Estamos entonces en uno de esos días en que parece ser deseable que ocurran eventos semi dramáticos a fin de que nos sirvan como pintoresca base de relato semi ficcional (iba a escribir: “como patética base de relato…”, pero ganó un inesperado optimismo). Mucho frío afuera en esta agria primavera; despierto tardísimo luego de intentar paliar las energías sacrificadas al dios de la Lógica el lunes. (Agradecida eternamente porque se trate de un dios bondadoso y me haya recompensado con una nota que superaba el mínimo para aprobar). Despierto tardísimo entonces, medio helada, con el gato enroscado en un brazo y el pelo (voilà) en la más perfecta lasitud rubia. Me asalta entonces el siguiente recuerdo intempestivo: yo debía estar a las 10.30 am en Ciudad Universitaria, Pabellón 2, para sacar las famosas fotos steampunk de Chise, en las cuales, además de pálida, lánguida, sombría y semidesnuda, debía llevar el cabello “batido”.
Ese artefacto convencional y esclavista que llamamos reloj marca las 10.30 en punto. Contrario a lo que un ser humano responsable y promedio hubiese hecho, yo no salto literalmente de la cama, sino que me aboco en la tarea de recostarme una vez más, cara al techo, y acariciar al gato mientras me quejo de mi mala fortuna, mi carrera universitaria, los 200 - o sea, 3 - parciales que tengo la semana que viene, mis pretensiones de escritura destinadas al fracaso y esto de andar tomando pastillitas para dormir que me inducen sueño cuando deberían reducirme angustia. Finalmente me levanto, me cambio, hablo con Chise y tramito mi demora. Una breve conversación con my mother D. basta para que comprendamos que no, de ninguna manera ese pelo mío va a poder ser batido sin el instrumental necesario, así que procuramos no secarlo y, en cambio, ponernos una boina tres chick (y-fun-cio-nal!) cosa de que al quitárnosla aparezca la base para hacer lo que sea que Chise quiera hacer. D. me maquilla ultra rápidamente y me alcanza hasta el 107, procurando recordarme que tengo que comer (…) y que de no hacerlo las catástrofes cotidianas van a seguir sucediéndose en eterna cadena dantesca sino kafkiana. Frente al 107 algo en las palabras de mi madre me perturba, así que opto por comprar algo así como un desayuno frugal que espejase tantos mediodías al sol de otoño en NY o esos malabares con que intentase transmitir un pedido a los austríacos vendedores del Anker, Viena. En esta oportunidad, caminando por la rutilante avenida Cabildo, soy presa de una disyuntiva mucho menos Hamletiana; ¿Burguer King o McDonald’s? Burguer King está más cerca. Me pasean del puestito de sundae a la caja, todo para pedir un miserable café con algo comestible y no traumático. El mundo (ya lo sabemos) no está hecho para disoréxicos: todo viene de a dos, de a cuatro, o de a mil unidades. Opto por no quejarme. Café y dos medialunas. Se me ocurre que, acaso, pudieran darme más café en esa tacita ultra miserable en lugar de la mentada dupla de facturas, cuya internalización en mi persona va a reprocharme la hermosa torturadora durante el resto del día. La gente mira mi gorrita de corderoy negro con curiosidad. Yo tengo ganas de putear a alguien, pero la decandentísima poética de la escena me recuerda que el pobre flaquito del puesto de sundae no tiene la culpa de mis absurdas exageraciones. Me llevo el mini café como si portara el Santo Grial; a punto estoy de comer la bienquista medialuna cuando llama mother D., preocupada porque me vio “con una expresión realmente deplorable. Ponete un poco más de polvo volátil, algo de rubor, decile a Gisela que te deje llevar rimmel, aunque sea el de Miss Yllán, porque, Brenda, así no se puede”. Asiento mientras doy muestras de estar ingiriendo la primera medialuna. Ya en la fila para el 107, me descubro nuevamente observada; pero no es la gorra, ni mucho menos yo, quien capta la atención de mis futuros compañeros argonautas: es la medialuna restante. Comprendo que, acaso, las miradas conllevan envidia, pero mi sistema neurótico se encarga muy bien de traducir eso en reproche: te están mirando así porque estás comiendo. Tirá ya esa medialuna. Me aferro al café. Embrollo la bolsa acartonada de Burguer King y la oculto en el bolso neoyorkino. Los pasajeros miran desconcertados. Extraño un poco a Julio Cortázar; extraño tener que leer a Cortazar por obligación cuando – mentira –, lo leía por gusto. Como es natural evoco “Ómnibus” y me pregunto seriamente qué pasaría sin tanto los viajeros como el chofer se abalanzaran sobre mí, presos de la ira ante mi irrazonable desprecio por la medialuna ahora convicta en las profundidades de mi cartera. Muchas ganas de escribir también, así que me acomodo de espaldas a la puerta de acceso (un sitio masivamente repudiado) y alcanzo a garabatear un par de titulares para esta crónica ociosa. Me felicito: como soy experta en hilvanar sintagmas nominales y verbales dislocadísimamente dispuestos, no preocupa para nada desordenar así los sucesos que integran este día, que se anuncia particular. Chise me llama al celular y se vuelca, en la conjunción que tan bien forman mi mano y la torpeza, los restos de café que (believe it or not) aún quedan en la cicatera tacita burguer king. Finalmente arribo en Ciudad Universitaria. Resulta que el pabellón II está más cerca de lo que creo, no obstante mi gorrita y yo sentimos el irreprensible impulso de preguntarle a cualquier residente sobre la efectiva identidad de esa locación. No lo hacemos. En cambio, apenas al bajar hacemos entrega de la medialuna problemática a una nenita que deambula por las escaleras. Tiro el envase vacío del café (tirar los envases de café take-away me produce una satisfacción casi perversa). Cuarto piso, dijo Chise. Tomo el ascensor. Allí, forrado en madera, somos albergados un grupo de gente como mínimo formidable: un puñado de estudiantes cuadriculados, 2 entes aparentemente femeninos, una empleada de limpieza y un hombre barbudo, con guardapolvo. Mi gorrita negra vuelve a hacer el acto triunfal de acaparar todos y cada uno de los reflectores de luz que no hay en ese cubículo. Por lejos, la más simpática resulta ser la señora de la limpieza, que inicia un breve diálogo con el hombre del guardapolvo en el que destaca un “sí, yo vine esta mañana a hacer un experimento y noté que ya no nos quedan ranas”. Comprendo cuán desubicada está mi gorrita, resemantizada en ese entorno como subversiva y bolchevique, ahora que no nos quedan anas. Desciendo en el piso 4. Busco con la mirada a Chise y su compañera; las encuentro flanqueadas por un muchacho alto, morocho y ocupadísimo entre el envase de telgopor que lleva en la derecha, el celular atusado al hombro izquierdo y una cámara inmensa, de valor neto igual o superior al de toda mi biblioteca. Camino al toilette que oficia de vestidor para ese dress endemoniado comprendo que de manera tangencial quiero yo saber cuanto pueda acerca de quien de ahora en más llamaré sexy photographer, para evitar descripciones definidas que puedan subjetivizar al lector (…). Me perturba en particular el hecho de que no me de ni pelota teniendo yo el cuestionadísimo estatuto de modelo (acaso sea por el superlativo) y que a la vez lleve el mismo sweater que P. Phi. Me pregunto morbosamente qué pasaría si le menciono el sustantivo “derivación”. Pienso en que las casualidades son todas una falacia humanoide y mística, pero cómo me las creo. Los tres recorremos el piso buscando ese reducto de destilación (no es metáfora) donde sacar las fotografías; el photographer, además de sexy, hace bien su trabajo. De a ratos nos custodian miradas hostiles que sólo mi paranoica persona detecta, y que son erróneamente ignoradas por mis acompañantes. Claro que ninguno está semi desnudo frente a una cámara que oculta al sexy photographer, de espaldas a un instrumental de quien sabe qué siniestro oficio, poniendo cara trágica y tratando de suponer cuán peligrosos serán los científicos experimentadores de ranas que evidentemente circulan por detrás. Como todo paranoico, veo mi sueño hecho realidad al materializarse cierto individuo con ademanes barderos y registro equivocado, exigiendo explicaciones sobre qué magia estamos practicando cerca de aque equipo de trabajo. Sexy photographer asume la carga de la prueba y discute con el sujeto revelando que, además de sexy, photographer y portador del mismo sweater que P Phi, es profesor “de la facultad de al lado”. Mi icc, como es un desastre, suprime la información recientemente incorporada por el sólo hecho de no estar tratando con un alma gélida dedicada a los números o a los razonamientos deductivos más inquebrantables. Sigue una escena en donde todos nos trasladamos hacia la oficina del pabellón II a reiterar el permiso para sacar 10 miserables fotos de mi persona enfundada en esa maraña de hilos, escena que sexy photographer interpreta solo, tan propenso es a robar libreto. Regresa entonces victorioso, acusado por Chise de chamuyarse a la vieja de turno a fin de que nos permitan efectuar las efigies vintage más dilatadas de la historia. Cambiamos de locación; nos movemos hacia uno de los clásicos pasillos semiderruidos de la UBA, en donde infaltablemente subsisten lo que parecían ser butacas a medio corroerse. Brenda se sienta en ellas y pone cara trágica una vez más. (“Pensá como si hubieses reprobado Lógica”, es el leit-motiv) Sexy Photographer menciona algo acerca de su participación en un concurso de fotografía para anime y mi entusiasmo cae en insalvable picada hacia el abismo del desinterés. Acaso fue bueno para las fotos. Pero me agarró con la guardia baja: pasa por detrás un miembro oficial del Comité de Mujeres Abstemias de Sexo y, al son de “¡a vos te parece, sacarte fotos así, en bolas, en una universidad!” hace explotar la ira de sexy photographer. Yo no me siento realmente atacada, pero veo en las circunstancias una oportunidad irrepetible para hacer el numerito de la doncella ultrajada por brujas y animales feroces. Para más, sexy photographer argumenta no sólo su condición de “profesor de la universidad de al lado” (…) sino su estatuto moral superior (no olvidar glosas como “…y te podrían enseñar tantas cosas más, chiquita…”), y a eso le suma un “me parece que por lo menos tendrías que pedirle perdón a ella, que viene acá a trabajar tanto como vos”. Tiene la deferencia, además de acompañar tamaña sofisma con un gesto ostensivo. Yo callo, mi ego calla, pero se me ocurren muchas cosas que agregar, todas en relación con mi altura y mis estudios de lingüística general. Recuerdo también que, acaso, lo peor de Kate Moss es lo que me compone, y trasueño que sexy photographer ha visto esa faceta mía aunque claramente no la vislumbra ni de lejos (cft. “qué buenas van a quedar estar fotos, Chi, mirá, hasta se le ven los huesos”). Siguen los escarceos entre sexy photographer y la pobre señorita abstemia de sexo, y en ellos Brenda quiere intervenir haciéndose la pobre doncella ultrajada, pero sexy photographer no da lugar a otros personajes en escena: cuando monologa este hombre es eso, carajo, SU monólogo. Chise mientas tanto toma sol en las Bahamas. Yo tengo un artículo titulado “Latín y Romance, ¿fragmentación o restructuración?” de un tal Alberto Várvaro (si, dos v) en la cartera, pero está lejos de mi alcance; para más (es hora de que alguien confiese) a todos los enfermitos de Letras nos encantan veladamente los folletines. La comedia termina cuando otro simpático empleado de limpieza se lleva a la inquisidora de las matemáticas “a tomar un tecito”. Sexy photographer declara que “ya las tomas están como muy manoseadas”, y yo me ruborizo ligeramente ante el uso desconsiderado de ese predicativo subjetivo obligatorio.
Una vez restituida a mi fachada decente, lucubro tácticas para abordar a sexy photographer, siempre olvidando cuestiones tan pilares como su inclinación sexual, su estado civil o su potencial interés en mi persona. Razono así: este flaco debe estar tan habituado a ver pseudo modelitos, como yo a ver portadas de ejemplares en mesas de saldo. Reacomodo las armas: ¿le hablo de Shuppansha, le hablo de la gakko, le hablo de Noam Chomsky o de mis lecturas sobre [inserte posible autor que habría de interesarle a sexy photographer sólo porque Brenda así lo prejuzga]? En esa magia estaba – dice Borges – cuando la borró la descarga: sexy photographer tiene ojitos claros. Ay Dios. Ay Dios. Imposible.
Solitaria, camino a casa me consuelo en el centro de mamá, arreglándome las uñas y descartando el buen número de cumplidos hacia mi gorrita que recolecté en el 42, pero a quién le importa, si ya no soy denostada por científicos y defendida por megalómanos photographers.