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Qué estuve haciendo en este tiempo.

 

No sé muy bien; pero, por lo pronto, lo que estoy haciendo ahora es esto: trato de conciliar la sensación de tener 1 millón de ideas que exorcizar en el papel, con la certeza de que, en definitiva, apenas se tratará de unas 12 o tal vez unas 4 al final de la página. Uno siempre está perseguido - James lo dice, Hyde lo dice - por los mismos fantasmas.

La cuestión es que en las últimas semanas fue rara la ocasión en que tuviese, por melodramático que parezca, un minuto de habituada paz en esta bullente, pegajosa y húmeda ciudad circundante al río. Recapitulando, cuento con una sucesión de reencuentros adorables (my dearest english Knight que merece un párrafo aparte), primeras reuniones un tanto extraviadas (Mad Mary y sus expensives breakfasts en el corazón de la ciudad, que no sólo ponían a prueba mi estoico modus vivendi en cuanto a alimentación se refiere, sino también y por sobretodo, me hacían creer que El Proceso kafkiano trataba justamente de eso: 300 páginas en las que un agnóstico rutilante debe apostatar sus dogmas gramaticales en pos de expresarse coherente e interesantemente a propósito de la palabra del Espíritu Santo), y otras colisiones, let’s say, desdichadas. En lo que se refiere a alumnos, el englishman que confundía Hemingway con un trago y me espantaba con sus aplicaciones espontáneas de súbita sociolingüística, otrora combatiente de mi metodología de clase, me contactó para, voila, seguir teniendo clase. Con lo cual, queda claro hacia dónde debería orientarse mi paranoico yo a la hora de discernir un rumor de una fuente verosímil. (Queda claro, también, que mi paranoico yo jamás va a aprender a comportarse civilizadamente y me va a hacer frekear cuantas veces pueda sobre las idioteces más garrafales, en todo lo que me reste de existencia). A continuación pasé una semana (o retazos de la misma) con la aforementioned Mad Mary, extraño espécimen de estudiante de español cuya vida ha sido (el término es este que voy a escribir: ) tributada a Dios; raro rendezvous que por un lado me hace pensar en algún manejo ininteligible del GA, y por el otro en una puesta a prueba azarosa (mentira: nada es azar cuando se vive de los libros) de mis nulas habilidades para el negocio en general sino mi nula preocupación al respecto de la fe.
Poco después regresaron mis queridos chutes, y con ellos esta particular sugerencia: por qué no te volvés líder en lugar de ser autoempleada o empleada misma. Mi respuesta fue aquella que trato de esbozarle a M. desde los 10 años, no obstante algo reverberó en el enrarecido periplo nocturno desde la bonita residencia francesa hasta mi casa. Los chutes me regalaron un chocolate exquisito, y leyeron fragmentos de Madame Bovary para mí, recalcándome que Il n'ya rien comme la littérature française, sentencia con la que concuerdo, pese a que mis recientes enamoramientos con Gran Bretaña y la sobreocupación que me impide continuar Francais como es debido (súmese una cuota de desidia sempiterna por ese ala familiar en la que siempre hubo algo de escindido resentimiento), apuntan a hacer que me la olvide.

En términos lingüísticos, pasé cierto tiempo hablando la mitad del día en una lengua foránea de fácil acceso y múltiple difusión, un octavo resucitando lo que aprendí en gakko, otro octavo balbuceando lo que – uno diría – me fue transmitido vía ma Nana, y un maltrecho y miserable cuarto manteniendo vivo lo que queda de español en mi esquizofrénico cerebro. En términos un poco más normales, estoy en la lona, pero la porción de cordura que nunca parece abandonarme del todo se las arregla para subsistir. De hecho, lo que me asombra del caso (y me lleva a pensar que, en efecto, estoy pushing limits a mi competencia) es encontrarme haciendo esta suerte de queja por escrito, cuando nunca antes – el Journal de testigo – se me encontró gimoteando en torno a los saltos de sistema en sistema. (Lo cual es, con todo, una paradoja encantadora; yo, que detesto los cambios, me la paso alternando lenguas como si hacerlo no implicara una variación radicalísima).

Al presente me encuentro escribiendo esto en un papel, un tanto urgida por la necesidad (absolutamente neurótica) de dejarlo atrás cual bitácora – cuando, en realidad, lo único que hago es perpetuar lo que escribo en la eternidad de la ficción autobiográfica – de cara a un café en la ruidosa calle Alberdi, a metros de Rivadavia. Hay una librería de habla inglesa que me seduce de manera ominosa.

Tengo la sensación de que vivo entre espejismos.

 

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