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Hacia Africa



Ignoro qué es lo que sigue capturándome en tu imagen o en la resonancia aturdida de tu nombre. Lo desconozco de verdad. No tenés ninguna razón para conservar mi afecto de este modo, y sin embargo lo hacés, y te das el gusto de olvidarlo por completo para recordarlo alguna que otra noche, cuando evocás esa existencia en la que fuiste un pianista desalmado, un dictador perimido a vigilar un circo de títeres o un junta cadáveres con pretensiones de poeta. Yo siento que te destierro, (yo creí que te había desterrado), pero siento también que a veces me transformé en tu seguidora. Yo afirmo megalómanamente que te supero, me yergo en gran triunfadora de partidas de ajedrez contra la nada, someto a duelo tus habilidades y cuestiono tu acervo lingüístico sólo para denigrarte un poco más, pero es como si no fuera suficiente. Cada vez que te veo invento una pose para dejar de recordar que trato de olvidarme de cuánto te quise, y de si acaso no te quise demasiado. Escribo esta clase de oraciones sabiendo que las detestás de la misma manera en que yo combato tus misticismos, tu entropía general o esa honestidad absoluta que me anula.

Sería genial que fuese la venganza. No poder dormir por las noches ante la expectativa de triturar tu corazón un poco como vos no terminaste de hacerlo. Dejarte envenenado de sed en el desierto de las mil y una imágenes desacertadas que tenés de mí, y volver a casa a cuestionarme, con una taza de café y un libro de Borges, si te das cuenta de que no todas son quimeras. Que digas otra vez que todo es por demás complicadísimo para vos, que sos un festejante de la simplificación, y que enmarañarte entre mis letras es eso, estrangular tus filiaciones más sensibles y más genuinas en la red de mi voluntad.

Pero que no puedas resistirte. Por Dios, que pienses que en la vida hay que tomar riesgos y que sentarte a mi lado a despreciar la primavera es tan angustiante como intentar desenmascararme en el Café de la Poesía.

Me gustaría tanto, tanto, que leyeras esto y supieras – realmente supieras – que va dedicado por entero a tu nobilísima persona, que pudieses agarrar la certeza de tan firme y tan irrefutable, que cada sílaba de mis exactitudes barrocas cumpliera la misión de describirte, pero que te murieras de miedo – realmente te murieras de miedo – de responderme y someterte a esa otra gran farsa mía que es hacerte sentir un personaje secundario.


  

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