Parece que tengo miedo. Aparentemente (tómese este adjunto con toda la abisal polisemia que amerita), tengo miedo. Me dormí a plenas 14hs de un sábado pensando en eso, en que tenía miedo, y el sintagma variaba a modo de caja musical: repiquetean las campanas; tengo miedo, miedo, miedo. [Cuando formulo ese complemento verbal – repiquetean las campanas – siento con frecuencia el impulso de agregar “Hemingway”. Acaso por influencia de Por quién doblan las campanas, novela que imperdonablemente no terminé. Así de estúpido es uno.] Decía, acerca del miedo. Para no deshacerme en barroquismos laberínticos que, con cierta monotemática enfermiza, atribuyo al (yes!) miedo, voy a enumerar, como en un catálogo comercial, las situaciones en que este animus hace cuerpo o espíritu en mí. Comencemos con esa figura retórica que durante la mayor parte de una enseñanza entre tropos y procedimientos se ha llevado mi más acérrima devoción; a saber: la hipérbole. Todo me da miedo. Cuando digo todo, no digo todo a la manera saussureana, refiriéndome siempre a la unión de un ignoto significado con un significante aleatorio; cuando digo todo apunto a esa idea devenida de Laplace que A. intentó desembrollar para mí un puñado de veces: todo está ligado en una sola teoría. Diríamos, hay algo de platónico en esta simplicidad que anula los matices, los recovecos, los finitísimos pero inabarcables intermedios; pero bueno, mi ignorancia (toda mi ignorancia) repite a gritos: la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica. Gracias Whitehead. [Y ya que estamos con la asociación libre - uno diría, bretoniana - de significantes, esto me recuerda a Blanco White, escritor español admirado por Goytisolo y más aún por aquellos estudiantes que año tras año nos burlamos de su nombre en Española III] Retomo: verán los lectores que encuentro el miedo en las situaciones más nimias de la vida cotidiana, y que en mi declamación hiperbólica y falaz se encuentra subsumido el mismo agente. Voy a hacer abuso de una confesión más osada y – acaso – grosera: soy un ente insegurísimo. Va con superlativo. A la contra de esta declaración, el vendedor de lógicas “…teniéndolo todo para ser feliz”. (Acoto: cuidado con los deícticos, querido mío). E enunció, no hace mucho, el apotegma más subjetivo que le escuché en siglos de amistad a través de nuestras vidas sucesivas: “querés destruir el ideal de mujer que sos, porque serlo te parece muy aburrido.”* (Acoto: estoy maravillada. Haceme acordar, E. que lleve esto a la ficción, porque es letal). Y finalmente A. “Te quejás de mi falta de sensibilidad. Pero se necesitan muchas cosas como esas para estar sentado del lado oscuro del sillón (con vos)”. (Acoto: absolutamente nada.)
Para muestras más radicales de inseguridad, remítase a mis pasados 16 años y a esta dulzura que (no) me come y (no) me bebe. **
El asunto vuelve a ser, de fondo, el miedo. Esta mañana, por ejemplo, mi nueva alumna cayó con un par de preguntas de lingüística. “Al fin”, pensé-. “Todo este tiempo leyendo las inconsistencias esquizofrénicas de Chomsky, nadando entre pirañas de la orientación que creen, graciosamente, que albergo neuróticos deseos de ser rival para ellos***; todo este tiempo siguiendo las delirantes taxonomías del AFI, apilando lecturas interesantes-pero-no-necesarias que concretaré y cerraré en una nirvana de conocimiento el (far, far) día en que me reciba; todo este tiempo haciéndole comentarios a mi entorno del tipo ‘en la lengua yupik (la de los esquimales) hay 23 lexemas para el concepto de blanco…’, tras lo cual: ‘ah, no, un lexema es… - actívese mecanismo de búsqueda rápida en esos manuales de terminología lingüística que NUNCA nos han dado como bibliografía obligatoria, pero que han sido vitales desde que iniciamos la carrera - una unidad mínima con significado léxico que no presenta morfemas gramaticales…’ (¿…y un ‘morfema’?, ¡¿qué es un morfema?! ¿La gente de esa facultad habla siempre así de – infame adjetivo – raro?); todo este tiempo esparciendo, como si de un germen corrosivo se tratara, nociones generativas, muestras gratis de la teoría de P&P, reflexiones a cuentagotas a propósito del valor saussureano (todavía no discerní si esa elucidación de Saussure me flasheó así porque no me da para abarcar un universo más vasto**** o bien porque el 90% de los lectores de Saussure no se detuvieron en el Curso y procedieron a maravillarse en ese todo apoteósico con que avanzaron Benveniste y sus seguidores) y de la imposible equipolencia de lengua a lengua a mis eventuales estudiantes extranjeros… todo eso ¡para que, final, felizmente, alguien me formule la petición de una cabal homilía sobre lingüística! Así de alegre inicié la clase, cuando la sombra de unos capítulos salteados del CLG me asoló. Y después, un artículo “”En torno a la lingüística enunciativa” de la tal Mariana Miras*****. La comparación de modelos (¿plural?, ¡¿cuál de todos?!) del venerable doctor Chomsky con el de Tesniere (lo cual nos deja en los 1meros modelos) y el de Culioli, autor del cual no me acuerdo un re carajo. Y, le coup de grâce, un cuarto de Knowlege and Language, que para mi sorpresa está traducido. Y ahí frekee. Mal. Me deshice en marcos contextuales de la lingüística comparativa del XIX y en los primeros postulados de Saussure (tuve, incluso, la brillante idea de hacerle un cuadro comparativo entre formalismo y funcionalismo que, sospecho, la hizo frekear a ella creyendo que estaba agregando más temas), hasta que, salvada por la campana (Hemingway, Hemingway), pasamos a arreglar horarios y a disertar sobre lo extenuaaaante que eran los finales de ese tipo. Y después, a solas con los (r-i-d-i-c-u-l-o-s!) terrores; ¿por qué? No tengo ni la menor idea. Leí el Curso de Lingüística General entero (ENTERO!). Leí Knowledge and Language ENTERO. Leí papers (si bien pocos) de Chomsky actualizando P&P. Cuando cursé la materia, leí el famoso texto de Eguren y Soriano sobre minimalismo, + el libro capital de Austin, + la bibliografía debida. Creí haber entendido bastante. El vendedor de lógicas tuvo a bien invitarme reiteradas veces a ciertas tertulias, no sé si sectarias pero con el atractivo que tiene un proyecto de secta, en las que se discute la inserción del programa minimalista en nuestra práctica (…) lingüística diaria. [Aún no fui a ninguna. Y por más que lo niegue y eleve una serie de muy razonables excusas, la razón está clara: miedo.] ¿Por qué, entonces, por quéee, paniquear de esta manera ante retazos de los enemigos que ya batí? ¿Tiene sentido? Miedo. Yo pienso que las cosas son inabordables, y eso me gusta. Pero también pienso que no tengo que abordarlas si no las puedo hacer, y más aún, pienso que no tengo ningún derecho a creer que las puedo hacer bien. Lo que lleva a no abordarlas. Pero, por amor de dios, hay que separar los tantos y creer, mínimamente, en las bases que uno mismo se autoproporciona (es decir, no hablábamos de astrofísica, hablábamos de lingüística!!) Miedo, ¿no decía antes?
Con la escritura pasa algo similar. Y no sólo con la ficción, frente contra el cual en algún momento el John Marcher que vive en mí se ensañó apuntando ‘esa, ESA es tu bestia en la jungla. Lamentablemente, vas a tener que vivir así’. Me refiero a la escritura en todos sus niveles (así de hiperbólicos estamos hoy). Ideo el livejournal como catártico remanso des-simbolizado, después de tanto barroquismo tembloroso. Lo busco, lo acomodo, escribo en él. ¿Qué cosa? ¡Simbolismos! ¿Y por qué? Por miedo, Je pense.
A propósito de lo anterior, un comentario del p phi sobre cierto modernísimo escritor americano me desorientó aún más. “Ahí” dijo “Ahí todavía no llego, este tipo me hace sentir mal”. Yo argumenté que cómo, que qué pasaba con los necesarios patriarcas de la escritura, que dónde habían quedado los dioses, que cuán inevitables eran los faros en este maremagnum de estilos, talentos fugaces y los hostiles best sellers, pero él viraba en una línea absolutamente distinta; mencionó al pasar su deseo de ser el mejor y qué eso era natural y lógico, y yo me replegué, interpelándome: ¿cómo es que yo no deseo lo mismo?
Si se trata de lo que en francés se enuncia trac (i.e. miedo escénico), basta ver mi comportamiento en clase desde el más tierno secundario: no primeros bancos, intervenciones escasas a menos que sea necesario o que me proporcione un inconfesado goce (status actual del latín, después de – claro – recursarla), nada de acciones que revelen un proceder kamikaze, proceder que, en efecto, tengo en más de un parcial.
Se me ocurre un último miedo, como sublimizando los restantes: miedo de mancillar los recuerdos, miedo, fundamental, de olvidarlos: “Buscas con urgencia en todas tus memorias, porque gracias a una simétrica repetición de experiencias sabes que si no lo recuerdas pocos instantes después de haberlo mirado este olvido significará los más desoladores días de búsqueda”.
* Acaso más fulminantes son las palabras que procedieron; “creo que cualquier hombre te amaría – y yo entre ellos – si dejaras de destruirte. Pero como no vas a hacerlo, porque te gusta… es una lástima”.
** Es hora de que asuma que toda, toda mi obsesión por la belleza deviene menos de influencias maternales que de una irremontable sensación de inferioridad, que por causas que no veo (yo entiendo mi distorsión, pero entiendo también que entenderla no me sirve de nada, y x lo tanto me desentiendo) el mundo se empeña en contradecir rabiosamente.
*** Cuando la triste verdad es que no tengo dichos deseos, sospecho, porque no me siento en altura de competir con nadie
**** No digo esto en una lectura puramente depreciativa. Más bien aludo a una de las mayores idioteces del extraño caso 王; a saber, tratar de que comprase (o comprendiese) sus credos y/o padeceres con frases como “Te hacés la cabeza. Qué impresionista que sos, neurona. Tenés que dejar de ser así, tan dramática”, ante lo cual yo citaba a Alejandra a propósito de Rimbaud, justo antes de que él diera la estocada final de los desconciertos sugiriéndome que “Hay que sentarse a contemplar el océano. Conseguir ver que dentro de uno se extiende el mismo mar, se despliega el universo.” (Yo siempre pensé que un hablar recargado de sinécdoques del todo por la parte era, no tanto un absurdo – que sería interesante – sino una burda muestra de vacuidad, pero somehow en ese momento lo olvidé…).
***** Sé bien que esto es – ha de ser – una confabulación de Todorov, sobre Benveniste, salpicado a posteriori? de los Speech Acts de Austin… pero, que el lector me comprenda, ¿no son todas meras intuiciones pintorescas y nada prácticas?