, ese vestidito corto y adherente, ese ejemplar único que figura entre los escuetos percheros del local que Ona Saez dispuso sobre Florida y Córdoba; ese vestidito perfecto que te observa con ojos vidriosos y te susurra indecentes puestas en escena; ese encadenamiento de tela docilísima y ondulante que imaginás sujeta a tu cuerpo en una eterna suspensión de la belleza, como si nada - ni un respiro, ni un gesto desarticulado, ni la altura equivocada en los zapatos o un tema de jazz que no es jazz sino lo último en la más vulgar de las modas musicales -, como si nada de eso pudiera interrumpir el curso de tu cristalización en semi-diosa; por qué – digo, pienso, repregunto – ¿por qué tiene que estar valuado  e x a c t a m e n t e  en el mismo importe que lo que te pagan por traducción…?
 

Sep. 30th, 2009

De cómo un conjunto con Modelo puede volverse inconsistente.


Estamos entonces en uno de esos días en que parece ser deseable que ocurran eventos semi dramáticos a fin de que nos sirvan como pintoresca base de relato semi ficcional (iba a escribir: “como patética base de relato…”, pero ganó un inesperado optimismo). Mucho frío afuera en esta agria primavera; despierto tardísimo luego de intentar paliar las energías sacrificadas al dios de la Lógica el lunes.
(Agradecida eternamente porque se trate de un dios bondadoso y me haya recompensado con una nota que superaba el mínimo para aprobar). Despierto tardísimo entonces, medio helada, con el gato enroscado en un brazo y el pelo (voilà) en la más perfecta lasitud rubia. Me asalta entonces el siguiente recuerdo intempestivo: yo debía estar a las 10.30 am en Ciudad Universitaria, Pabellón 2, para sacar las famosas fotos steampunk de Chise, en las cuales, además de pálida, lánguida, sombría y semidesnuda, debía llevar el cabello “batido”.

Ese artefacto convencional y esclavista que llamamos reloj marca las 10.30 en punto. Contrario a lo que un ser humano responsable y promedio hubiese hecho, yo no salto literalmente de la cama, sino que me aboco en la tarea de recostarme una vez más, cara al techo, y acariciar al gato mientras me quejo de mi mala fortuna, mi carrera universitaria, los 200 - o sea, 3 - parciales que tengo la semana que viene, mis pretensiones de escritura destinadas al fracaso y esto de andar tomando pastillitas para dormir que me inducen sueño cuando deberían reducirme angustia. Finalmente me levanto, me cambio, hablo con Chise y tramito mi demora. Una breve conversación con my mother D. basta para que comprendamos que no, de ninguna manera ese pelo mío va a poder ser batido sin el instrumental necesario, así que procuramos no secarlo y, en cambio, ponernos una boina tres chick (y-fun-cio-nal!) cosa de que al quitárnosla aparezca la base para hacer lo que sea que Chise quiera hacer. D. me maquilla ultra rápidamente y me alcanza hasta el 107, procurando recordarme que tengo que comer (…) y que de no hacerlo las catástrofes cotidianas van a seguir sucediéndose en eterna cadena dantesca sino kafkiana. Frente al 107 algo en las palabras de mi madre me perturba, así que opto por comprar algo así como un desayuno frugal que espejase tantos mediodías al sol de otoño en NY o esos malabares con que intentase transmitir un pedido a los austríacos vendedores del Anker, Viena. En esta oportunidad, caminando por la rutilante avenida Cabildo, soy presa de una disyuntiva mucho menos Hamletiana; ¿Burguer King o McDonald’s? Burguer King está más cerca. Me pasean del puestito de sundae a la caja, todo para pedir un miserable café con algo comestible y no traumático. El mundo (ya lo sabemos) no está hecho para disoréxicos: todo viene de a dos, de a cuatro, o de a mil unidades. Opto por no quejarme. Café y dos medialunas. Se me ocurre que, acaso, pudieran darme más café en esa tacita ultra miserable en lugar de la mentada dupla de facturas, cuya internalización en mi persona va a reprocharme la hermosa torturadora durante el resto del día. La gente mira mi gorrita de corderoy negro con curiosidad. Yo tengo ganas de putear a alguien, pero la decandentísima poética de la escena me recuerda que el pobre flaquito del puesto de sundae no tiene la culpa de mis absurdas exageraciones. Me llevo el mini café como si portara el Santo Grial; a punto estoy de comer la bienquista medialuna cuando llama mother D., preocupada porque me vio “con una expresión realmente deplorable. Ponete un poco más de polvo volátil, algo de rubor, decile a Gisela que te deje llevar rimmel, aunque sea el de Miss Yllán, porque, Brenda, así no se puede”. Asiento mientras doy muestras de estar ingiriendo la primera medialuna. Ya en la fila para el 107, me descubro nuevamente observada; pero no es la gorra, ni mucho menos yo, quien capta la atención de mis futuros compañeros argonautas: es la medialuna restante. Comprendo que, acaso, las miradas conllevan envidia, pero mi sistema neurótico se encarga muy bien de traducir eso en reproche: te están mirando así porque estás comiendo. Tirá ya esa medialuna. Me aferro al café. Embrollo la bolsa acartonada de Burguer King y la oculto en el bolso neoyorkino. Los pasajeros miran desconcertados. Extraño un poco a Julio Cortázar; extraño tener que leer a Cortazar por obligación cuando – mentira –, lo leía por gusto. Como es natural evoco “Ómnibus” y me pregunto seriamente qué pasaría sin tanto los viajeros como el chofer se abalanzaran sobre mí, presos de la ira ante mi irrazonable desprecio por la medialuna ahora convicta en las profundidades de mi cartera. Muchas ganas de escribir también, así que me acomodo de espaldas a la puerta de acceso (un sitio masivamente repudiado) y alcanzo a garabatear un par de titulares para esta crónica ociosa. Me felicito: como soy experta en hilvanar sintagmas nominales y verbales dislocadísimamente dispuestos, no preocupa para nada desordenar así los sucesos que integran este día, que se anuncia particular. Chise me llama al celular y se vuelca, en la conjunción que tan bien forman mi mano y la torpeza, los restos de café que (believe it or not) aún quedan en la cicatera tacita burguer king. Finalmente arribo en Ciudad Universitaria. Resulta que el pabellón II está más cerca de lo que creo, no obstante mi gorrita y yo sentimos el irreprensible impulso de preguntarle a cualquier residente sobre la efectiva identidad de esa locación. No lo hacemos. En cambio, apenas al bajar hacemos entrega de la medialuna problemática a una nenita que deambula por las escaleras. Tiro el envase vacío del café (tirar los envases de café take-away me produce una satisfacción casi perversa). Cuarto piso, dijo Chise. Tomo el ascensor. Allí, forrado en madera, somos albergados un grupo de gente como mínimo formidable: un puñado de estudiantes cuadriculados, 2 entes aparentemente femeninos, una empleada de limpieza y un hombre barbudo, con guardapolvo. Mi gorrita negra vuelve a hacer el acto triunfal de acaparar todos y cada uno de los reflectores de luz que no hay en ese cubículo. Por lejos, la más simpática resulta ser la señora de la limpieza, que inicia un breve diálogo con el hombre del guardapolvo en el que destaca un “sí, yo vine esta mañana a hacer un experimento y noté que ya no nos quedan ranas”. Comprendo cuán desubicada está mi gorrita, resemantizada en ese entorno como subversiva y bolchevique, ahora que no nos quedan anas. Desciendo en el piso 4. Busco con la mirada a Chise y su compañera; las encuentro flanqueadas por un muchacho alto, morocho y ocupadísimo entre el envase de telgopor que lleva en la derecha, el celular atusado al hombro izquierdo y una cámara inmensa, de valor neto igual o superior al de toda mi biblioteca. Camino al toilette que oficia de vestidor para ese dress endemoniado comprendo que de manera tangencial quiero yo saber cuanto pueda acerca de quien de ahora en más llamaré sexy photographer, para evitar descripciones definidas que puedan subjetivizar al lector (…). Me perturba en particular el hecho de que no me de ni pelota teniendo yo el cuestionadísimo estatuto de modelo (acaso sea por el superlativo) y que a la vez lleve el mismo sweater que P. Phi. Me pregunto morbosamente qué pasaría si le menciono el sustantivo “derivación”. Pienso en que las casualidades son todas una falacia humanoide y mística, pero cómo me las creo. Los tres recorremos el piso buscando ese reducto de destilación (no es metáfora) donde sacar las fotografías; el photographer, además de sexy, hace bien su trabajo. De a ratos nos custodian miradas hostiles que sólo mi paranoica persona detecta, y que son erróneamente ignoradas por mis acompañantes. Claro que ninguno está semi desnudo frente a una cámara que oculta al sexy photographer, de espaldas a un instrumental de quien sabe qué siniestro oficio, poniendo cara trágica y tratando de suponer cuán peligrosos serán los científicos experimentadores de ranas que evidentemente circulan por detrás. Como todo paranoico, veo mi sueño hecho realidad al materializarse cierto individuo con ademanes barderos y registro equivocado, exigiendo explicaciones sobre qué magia estamos practicando cerca de aque equipo de trabajo. Sexy photographer asume la carga de la prueba y discute con el sujeto revelando que, además de sexy, photographer y portador del mismo sweater que P Phi, es profesor “de la facultad de al lado”. Mi icc, como es un desastre, suprime la información recientemente incorporada por el sólo hecho de no estar tratando con un alma gélida dedicada a los números o a los razonamientos deductivos más inquebrantables. Sigue una escena en donde todos nos trasladamos hacia la oficina del pabellón II a reiterar el permiso para sacar 10 miserables fotos de mi persona enfundada en esa maraña de hilos, escena que sexy photographer interpreta solo, tan propenso es a robar libreto. Regresa entonces victorioso, acusado por Chise de chamuyarse a la vieja de turno a fin de que nos permitan efectuar las efigies vintage más dilatadas de la historia. Cambiamos de locación; nos movemos hacia uno de los clásicos pasillos semiderruidos de la UBA, en donde infaltablemente subsisten lo que parecían ser butacas a medio corroerse. Brenda se sienta en ellas y pone cara trágica una vez más. (“Pensá como si hubieses reprobado Lógica”, es el leit-motiv) Sexy Photographer menciona algo acerca de su participación en un concurso de fotografía para anime y mi entusiasmo cae en insalvable picada hacia el abismo del desinterés. Acaso fue bueno para las fotos. Pero me agarró con la guardia baja: pasa por detrás un miembro oficial del Comité de Mujeres Abstemias de Sexo y, al son de “¡a vos te parece, sacarte fotos así, en bolas, en una universidad!” hace explotar la ira de sexy photographer. Yo no me siento realmente atacada, pero veo en las circunstancias una oportunidad irrepetible para hacer el numerito de la doncella ultrajada por brujas y animales feroces. Para más, sexy photographer argumenta no sólo su condición de “profesor de la universidad de al lado” (…) sino su estatuto moral superior (no olvidar glosas como “…y te podrían enseñar tantas cosas más, chiquita…”), y a eso le suma un “me parece que por lo menos tendrías que pedirle perdón a ella, que viene acá a trabajar tanto como vos”. Tiene la deferencia, además de acompañar tamaña sofisma con un gesto ostensivo. Yo callo, mi ego calla, pero se me ocurren muchas cosas que agregar, todas en relación con mi altura y mis estudios de lingüística general. Recuerdo también que, acaso, lo peor de Kate Moss es lo que me compone, y trasueño que sexy photographer ha visto esa faceta mía aunque claramente no la vislumbra ni de lejos (cft. “qué buenas van a quedar estar fotos, Chi, mirá, hasta se le ven los huesos”). Siguen los escarceos entre sexy photographer y la pobre señorita abstemia de sexo, y en ellos Brenda quiere intervenir haciéndose la pobre doncella ultrajada, pero sexy photographer no da lugar a otros personajes en escena: cuando monologa este hombre es eso, carajo, SU monólogo. Chise mientas tanto toma sol en las Bahamas. Yo tengo un artículo titulado “Latín y Romance, ¿fragmentación o restructuración?” de un tal Alberto Várvaro (si, dos v) en la cartera, pero está lejos de mi alcance; para más (es hora de que alguien confiese) a todos los enfermitos de Letras nos encantan veladamente los folletines. La comedia termina cuando otro simpático empleado de limpieza se lleva a la inquisidora de las matemáticas “a tomar un tecito”. Sexy photographer declara que “ya las tomas están como muy manoseadas”, y yo me ruborizo ligeramente ante el uso desconsiderado de ese predicativo subjetivo obligatorio.

Una vez restituida a mi fachada decente, lucubro tácticas para abordar a sexy photographer, siempre olvidando cuestiones tan pilares como su inclinación sexual, su estado civil o su potencial interés en mi persona. Razono así: este flaco debe estar tan habituado a ver pseudo modelitos, como yo a ver portadas de ejemplares en mesas de saldo. Reacomodo las armas: ¿le hablo de Shuppansha, le hablo de la gakko, le hablo de Noam Chomsky o de mis lecturas sobre [inserte posible autor que habría de interesarle a sexy photographer sólo porque Brenda así lo prejuzga]? En esa magia estaba – dice Borges – cuando la borró la descarga: sexy photographer tiene ojitos claros. Ay Dios. Ay Dios. Imposible.

Solitaria, camino a casa me consuelo en el centro de mamá, arreglándome las uñas y descartando el buen número de cumplidos hacia mi gorrita que recolecté en el 42, pero a quién le importa, si ya no soy denostada por científicos y defendida por megalómanos photographers. 

Además




 

 

Una se cansa de escribir a veces.

(Por fortuna, dura poco).

 

Sep. 25th, 2009

Decilo bien bien claro.


Quiero. Contestarle mal a la gente en el subte sólo por capricho. Decir algo así como “qué te pasa, qué querés, por qué me mirás el libro, idiota”. Tener muchos pero muchos admiradores y, encima, tener una lista de más de cuatro ítems que justifique su adhesión a mi persona. Salir a la calle con lentes oscuros, con unos grandísimos lentes oscuros y un pañuelo de seda beige sobre el pelo. Vestirme de rojo fuego, incandescente, insultante, Ponerme un flequillo super tupido, y hacer de cuenta que es lo más natural del mundo. Haber leído y fichado todo Knowledge of Language, sólo para comentar al pasar, mientras izo un cigarrillo, que Estructuras Sintácticas es mejor. De una sola lectura, comprender el preciosismo semántico en cada palabra en Sylvia Plath. Usar tacos altos, altísimos, aguja, todos pero todos los días, excepto el día que esté cansada, y que justo sea uno en que hubiera sido ideal agregarme 15 centímetros, pero what the fuck. Las 3 novelas de Piglia, los cuentos completos de Saer, conseguir una buena edición de The Long Farewell en español. Escribir uno de esos 30 proyectos destinados a la nada. Terminar la novela, pasar los 7 párrafos si es posible. Que la novela me parezca mala, malísima, pero que a una joven editora le parezca absolutamente fabulosa y, encima, me venga con la delirante pretensión de publicarla. Salir con alguien que me diga “Me encantas, me encantas, me encantás. Ah, ¿qué, sos rubia? No me había dado cuenta. ¿Y eso qué tiene que ver?”. Aprender a hacer lemon pie. Aprender a tocar la guitarra, de la nada, y tener la oportunidad de tocar en un fogón solo para que todos queden deslumbrados por ese súbito e impensable talento natural. Pronunciar francés de manera innata y argumentar que, claro,  tiene mucho que ver con mi abuela, cuyo discurso actualmente no puedo ni separar en sílabas. Cursar todas las materias más analíticas y más exactas de la carrera, ser radicalmente buena en eso y andar rechazando temas de papers o directores de tesis con el siguiente apotegma: “lo que pasa es que yo la descoso en matemáticas, aunque nadie lo crea, pero estoy decidida a perder mi tiempo con las vulgares y fumadas literaturas”. Descubrir un método de secado ultra ultra rápido para el esmalte de uñas. Tocar fondo, pero tocar fondo verdaderamente, y así no volver a frecuentar ninguna manía restrictiva like this one. Pararme frente a un sujeto cualquiera y tirarle en la cara mi condición de rubia, pero qué bien que no quieras nada en serio conmigo porque, ¿sabes? yo tampoco quiero nada con vos (“¡Idiota!”). Jugar bien al ajedrez. Poder llevarme a casa a cuanto gatito abandonado encuentre. No haber leído jamás The Best in the Jungle. Ser una modelo de pasarela, ser exactamente como Kate Moss y salir en las revistas leyendo The Sound Pattern in English y mandándole un beso a Harris. Tener un peluche del Cookie Monster. No justificar ninguna de las siguientes cuestiones: a – mi repudio hacia la primavera. b – mi colegio secundario. c – mis relaciones interminables. d – mis disorexias interminables. e – porqué no sólo no me gusta sentarme afuera en los cafés/restaurantes sino que me parece absurdo, en el sentido más lógico de la palabra. f – mi desinterés a propósito de la política y el mundo del espectáculo. g – alguna más que no me acuerdo.

 

Todo eso.

Ah, y  aprobar esta materia, que ME LIMA inmanejablemente.

Sep. 3rd, 2009

Credo


Debe ser por esto que leo y releo a un autor, Bukoswky, que de otro modo me resultaría netamente incomprensible.
 

 

So yo want to be a writer...Collapse )

 

(Queda para otra ocasión el singular fenómeno que consiste en caminar a ciegas por los corredores de la ficción de un autor que amamos o detestamos sin saber jamás el porqué de lo uno ni lo otro.)

(Y, sin embargo, encontrar esta clase de epifanías y resemantizar el agrado o el desprecio bajo la ridícula intuición de que caminábamos para encontrar la mentada epifanía).

Sep. 1st, 2009

Hoy


- llovía, y lo agradecí, no sólo porque mi espíritu es sombrío y fatalista (Verlaine Il pleure dans mon coeur, comme il pleut sur la ville”; Pessoa: “En una niebla de intuición me siento materia muerta, caído en la lluvia, gemido por el viento”) sino porque el clima propiciaba que la clase de las 10am no sería celebrada en el balcón, esto es, no sería celebrada en un amplio rectángulo en el que mi yo instructor de español se rostiza lenta y burlescamente.

 

- tuve una tercera entrevista con una nunca asentada jefa, epítome del desarreglo femenino, que es tanto incapaz de acordarse de mí como de abandonar su curiosa propensión a hacer esperar al entrevistado el doble del tiempo que le toma entrevistarlo efectivamente.

 

- para paliar tanto mis acostumbradas inaniciones como el horror post entrevista y post inmersión en el tercer mundo, busqué consuelo tanto en Piglia como en un alto latte descremado.

- robé 3 pajitas del tácitamente citado Starbucks.

 

- extrañé a M. Un beso a Sigmund Freud, cuya casa no llegué a visitar à Vienne.

 

- no entendí un re carajo en MFNT pero absolutamente todo el auditorio, incluido el mismísimo dirigente, celebraron mi desacostumbrada participación en clase como si en efecto hubiese emitido al menos un sintagma coherente.

- comprendí que latín III es difícil, y que voy a estar en el horno, y que la oración de (también) 3 renglones en la que no podía identificar verbo madre (probablemente porque había 5; 1 central, 2 infinitivos subordinados y 2 intrasubordinados, uno de ellos, participio) constituía algo así como un ejercicio de pre-calentamiento para textos de Séneca, Ciceron, Catulo (I HATE Catulo), entre otros ilegibles.

- A. se apareció ante mí como, una vez más, kanpeki na hito.

 

- localicé mi próxima cartera.

- me compré un artilugio deportivo que goza de gran popularidad entre mi cada vez más compulsivo placard: un top verde petróleo, que muchos acusan de irreligioso únicamente porque no vieron el gris que me sumergió 10 minutos en la más grave disyuntiva electoral.

 

- me acordé gran parte del día de Raymond Chandler y sus taxonomías a propósito de las femmes rubias. Me acordé, también, que tengo que abandonar a Piglia de una vez y abocarme a Walsh y a Asís, cuyos libros aún no me digné a conseguir.

- quise dormir la siesta avec le chat, pero parece que va a quedar para mañana.

Aug. 30th, 2009

Dernier mots pour le chapelier fou


I

Entre más lo piensa, concluye en que la venganza de aquel sujeto radicaba en forzarla remotamente a exhibir las bajas de guerra; una feria de cadáveres en el que ella oficiaba las veces de croque-mort, las veces de superviviente estropeada, las veces de palidísimo cuerpo entre tanta palabrería. Se sienta en un café a la penumbra del mediodía y, lápiz en mano, evoca fantasmas: entre nosotros un silencio de muerte, la pluma letárgica que rasga la noche en que dejamos de perseguirnos para encontrarnos. (Utopías alquímicas: recibir joyas, compases y sustentos para las más diversas y disoréxicas neurosis; todas cosas que ella olvida mostrar como trofeos porque, en definitiva – piensa – no son más que antifaces). Ensayó un puñado de respuestas, es cierto, pero ninguna rebalsó un silabeo inestable; es que te astillaste tanto – tiene ganas de decirle –, es que te pulverizaste en cámara lenta, te asolaste así, como una de esas flores miserables y tristísimas que me enviás, como si el desamor ganara siempre y fatalmente al deshojar una margarita. Incluso ella, curandera de las demoliciones, demiurga de fantasías verídicas; incluso ella es incapaz de escocerle la piel agrietada. Más tarde, al lado del fuego a plena lluvia invernal: relee sus cartas esperando mancharlas con la falsedad cosmética de sus ojos oscuros, pero no encuentra más que condenas. Señala los errores con tinta invisible (porque el afecto deslavado es básicamente generoso), deja que las llamas ejecuten la misiva y solloza, preocupada, que acaso necesite una nueva inspiración trágica, y qué complicado que es encontrar buenos actores.

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II

O la mujer o la muñeca, le dicen. Es un caos ordenado, le explican. Pobre, pobre sujeto entre tus manos blancas, palidísimas; pobre verdugo que, pendiendo de la soga, balancea su cuerpo inane como si oscilara él ese instrumento mortuorio para otro incriminado.

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III

Recibe entonces una nota: olvídate de mí para siempre, ahora soy presa del absolutismo más casto, más virtuoso, más radical; deshazte de mis objetos de pánico; trashúmame como a los héroes literarios; perdóname, perdóname porque, acaso, así logre volver a dormir. Ella se apresura a buscar su nombre en el catálogo de la biblioteca; héroes literarios, susurra al librero, pruebe también con antihéroes. Se manifiesta angustiada por la previsible ausencia del sujeto entre los anaqueles de su pequeño palacio y, más aún, por la dolorosa comprensión de que Versalles no es sino una casita de muñecas. Solitaria, un poco descolorida, se oscurece el cabello: la luz gotea la medianoche de su rostro y ella se pierde, desesperada, porque ha creado un mundo que la consume y también porque no sabe qué hará cuando vuelva a tener ganas de jugar.

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IV

Como siempre, gana la literatura. Ella requiere una última función que nunca llega para decirle eso que nunca dijo, eso que, en definitiva, no es absolutamente nada pero que de manera inefable toma apariencia de gran confesión bajo claro de luna. Apela a ese ensayo americano: “coffee is for closers” e inicia pulcramente su respuesta. No vas a ser comprendida, desaprueba. Pero es que es cierto, coffee is for closers. Piensa en obsequiarle un ejemplar de la Vita Nouva junto a un puñado de rosas listas para disección. Piensa en forjarse herida de muerte, en rajarse las muñecas con lapiz labial, en llevar al extremo su papel de fasting girl o montar un escenario donde la bella durmiente procastine en sueños tramposos volver a la vida sólo por obra de labios de hielo. Piensa algo así como que sigue siendo de noche, ¡y todo este tiempo te llevó matarme! Y toda la noche me llevo matarte. Y, ay, por vos, por vos que festejas la horrenda primavera: champagne y una palabra más, que no recuerdo cual era pero que (creeme) debería ser una disculpa.

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V

Al principio, de manera oscura, ella temía una equivalencia sinestesica con el fin del acto.
Ahora, cada mañana despierta un poco aterrada: no recuerda si, en efecto, terminó el intervalo.
 

Aug. 19th, 2009

Polifonía en un Centro de Estética


Acto 1 –

 

“Mme.1- Mi amiga, Jacinta Linda… a ella le pasó lo mismo, ¿viste?

Mme 2 - ¡Jacinta Linda!
Mme.1 - Si, sí, se llama Jacinta Lindaaa…
Mme.3 - Pero ¿cómo?
Mme.1 - … y perdió el apellido cuando se fue con uno que conoció acá; no, uno que conoció en Israel, “Smith” creo que era…
Mme.3 - ¿Perdió el apellido?
Mme.1 - Ajá… parece, parece que cuando uno va a Israel pierde el apellido. ¡Y no te imaginás el problema que fue explicarles a los señores de la aduana de acá que Jacinta Smith era Jacinta Linda! Hay que tener un cuidado cuando una sale a Israel…”


Acto 2 –


“employée1. - Claro, hay cada nombre…

Mme1. - Es que la moda…
Mme2. - ¡Qué moda ni qué moda! Se usan unos nombres ahora… ¡Mía!, ¡Uma!, ¡India!
Mme1. - ¡India!

Mme2. - Sí, sí… con unas significaciones que…
employée1- No te puedo creer…
Mme2. - Bueno, el hermano de mi marido, la chica que trabaja para él… es de China, viste. Así que ella se llama “Li” (aka Lee), y bueno, le decía que su nombre significa ‘flor salvaje de los campos’.

Mme3. - Claro, ‘flor salvaje de los campos’.
Mme1. - Y si, todos esos nombres de por ahí son así, tiene mucha significación…
employée1- Bueno, es que es un nombre chino.”


Acto 3 –

(Interacción especial con el público lector)

“Madama Norma - Y vos… ¿qué hacías, linda? (¿Viste la carita que tiene? Igual a X) Algo raro era…

b - Letras. Estudio letras.

Mme.1- ¡Ahhh!
Madama Norma - ¡Ahh!, ¡Letras! (¡Yo sabía!)… y ¿estás leyendo para la facultad?
b - No, en realidad esto es…
Madama Norma - Y decime, pichona, ¿qué vas a hacer después?
Mme.2 - ¡Ay Normi, va a ser profesora!
Mme.1 - Claro, el hijo de X que también hizo una de esas filosofías es profesor ahora…
b - Supongo que voy a hacer lo mismo que hago ahora...
Mme.1 - Aaah… ¿hacés muchas cosas?
Madama Norma - Es que claro, ¿qué vas a hacer?, ¡No vas a ser el próximo Borges!
b - …
Madama Norma - ¡A quién vas a engañar!”


Acto 4 –


“Mme1- Yo soy de Noviembre… soy Escorpiana. Dicen que somos terribles. Yo no sé, pero dicen que somos terribles.
employée1- Ajá.

Mme1- Somos tan fieles… eso es un defecto en realidad. Pero ¡qué sensibilidad! Corazón, ¿vos de qué sos?
b - De piscis. Dicen que somos más sensibles todavía.
Mme1- Ahhhhh, no te puedo creer…
employée1- Mi hermano es de Piscis y es un mujeriego terrible…
Mme1- ¡Ajajajaja! Sí, son tremendos los piscianos…
b - Yo tengo varias experiencias muy malas con unos cuantos escorpianos torturadores.
Mme1- ¡Ajajaja!, ¡torturadores dijo! Pero los hombres escorpianos son distintos… no sé, eso me dijeron una vez. Yo creo que son lo mismo que nosotras, porque el signo es uno solo. Pero bueno, algo le habrás hecho al escorpiano ese…
b - No, yo…
employée1 - ¿De Noviembre eras?, ¿de qué día? Yo soy del 2.
Mme1- Ahh, escorpiana también. Yo soy del 27 de Octubre.
employée2 - Ah, yo del 10 de Noviembre.

Mme1- ¡Somos todas escorpianas entonces!
b - Son todas escorpianas…
Mme1- Y vos solita de Piscis.”


Acto 5 –


“Mme1- Viste que los hombres ahora no bailan. Se van afuera a fumar y a charlar. Yo digo, eso es de mujeres, fumar y charlar. El otro día en la fiesta estaba yo bailando como una loca con mis nueras, y mi marido con mis hijos (uno de 45 y el otro de 42) fumando y meta charla meta charla con los otros hombres.
employée1- Sí, es verdad, ya no bailan. Y si bailan, son raros.
Mme1- No, pero yo observaba… y HAY algunos hombres que bailan. Son de otra Argentina, pero bailan. Por ahí se llevan el puchito en la mano, para parecer, no sé…
employée1- Pero si les gusta bailar seguro son medio raros.
Mme1- No sé, mirá. Ahora, lo que sí: mucho reggaeton. Viene mucho el reggaeton. Yo me puse ahí con mis nueras a mover. Otra cosa que me llamó la atención es el diskjokey… pone una alarma de ambulancia (¿viste las alarmas de ambulancia? Turuuuuuu Turuuuu) en el medio de la canción. Mi marido me preguntaba ¿qué es eso? Yo le dije ‘Horacio, no sé, es música moderna’.”

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