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Lautréamont L'autre monde

Mirar el reloj como ansiosa, como portadora de un secreto; desear llegar a casa para escribir. Escribir, pensás, como quien diría respirar, como si fuese en efecto una acción no sólo rutinaria (esto lo evocas cuando parte de vos está explicando la rutina y el principio de reflexividad en español) sino también y mágicamente necesaria. Tenés un impulso, de hecho, a decirlo (tus manos lo escriben en el pizarrón) cuando preguntas: ¿y qué hacés después de trabajar, cuando regresás a casa, cuando – te reís – empieza la vida?

Mimetizarte. La vida está llena, te decís, de decisiones que alguien con tu nombre ya tomó, pero vos fingís estar tomándolas. Te resta conocer el desenlace. Como un private eye jugas a predecirlas; te parece por momentos que la película se te aparece en pedacitos, que necesitas completarla no con astucia sino con habilidades de quiromántica. Hay cosas que no podés explicar. <<Por ejemplo, esta adicción a las palabras; este gesto de querer aprehenderlas, esto de necesitar tocarlas con la punta de los dedos. Sos como ese coleccionista, ególatra y desquiciado y fascinante, que contempla su repertorio y procura nunca citar un público mayor. Cuando te definís olvidás (lo olvidaste hasta ahora) mencionar esa manía tuya por recolectar uniones de sílabas que día tras día- leés, estudiás, te repetís-, son arbitrarias. >> Si dejás de escribir, te morís. A veces pensás: es una auto imposición. Yo no moriría realmente. A veces considerás matarte (muchas veces considerás matarte), pero no sabés si lo decís de verdad, o si media humanidad piensa lo mismo, o si alguien así de patético, así de trágico, así de antiguo podría llevar a cabo semejante gran empresa, semejante conquista de heroicismos que se te hacen empíricamente inimaginables.

Le ponés los puntos a las íes. No podés tolerar que las palabras estén escritas sin acento; sentís un repudio hermano del desconcierto. Y te sorprendés por estos gestos de dictador como si no fueran esperables.

Cuestionar entre graciosa y singularmente (eso es lo siniestro; lo extraño, que pareciera divertirte pero que en realidad te da miedo) tus caminos, literalmente caminos, habituales. Si tomaste el colectivo correcto (hace 5 años que lo hacés). Si esas cuadras que te llevan a casa y que franqueaste centenas de miles de veces (no te gustan los números) te llevan realmente a casa (pero te encantan los matemáticos). En mitad de la clase, en la escuela a la que vas todos los días, te preguntás si estás en ese mismo lugar (en la clase y en la escuela). Pero no lo hacés de manera metafórica; no te estás replanteando el curso de la vida: vos discutís literalmente dónde estás, si en definitiva no estabas tan dans un autre monde que alguien con tu nombre y con tu firma (esa que no reconocen ni los bancos ni tus familiares) está haciendo otra cosa, algo que no está en los planes. 

Algo que por alguna razón tenés que corregir.

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