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Mar. 28th, 2012

Blame Borges

Me pregunto que harían esos hombres de enterarse, de leer, cualquiera de los textos que me inspire su paso, su incandescencia, en mi vida. ¿Cómo es posible que ninguno se haya sentido afectado? Esta idea: lo que escribo es – lo que uno escribe es – aquello que desearía recibir en voz alta. Soy narradora porque no soy destinataria. (Curiosa revelación: está la palabra ‘destino’ en destinataria). Una vez, frente al extraño caso Ou, literalmente frente a él, le dije: ‘escribí un poema terrible’ a razón de vos, debía agregar,  pero confiaba en las implicaturas del lenguaje (uno nunca debe confiar en las implicaturas del lenguaje, pero acaso mi mirada y mis devaneos neo románticos fueron más que suficientes). Magia Nera, se llama, le dije, torturadora injusta, como si darle un trozo de lo que yo juzgaba megalómanamente una obra de arte fuera una suerte de, ya extorsión, ya venganza, ya confesión de pecados. Ya muestra (siempre es un show en el que la gran espectadora soy yo): mirá lo que me hiciste, mirá, y con eso, yo hice magia. He aquí una alquimista.

Un poco sería desear, y esta vez desearlo verdaderamente, que llegue aquel que me arrebate de las butacas y me fuerce a verlo mirarme. Mitsumetteru.

Leo una simetría alarmante en todo. ¿Qué me llevó la última vez a no alejarme? A debe reunir los atributos de un Arthur en guerra.

Si entonces lo que escribo es aquello que quiero leer, no estoy deseándoles a mis interlocutores otra cosa más que un amor desgarrado y narcisista. Interesante, fascinante (esta palabra es de él; y eso, el hecho de que en una suerte de halago yo los haga propietarios de ciertas piezas del lenguaje. Es casi decirles: no te doy mi amor – ay, pero te juro que te lo daría – pero te doy algo muchísimo mejor: la propiedad de una palabra en mi lexicón), es el hecho de que la femme que los conquista es la misma que, desnaturalizada (o revelada?), los pudiere espantar. 

Yo pensaba, fascinada, que esta vez era un poco distinto. Que dada la conexión “(casi) especial” que teníamos, esta vez podía ser yo la lectora de cartas del dolor. O al menos, que estaríamos a la par. Voilá, hallar un contrincante en las letras.

A: Vos crees que sos tan inteligente, tan literata. Vos crees que me superás. 

La necesidad, lacerante, de exorcizar (siempre exorcizar) esto en las letras. No sé si podría vivir sin escribir, pero sí sé que definitivamente me moriría. (<-- ¿no es curioso, además, esa manía por cuestionar el porqué de un hábito que llevo en la sangre? Hay entonces alguna diferencia entre escribir y respirar, siendo que interrogo de manera constante al primero y de manera nula al segundo. Es, también, como si escribir me implicara un costo: el costo de la herida abierta o el costo de la herida por escocer).

Imposible abandonar la imagen de una (de miles de) serendipia(s). La teoría del Gran Autor, creada – lógicamente – por mí, la teoría en que el mundo no es sino una pequeña casa de infinitas habitaciones y pasos nada nada errantes. La teoría de que hay una trama (vivir la vida en la literatura) y que, invariablemente, el escritor no he sido yo.

Una ridícula obsesión por reconstruirlo todo. Una exultante (in)felicidad en reconstruir el escenario del suceso; revivirlo, como si ir por las mismas calles y pasar las mismas páginas de los libros (vestir la misma ropa o dejar caer los mismos aros) pudiese devolverme el paraíso perdido. Borges: no hay otros paraísos que los paraísos perdidos. Construcciones de mí: una jugadora, estratagema (Decirme: hay que hacer esto, construirme como una voyageur inasible, untouched, unseen). Una absoluta romántica, una suerte de “te lo digo todo”. Una espía: escena en la que averiguo datos subrepticiamente sin revelar mi interés. La calle Florida como metáfora de mis excavaciones por los recuerdos, como si coleccionando souvenirs pudiese obtener una especie de marionette de lo ¿perdido?

Quiero perdurar de él todas sus ideas. Quiero estar con él. Quiero descubrirlo.

“Con El Hacedor bajo el brazo”, me dice quien fuera otrora mi gran director. Hay una circularidad patente en todo esto (imposible rechazar la idea de una trama). 
- Similar condición laboral (esta vez no renuncié sino que tomé vacaciones).
- Similar, muy similar estado mental (total la tête dans les nuages)
- Similar destino: Europa.
- Similares personajes: una confidente en mi hogar, Go, A, el mismo director. 

¿Quién es diferente? Yo.

James Joyce. Acaso un poco mejor fuera el hecho de que mi escritura refleja el caos abisal de mi interior. Ya no las imposturas.
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Jan. 1st, 2012

Resoluciones del 2012



- Retomar/reempezar un serio estudio de nihongo.

-Terminar todos los fics de TB/X en los que haya dedicado más de 5 palabras.

-Terminar de CURSAR todas las materias de esta HIDEOUSLY LONG carrera.

-Lograr decir genuinamente 6 veces en el año ‘me encanta este trabajo’

-Aprender de memoria 5 figuras de origami.

-Leer cabalmente al menos 5 de los libros que digo que he leído cabalmente.

-Ayudar en un emprendimiento relativo a animalitos

-Hacer otro tour de ma prison !

-Desarrollar a un punto decente el Ensayo sobre la lírica de Hyde.

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The begining & The end


Escribir en papel o tipear en el aire? Me impongo esa dicotomía para hacerme creer que es lo que realmente me detiene. Quiero escribir y hacer MIL cosas. Se me ocurre que el papel sería menos desordenado, acaso más noble. Posiblemente más honesto: en papel borrar no se resume a una presión continuada de teclas y zass zass, desapareció. (Avadakedabra).

Está el asunto del trabajo. Está el asunto de la necesidad de descargar, tanto por maravilla como por tensión, lo que deviene del trabajo; está también, subsumida (pero no) la idea de que de cada evento de la vida, de cada circunstancia, escenario o personaje involucrado, se debe extraer algo productivo en términos del arte. Flaubert en esencia; sólo que no lo leí hasta los 19 años, ¿cómo es posible – entonces – que yo me encontrase moldeada from scratch por semejante poética de la existencia?.


Está también el asunto de mi sempiterna tristeza, de mis aires nostálgicos y vagabundos que esconden las desavenencias de un tirano digno del Franquismo. Está el hecho de que yo sepa -SEPA- que ser un tirano cruel esbozado por el Franquismo es exactamente lo que me gusta. Está la siguiente problemática: si dejo de comer cosas dulces o fizzy drinks para librarme de lo que supuestamente asecha mi pureza, ¿estaré feliz? Estoy convencida de que NO. Por más que haga lo que haga, renuncie a lo que renuncie o consuma lo que consuma no alcanzo un nivel de conformismo que me permita dejar de torturarme una y otra y otra y otra vez ante cada fucking espejo al que me acerque. Cómo es posible que habiéndo dedicado tanto tiempo a las letras & Co (Death & Co.) continúe siendo tan superficial, es algo que no me explico. Presumo que es una forma más de masoquismo.

Finalmente, la cuestión de la escritura. Lots of things to do. La escritura, no obstante monstruo voraz y burbujeante en mi consciencia, me brinda una enorme satisfacción. La literatura, dice Borges, debe ser una forma de la felicidad. La escritura podría ser su alter ego, con lo que de ello se desate.

Oct. 6th, 2011

Lautréamont L'autre monde

Mirar el reloj como ansiosa, como portadora de un secreto; desear llegar a casa para escribir. Escribir, pensás, como quien diría respirar, como si fuese en efecto una acción no sólo rutinaria (esto lo evocas cuando parte de vos está explicando la rutina y el principio de reflexividad en español) sino también y mágicamente necesaria. Tenés un impulso, de hecho, a decirlo (tus manos lo escriben en el pizarrón) cuando preguntas: ¿y qué hacés después de trabajar, cuando regresás a casa, cuando – te reís – empieza la vida?

Mimetizarte. La vida está llena, te decís, de decisiones que alguien con tu nombre ya tomó, pero vos fingís estar tomándolas. Te resta conocer el desenlace. Como un private eye jugas a predecirlas; te parece por momentos que la película se te aparece en pedacitos, que necesitas completarla no con astucia sino con habilidades de quiromántica. Hay cosas que no podés explicar. <<Por ejemplo, esta adicción a las palabras; este gesto de querer aprehenderlas, esto de necesitar tocarlas con la punta de los dedos. Sos como ese coleccionista, ególatra y desquiciado y fascinante, que contempla su repertorio y procura nunca citar un público mayor. Cuando te definís olvidás (lo olvidaste hasta ahora) mencionar esa manía tuya por recolectar uniones de sílabas que día tras día- leés, estudiás, te repetís-, son arbitrarias. >> Si dejás de escribir, te morís. A veces pensás: es una auto imposición. Yo no moriría realmente. A veces considerás matarte (muchas veces considerás matarte), pero no sabés si lo decís de verdad, o si media humanidad piensa lo mismo, o si alguien así de patético, así de trágico, así de antiguo podría llevar a cabo semejante gran empresa, semejante conquista de heroicismos que se te hacen empíricamente inimaginables.

Le ponés los puntos a las íes. No podés tolerar que las palabras estén escritas sin acento; sentís un repudio hermano del desconcierto. Y te sorprendés por estos gestos de dictador como si no fueran esperables.

Cuestionar entre graciosa y singularmente (eso es lo siniestro; lo extraño, que pareciera divertirte pero que en realidad te da miedo) tus caminos, literalmente caminos, habituales. Si tomaste el colectivo correcto (hace 5 años que lo hacés). Si esas cuadras que te llevan a casa y que franqueaste centenas de miles de veces (no te gustan los números) te llevan realmente a casa (pero te encantan los matemáticos). En mitad de la clase, en la escuela a la que vas todos los días, te preguntás si estás en ese mismo lugar (en la clase y en la escuela). Pero no lo hacés de manera metafórica; no te estás replanteando el curso de la vida: vos discutís literalmente dónde estás, si en definitiva no estabas tan dans un autre monde que alguien con tu nombre y con tu firma (esa que no reconocen ni los bancos ni tus familiares) está haciendo otra cosa, algo que no está en los planes. 

Algo que por alguna razón tenés que corregir.

Sep. 15th, 2011

Hacia Africa



Ignoro qué es lo que sigue capturándome en tu imagen o en la resonancia aturdida de tu nombre. Lo desconozco de verdad. No tenés ninguna razón para conservar mi afecto de este modo, y sin embargo lo hacés, y te das el gusto de olvidarlo por completo para recordarlo alguna que otra noche, cuando evocás esa existencia en la que fuiste un pianista desalmado, un dictador perimido a vigilar un circo de títeres o un junta cadáveres con pretensiones de poeta. Yo siento que te destierro, (yo creí que te había desterrado), pero siento también que a veces me transformé en tu seguidora. Yo afirmo megalómanamente que te supero, me yergo en gran triunfadora de partidas de ajedrez contra la nada, someto a duelo tus habilidades y cuestiono tu acervo lingüístico sólo para denigrarte un poco más, pero es como si no fuera suficiente. Cada vez que te veo invento una pose para dejar de recordar que trato de olvidarme de cuánto te quise, y de si acaso no te quise demasiado. Escribo esta clase de oraciones sabiendo que las detestás de la misma manera en que yo combato tus misticismos, tu entropía general o esa honestidad absoluta que me anula.

Sería genial que fuese la venganza. No poder dormir por las noches ante la expectativa de triturar tu corazón un poco como vos no terminaste de hacerlo. Dejarte envenenado de sed en el desierto de las mil y una imágenes desacertadas que tenés de mí, y volver a casa a cuestionarme, con una taza de café y un libro de Borges, si te das cuenta de que no todas son quimeras. Que digas otra vez que todo es por demás complicadísimo para vos, que sos un festejante de la simplificación, y que enmarañarte entre mis letras es eso, estrangular tus filiaciones más sensibles y más genuinas en la red de mi voluntad.

Pero que no puedas resistirte. Por Dios, que pienses que en la vida hay que tomar riesgos y que sentarte a mi lado a despreciar la primavera es tan angustiante como intentar desenmascararme en el Café de la Poesía.

Me gustaría tanto, tanto, que leyeras esto y supieras – realmente supieras – que va dedicado por entero a tu nobilísima persona, que pudieses agarrar la certeza de tan firme y tan irrefutable, que cada sílaba de mis exactitudes barrocas cumpliera la misión de describirte, pero que te murieras de miedo – realmente te murieras de miedo – de responderme y someterte a esa otra gran farsa mía que es hacerte sentir un personaje secundario.


  

Aug. 17th, 2011

merry go round

 
Te decís a vos misma que estás perdiendo el tiempo. Que un talento como el tuyo (esto es lo que te decís) no puede estar así, abandonado, relegado a los finales de cuadernos universitarios o las notas sencillas que no alcanzan para contener tu furor prosódico: tus “notas” tienen siempre 2 o 3 párrafos que pronto son 5 no 20; ¿qué hacés, te inquirís, diagramando bitácoras de viajes que no emprendés?
Querés hablar de tus estudiantes, de tu trabajo que simula consumirte la vida (la vida, ya sabés, te la consumís vos y nada más que vos) y también de algo así como tu desgarro interior; querés llevar tus monstruos perfectos a la pasarela. Te parece que 3 caminos son una multitud indecorosa, pero no concebís un pacto entre esos ecos de tu palabras. Sabías que la cota de silencio era breve, que ya no te importa quién lea o quién escuche (todo autor es un inagotable ególatra), que estás circulada de códigos de tu temible autoría y que por las noches ya no sabés si se trata de escritura ideográfrica o de voluntario cifrado cual secretos a inhumar. Hay en tus jeroglíficos la abundancia insolente de una desesperación. Obviamente sabés que detrás de tus sintagmas ruborizados dormita una irremisible narcisista y que en realidad escribís a la intemperie porque sos vos y vos la que redacta, corrige, cuestiona, puntualiza, pregunta, juzga y cercena. Yo y la que fui nos sentamos al umbral de mi mirada. Desdoblarte en rey, prisionero y verdugo es una tarea que te intriga y que por lo mismo te ha envenenado.

Te sentás en un café a media tarde y cavilás con la nostalgia de lo inacabado.

No sé qué vas a hacer, pero te aseguro: si no escribís no vas a salir con vida.

Nov. 12th, 2009

Manifesto


A mi me gustan muchas cosas, pero no todas – felizmente no todas – giran en torno a lo mismo.

Mentira.

Pienso que todas recuentan lo mismo. Pienso que estamos compuestos por 2, 3 o 5 obsesiones, no más, y que en el fondo todas son monótonas y repetitivas, aunque lo que no es monótono ni repetitivo sea combinarlas y (oficio de escritor) reescribirlas hasta la subversión. Ahora se me ocurre que quizás es por eso (por eso nada más y no por un designio arbitrario que hace las veces de selección del estilo) esta propensión al desgajo del ritmo, a la frase kilométrica, a la metáfora poco clara y tan equívoca. Un mero juego de luces lo que hago con las letras, los recursos de una efectista menos desesperada que sumida en la certeza de no tener nada para decir (pero, oh, tenerlo todo).

A mí me gustan muchas cosas, decía; me gustan por ejemplo los libros, pero no todos. No me gustan necesariamente los libros viejos, con ese aroma entre dulzón y nacarado, con ese crepitar de polvo asechando a cada instante la vuelta de página. De hecho, me parece que me gustan las ediciones nuevas, esas que traen la cubierta impecable, que se enorgullecen del papel de ilustración (nada más complaciente para un autor que someterse a la dócil tiranía del ego frente a sus letras en un soporte que las eleve a la categoría de ‘ilustración’) y que son carísimas un poco injustificadamente. Me gusta la lluvia, y me gusta decir que me gusta la lluvia porque soy romántica y adoro la tragedia, pero es falso; me gusta la lluvia porque en el sonido de la lluvia (en el sonido de las gotas de lluvia raspando los vidrios de mi casa) encuentro algo que no capturo en la música. Me gusta todo tipo de maquillajes, mitad por traspaso materno, mitad porque – oh, vamos – soy este Frankenstein de la vanidad y la autocompasión. Me gustan los colores pasteles, y no me importa (la verdad es que no me importa) que me queden bien o mal; me gustar usar negro, pero me encanta que me digan ¡qué bien que te queda el blanco!. Soy un monstruo de la superficialidad, y no me gusta para nada ser una criatura de este tipo, pero vamos, que también puedo citar a Deleuze y a Huyssmans, y a veces puedo intentar un esbozo de Generativismo ultra básico. Me gusta el champagne, el vino blanco, y no entiendo absolutamente nada de otros alcoholes (me gusta no entender absolutamente nada de otros alcoholes); los cocktails para chicas siempre me van a parecer adecuados porque, en el fondo, adhiero a eso de beber Cosmopolitans cuando el Príncipe Azul duerme la siesta. (Argüir una porción de autonomía siempre es más divertido que encarnarla auténticamente). Me gusta el café, y lo interesante es que me gusta verdaderamente; mi imagen del consuelo en los días tristes es un latte acariciando cuidadosamente esos labios míos que se jactan del lápiz labial pero que se conforman con glosses brillantes, de cara a una ventana y a tantas lluvias torrenciales. Me gustan las ciudades corruptas y decaídas; me gustan mucho más que la naturaleza en plena ascensión de pureza, y esto es algo que nadie se explica, mientras yo no me explico porqué habría la necesidad de explicarlo. Siento debilidad por los animales, y me reprocho en forma constante no cuidar de unos cuantos; me fascinan los objetos destellantes, y eso puede (me gusta pensar así) tener relación, o no, con mi asidua fascinación por las personas del mismo tipo. Me gustan los artículos de librería: las cintas transparentes, los lápices filosos, las biromes perfumadas; me deliran a la compulsión de la compra los pop-sticks multicolores, cuya misteriosa afinidad estética me lleva a violar el fin del arte: como tengo tantos papelitos, les tengo que dar una utilidad. Me gustan las películas de los años 40 (y no descarto que mi gusto por Puig esté cimentado en esto), los sombreros de ala, y sé a ciencia cierta que si no fuera un objeto tan anacrónico y yo una inconfesada cobarde, andaría por la calle portando capelinas extraídas de la imaginación de Jane Austen. Para la prosa, hombres (para la vida, hombres); para la poesía, mujeres y no más preguntas, porque en literatura, como en el amor, las simpatías son involuntarias. Me gusta la inanición, la languidez, los estoicismos; me gustan las frazadas aún en mitad del verano, el helado de granizado, y la conmoción de un violín quebrando la curva del aire. Me gustan las novelas policiales, las mujeres fatales que son como imágenes especulares de todos mis trastornos, que mi pelo sea rubio pero no tan rubio y las velas de vainilla. Me gusta también la última parte del pan, dormir cuando estoy exhausta, leer con los ojos vidriosos y no llorar en las películas, sólo para hacerlo después, en algún otro momento. Me gusta el tiramissú, me gustan los objetos para el cabello (desde espejos de mano hasta hebillas de fantasía), comer galletitas en la cama y saltar por la casa cuando estoy sola. Me gustan las palabras; me gusta coleccionar palabras: clepsidra, bibelots, amore mio (los vocativos me parecen cautivantes), haphazarly, dominó, kizuku, muchuu de. Me gustan las palabras casi tanto como las lenguas, aunque es mentira que me gusten las lenguas en su totalidad; lo que me gusta, lo que me exalta, lo que me hechiza, es el orden en las lenguas, es que la lengua sea, sassureanamente, un sistema, que en ella lata la existencia de un dios de la coherencia.
Creo que esto, y la escritura, es lo único que me salva del abismo.

Nov. 5th, 2009

Qué estuve haciendo en este tiempo.

 

No sé muy bien; pero, por lo pronto, lo que estoy haciendo ahora es esto: trato de conciliar la sensación de tener 1 millón de ideas que exorcizar en el papel, con la certeza de que, en definitiva, apenas se tratará de unas 12 o tal vez unas 4 al final de la página. Uno siempre está perseguido - James lo dice, Hyde lo dice - por los mismos fantasmas.

La cuestión es que en las últimas semanas fue rara la ocasión en que tuviese, por melodramático que parezca, un minuto de habituada paz en esta bullente, pegajosa y húmeda ciudad circundante al río. Recapitulando, cuento con una sucesión de reencuentros adorables (my dearest english Knight que merece un párrafo aparte), primeras reuniones un tanto extraviadas (Mad Mary y sus expensives breakfasts en el corazón de la ciudad, que no sólo ponían a prueba mi estoico modus vivendi en cuanto a alimentación se refiere, sino también y por sobretodo, me hacían creer que El Proceso kafkiano trataba justamente de eso: 300 páginas en las que un agnóstico rutilante debe apostatar sus dogmas gramaticales en pos de expresarse coherente e interesantemente a propósito de la palabra del Espíritu Santo), y otras colisiones, let’s say, desdichadas. En lo que se refiere a alumnos, el englishman que confundía Hemingway con un trago y me espantaba con sus aplicaciones espontáneas de súbita sociolingüística, otrora combatiente de mi metodología de clase, me contactó para, voila, seguir teniendo clase. Con lo cual, queda claro hacia dónde debería orientarse mi paranoico yo a la hora de discernir un rumor de una fuente verosímil. (Queda claro, también, que mi paranoico yo jamás va a aprender a comportarse civilizadamente y me va a hacer frekear cuantas veces pueda sobre las idioteces más garrafales, en todo lo que me reste de existencia). A continuación pasé una semana (o retazos de la misma) con la aforementioned Mad Mary, extraño espécimen de estudiante de español cuya vida ha sido (el término es este que voy a escribir: ) tributada a Dios; raro rendezvous que por un lado me hace pensar en algún manejo ininteligible del GA, y por el otro en una puesta a prueba azarosa (mentira: nada es azar cuando se vive de los libros) de mis nulas habilidades para el negocio en general sino mi nula preocupación al respecto de la fe.
Poco después regresaron mis queridos chutes, y con ellos esta particular sugerencia: por qué no te volvés líder en lugar de ser autoempleada o empleada misma. Mi respuesta fue aquella que trato de esbozarle a M. desde los 10 años, no obstante algo reverberó en el enrarecido periplo nocturno desde la bonita residencia francesa hasta mi casa. Los chutes me regalaron un chocolate exquisito, y leyeron fragmentos de Madame Bovary para mí, recalcándome que Il n'ya rien comme la littérature française, sentencia con la que concuerdo, pese a que mis recientes enamoramientos con Gran Bretaña y la sobreocupación que me impide continuar Francais como es debido (súmese una cuota de desidia sempiterna por ese ala familiar en la que siempre hubo algo de escindido resentimiento), apuntan a hacer que me la olvide.

En términos lingüísticos, pasé cierto tiempo hablando la mitad del día en una lengua foránea de fácil acceso y múltiple difusión, un octavo resucitando lo que aprendí en gakko, otro octavo balbuceando lo que – uno diría – me fue transmitido vía ma Nana, y un maltrecho y miserable cuarto manteniendo vivo lo que queda de español en mi esquizofrénico cerebro. En términos un poco más normales, estoy en la lona, pero la porción de cordura que nunca parece abandonarme del todo se las arregla para subsistir. De hecho, lo que me asombra del caso (y me lleva a pensar que, en efecto, estoy pushing limits a mi competencia) es encontrarme haciendo esta suerte de queja por escrito, cuando nunca antes – el Journal de testigo – se me encontró gimoteando en torno a los saltos de sistema en sistema. (Lo cual es, con todo, una paradoja encantadora; yo, que detesto los cambios, me la paso alternando lenguas como si hacerlo no implicara una variación radicalísima).

Al presente me encuentro escribiendo esto en un papel, un tanto urgida por la necesidad (absolutamente neurótica) de dejarlo atrás cual bitácora – cuando, en realidad, lo único que hago es perpetuar lo que escribo en la eternidad de la ficción autobiográfica – de cara a un café en la ruidosa calle Alberdi, a metros de Rivadavia. Hay una librería de habla inglesa que me seduce de manera ominosa.

Tengo la sensación de que vivo entre espejismos.

 

Oct. 28th, 2009

Definiciones 2.


 

Miedo cotidiano: fase del miedo preformada en el siguiente escenario; esta usted sola, completamente sola en el palier de un atractivo (y por lo mismo, frío y yermo) edificio ajeno. Con la infructuosa impericia que la caracteriza, usted ha tratado de abrir la puerta del departamento al que debe y quiere ingresar, pero aquella empresa apoteósica la ha llevado a sentarse sola, completamente sola, en los peldaños de una brillante escalera de mármol. A su alrededor todo es art nouveau. Tras comprobar que su teléfono celular - artilugio detestable – carece de retorno, señal, antena o mera utilidad, usted se ha resignado a esperar cual Rapunzel en la torre, solo que la torre no es torre sino temible alcázar urbano y postmoderno, en el mismísimo corazón de una de la ciudades mas corruptas y pecaminosas del mundo. Usted se encuentra ligeramente perturbada, pero cómo le cabe el papel de doncella a la deriva en la penumbra de una fortaleza cualquiera. Comprende tempranamente que de lo que se trata es de matar el tiempo; extrae así un ejemplar randómico de las tan cuestionadas Altas Letras, y retoma su acuciante lectura. En ese principio ilusorio estaba, cuando se apagan todas (pero todas y todas) las luces del recinto.

 

 

 

Estupidez innominable: … el charming prince llega, efectivamente, y no tan tarde como usted lo había estimado. Ya se encontraba usted en la mitad de la cuarta o quinta desesperación, no sabiendo bien a cuál de las siguientes causas atribuírsela: si a la soledad persistente en la torre art nouveau, si a la osadía de esa maldita cerradura que no quiere abrir bajo ningún método de tortura, si al incesante repiquetear de sus tacos de 7 centímetros (arúspices de una caída imperiosa 5 escalones abajo), si a la súbita oscuridad isómorfica entre su alma y el ambiente, o bien a las reiteradas interrupciones de esa novela que le gusta pero en la que no logra sumergirse. El charming prince llega, entonces, y con él la confirmación de su rubia y femenina estupidez: ha estado usted todo el tiempo en el piso equivocado. Con razón, dice.

Oct. 22nd, 2009

I don't & do.


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