?

Log in

Manifesto


A mi me gustan muchas cosas, pero no todas – felizmente no todas – giran en torno a lo mismo.

Mentira.

Pienso que todas recuentan lo mismo. Pienso que estamos compuestos por 2, 3 o 5 obsesiones, no más, y que en el fondo todas son monótonas y repetitivas, aunque lo que no es monótono ni repetitivo sea combinarlas y (oficio de escritor) reescribirlas hasta la subversión. Ahora se me ocurre que quizás es por eso (por eso nada más y no por un designio arbitrario que hace las veces de selección del estilo) esta propensión al desgajo del ritmo, a la frase kilométrica, a la metáfora poco clara y tan equívoca. Un mero juego de luces lo que hago con las letras, los recursos de una efectista menos desesperada que sumida en la certeza de no tener nada para decir (pero, oh, tenerlo todo).

A mí me gustan muchas cosas, decía; me gustan por ejemplo los libros, pero no todos. No me gustan necesariamente los libros viejos, con ese aroma entre dulzón y nacarado, con ese crepitar de polvo asechando a cada instante la vuelta de página. De hecho, me parece que me gustan las ediciones nuevas, esas que traen la cubierta impecable, que se enorgullecen del papel de ilustración (nada más complaciente para un autor que someterse a la dócil tiranía del ego frente a sus letras en un soporte que las eleve a la categoría de ‘ilustración’) y que son carísimas un poco injustificadamente. Me gusta la lluvia, y me gusta decir que me gusta la lluvia porque soy romántica y adoro la tragedia, pero es falso; me gusta la lluvia porque en el sonido de la lluvia (en el sonido de las gotas de lluvia raspando los vidrios de mi casa) encuentro algo que no capturo en la música. Me gusta todo tipo de maquillajes, mitad por traspaso materno, mitad porque – oh, vamos – soy este Frankenstein de la vanidad y la autocompasión. Me gustan los colores pasteles, y no me importa (la verdad es que no me importa) que me queden bien o mal; me gustar usar negro, pero me encanta que me digan ¡qué bien que te queda el blanco!. Soy un monstruo de la superficialidad, y no me gusta para nada ser una criatura de este tipo, pero vamos, que también puedo citar a Deleuze y a Huyssmans, y a veces puedo intentar un esbozo de Generativismo ultra básico. Me gusta el champagne, el vino blanco, y no entiendo absolutamente nada de otros alcoholes (me gusta no entender absolutamente nada de otros alcoholes); los cocktails para chicas siempre me van a parecer adecuados porque, en el fondo, adhiero a eso de beber Cosmopolitans cuando el Príncipe Azul duerme la siesta. (Argüir una porción de autonomía siempre es más divertido que encarnarla auténticamente). Me gusta el café, y lo interesante es que me gusta verdaderamente; mi imagen del consuelo en los días tristes es un latte acariciando cuidadosamente esos labios míos que se jactan del lápiz labial pero que se conforman con glosses brillantes, de cara a una ventana y a tantas lluvias torrenciales. Me gustan las ciudades corruptas y decaídas; me gustan mucho más que la naturaleza en plena ascensión de pureza, y esto es algo que nadie se explica, mientras yo no me explico porqué habría la necesidad de explicarlo. Siento debilidad por los animales, y me reprocho en forma constante no cuidar de unos cuantos; me fascinan los objetos destellantes, y eso puede (me gusta pensar así) tener relación, o no, con mi asidua fascinación por las personas del mismo tipo. Me gustan los artículos de librería: las cintas transparentes, los lápices filosos, las biromes perfumadas; me deliran a la compulsión de la compra los pop-sticks multicolores, cuya misteriosa afinidad estética me lleva a violar el fin del arte: como tengo tantos papelitos, les tengo que dar una utilidad. Me gustan las películas de los años 40 (y no descarto que mi gusto por Puig esté cimentado en esto), los sombreros de ala, y sé a ciencia cierta que si no fuera un objeto tan anacrónico y yo una inconfesada cobarde, andaría por la calle portando capelinas extraídas de la imaginación de Jane Austen. Para la prosa, hombres (para la vida, hombres); para la poesía, mujeres y no más preguntas, porque en literatura, como en el amor, las simpatías son involuntarias. Me gusta la inanición, la languidez, los estoicismos; me gustan las frazadas aún en mitad del verano, el helado de granizado, y la conmoción de un violín quebrando la curva del aire. Me gustan las novelas policiales, las mujeres fatales que son como imágenes especulares de todos mis trastornos, que mi pelo sea rubio pero no tan rubio y las velas de vainilla. Me gusta también la última parte del pan, dormir cuando estoy exhausta, leer con los ojos vidriosos y no llorar en las películas, sólo para hacerlo después, en algún otro momento. Me gusta el tiramissú, me gustan los objetos para el cabello (desde espejos de mano hasta hebillas de fantasía), comer galletitas en la cama y saltar por la casa cuando estoy sola. Me gustan las palabras; me gusta coleccionar palabras: clepsidra, bibelots, amore mio (los vocativos me parecen cautivantes), haphazarly, dominó, kizuku, muchuu de. Me gustan las palabras casi tanto como las lenguas, aunque es mentira que me gusten las lenguas en su totalidad; lo que me gusta, lo que me exalta, lo que me hechiza, es el orden en las lenguas, es que la lengua sea, sassureanamente, un sistema, que en ella lata la existencia de un dios de la coherencia.
Creo que esto, y la escritura, es lo único que me salva del abismo.

Comments