Home

Advertisement

Customize

Previous 20

Nov. 12th, 2009

Manifesto

A mi me gustan muchas cosas, pero no todas – felizmente no todas – giran en torno a lo mismo. Mentira. Pienso que todas recuentan lo mismo. Pienso que estamos compuestos por 2, 3 o 5 obsesiones, no más, y que en el fondo todas son monótonas y repetitivas, aunque lo que no es monótono ni repetitivo sea combinarlas y (oficio de escritor) reescribirlas hasta la subversión. Ahora se me ocurre que quizás es por eso (por eso nada más y no por un designio arbitrario que hace las veces de selección del estilo) esta propensión al desgajo del ritmo, a la frase kilométrica, a la metáfora poco clara y tan equívoca. Un mero juego de luces lo que hago con las letras, los recursos de una efectista menos desesperada que ahogada en la certeza de no tener nada para decir (pero, oh, tenerlo todo). A mí me gustan muchas cosas, decía; me gustan por ejemplo los libros, pero no todos. No me gustan necesariamente los libros viejos, con ese aroma entre dulzón y nacarado, con ese crepitar de polvo asechando a cada instante la vuelta de página. De hecho, me parece que me gustan las ediciones nuevas, esas que traen la cubierta impecable, que se enorgullecen del papel de ilustración (nada más complaciente para un autor que someterse a la dócil tiranía del ego frente a sus letras en un soporte que las eleve a la categoría de ‘ilustración’) y que son carísimas un poco injustificadamente. Me gusta la lluvia, y me gusta decir que me gusta la lluvia porque soy romántica y adoro la tragedia, pero es falso; me gusta la lluvia porque en el sonido de la lluvia (en el sonido de las gotas de lluvia raspando los vidrios de mi casa) encuentro algo que no capturo en la música. Me gustan todos tipo de maquillajes, mitad por traspaso materno, mitad porque – oh, vamos – soy este Frankenstein de la vanidad y la autocompasión. Me gustan los colores pasteles, y no me importa (a verdad es que no me importa) que me queden bien o mal; me gustar usar negro, pero me encanta que me digan ¡qué bien que te queda el blanco!, por lo mismo que llevo el pelo atado sólo para tener un recurso más a la hora de tratar de lucir mejor. Soy un monstruo de la superficialidad, y no me gusta para nada ser una criatura de este tipo, pero vamos, que también puedo citar a Deleuze y a Huyssmans, y si nos metemos con Chomsky hasta puedo explicarlo, o intentar un esbozo. Me gusta el champagne, el vino blanco, y no entiendo absolutamente nada de otros alcoholes (me gusta no entender absolutamente nada de otros alcoholes); los cocktails para chicas siempre me van a parecer adecuados porque, en el fondo, pienso que beber Cosmopolitans cuando el Príncipe Azul duerme me encanta (argüir una porción de autonomía siempre es más divertido que encarnarla auténticamente). Me gusta el café, y lo interesante es que me gusta verdaderamente; mi imagen del consuelo en los días tristes es un latte acariciando cuidadosamente esos labios míos que se jactan del lápiz labial pero que se conforman con glosses brillantes, de cara a una ventana tras la cual llueva torrencialmente. Me gustan las ciudades corruptas y decaídas; me gustan mucho más que la naturaleza en plena ascensión de pureza, y esto es algo que nadie se explica, mientras yo no me explico porqué habría la necesidad de explicarlo. Siento debilidad por los animales, y me reprocho en forma constante no cuidar de unos cuantos; me fascinan los objetos destellantes, y eso puede (me gusta pensar así) tener relación, o no, con mi asidua fascinación por las personas del mismo tipo. Me gustan los artículos de librería: las cintas transparentes, los lápices filosos, las biromes perfumadas; me deliran a la compulsión de la compra los pop-sticks multicolores, cuya misteriosa afinidad estética me lleva a violar el fin del arte: como tengo tantos papelitos, les tengo que dar una utilidad. Me gustan las películas de los años 40 (y no descarto que mi gusto por Puig esté cimentado en esto), los sombreros de ala, y sé a ciencia cierta que si no fuera un objeto tan anacrónico y yo una inconfesada cobarde, andaría por la calle portando capelinas extraídas de la imaginación de Jane Austen. Para la prosa, hombres (para la vida, hombres); para la poesía, mujeres y no más preguntas, porque en literatura, como en el amor, las simpatías son involuntarias. Me gusta la inanición, la languidez, los preceptos estoicos que no conozco pero que por alguna razón decidí llevar a cabo hace tiempo; me gustan las frazadas aún en mitad del verano, el helado de granizado, y la conmoción de un violín quebrando la cueva del aire. Me gustan las novelas policiales, las mujeres fatales que son como imágenes especulares de todos mis trastornos, que mi pelo sea rubio pero no tan rubio y las velas de vainilla. Me gusta también la última parte del pan, dormir cuando estoy exhausta, leer con los ojos vidriosos y no llorar en las películas, sólo para hacerlo después, en algún otro momento en que mis estúpidos estoicismos hayas trocado en una catarsis masoquista. Me gustan las palabras; me gusta coleccionar palabras: clepsidra, bibelots, amore mio (los vocativos me parecen cautivantes), haphazarly, dominó, kizuku, muchuu de. Me gustan las palabras casi tanto como las lenguas, aunque es mentira que me gusten las lenguas en su totalidad; lo que me gusta, lo que me exalta, lo que me hechiza, es el orden en las lenguas, es que la lengua sea, sassureanamente, un sistema, que en ella lata la existencia de un dios de la coherencia. Creo que esto, y la escritura, es lo único que me salva del abismo.

Oct. 28th, 2009

Definiciones 2.


 

Miedo cotidiano: fase del miedo preformada en el siguiente escenario; esta usted sola, completamente sola en el palier de un atractivo (y por lo mismo, frío y yermo) edificio ajeno. Con la infructuosa impericia que la caracteriza, usted ha tratado de abrir la puerta del departamento al que debe y quiere ingresar, pero aquella empresa apoteósica la ha llevado a sentarse sola, completamente sola, en los peldaños de una brillante escalera de mármol. A su alrededor todo es art nouveau. Tras comprobar que su teléfono celular - artilugio detestable – carece de retorno, señal, antena o mera utilidad, usted se ha resignado a esperar cual Rapunzel en la torre, solo que la torre no es torre sino temible alcázar urbano y postmoderno, en el mismísimo corazón de una de la ciudades mas corruptas y pecaminosas del mundo. Usted se encuentra ligeramente perturbada, pero cómo le cabe el papel de doncella a la deriva en la penumbra de una fortaleza cualquiera. Comprende tempranamente que de lo que se trata es de matar el tiempo; extrae así un ejemplar randómico de las tan cuestionadas Altas Letras, y retoma su acuciante lectura. En ese principio ilusorio estaba, cuando se apagan todas (pero todas y todas) las luces del recinto.

 

 

 

Estupidez innominable: … el charming prince llega, efectivamente, y no tan tarde como usted lo había estimado. Ya se encontraba usted en la mitad de la cuarta o quinta desesperación, no sabiendo bien a cuál de las siguientes causas atribuírsela: si a la soledad persistente en la torre art nouveau, si a la osadía de esa maldita cerradura que no quiere abrir bajo ningún método de tortura, si al incesante repiquetear de sus tacos de 7 centímetros (arúspices de una caída imperiosa 5 escalones abajo), si a la súbita oscuridad isómorfica entre su alma y el ambiente, o bien a las reiteradas interrupciones de esa novela que le gusta pero en la que no logra sumergirse. El charming prince llega, entonces, y con él la confirmación de su rubia y femenina estupidez: ha estado usted todo el tiempo en el piso equivocado. Con razón, dice.

Oct. 22nd, 2009

I don't & do.


I don't like. )

 

I do like. )

Oct. 13th, 2009

Definiciones 1

 

Poseída by Puán: despertarse por causa de un llamado telefónico en cuya conversación se menciona el sintagma modal imperativo e indirecto “no, no te preocupes, que…”, levantarse de la cama a las 20 hs de un sábado, bajar al living y declararle a la propia madre: “no te preocupes Ma, que las desinencias latinas no perduraron. Es por la ruina de los casos. No, no te preocupes, porque el elemento “-m” es el primero que cae, lo que produce el corrimiento del acusativo a la segunda declinación para todos los grupos”. Darse cuenta de que a una la están mirando de manera perpleja y notar que ha respondido así a la simple disquisición acerca de si tiene o no planes para esa noche. Decir “Aquí no ha pasado nada”, encaminarse hacia el cuarto y dormir otros 15 minutitos hasta que algún charming Prince la rescate y/o exorcise.


Oct. 6th, 2009

Confabulación.


Es lo que se anuncia a todas luces hoy en mi contra. Como en una ensoñación wellesiana, la tecnología deja de funcionar; y no sólo eso: también obra para perjudicarme (no anda i-net, contesto mails a destiempo, en Shuppansha piensan que me estoy escabullendo como una rata; Magister está ilocalizable y aleja de mí la fotocopia que necesito para el parcial de mañana…). Me azota un cansancio extremo, no obstante a las 10am me encuentro sonriente en el living de mi casa explicando Construcciones Verboidales a una alumna que, as always, me saca preciosos 15 minutos de sueño viniendo preciosos 15 minutos (mínimo) tarde y pretendiendo tácitamente que no se los cobre. Mal día para ser comprensiva. Veo todo en derredor como una suerte de pesadilla de la repetición. Un viaje alucinante, un matrimonio en ciernes, A. y yo como 2 caras opuestas de la misma moneda. Aún cuando como, me siento débil, extenuada; la felicidad tintineante de haber aprobado un final más o menos apoteósico me dura menos de 10 minutos. (Yourcenar: “Pura felicidad, que en otros momentos podría ser pura desgracia”). Bajo para almorzar a regañadientes y encuentro el 2do artefacto obstinado en contribuir a mi ridícula depresión: mi hermano le da golpecitos nada delicados al televisor, clamando a las cuatro paredes que qué le hicieron, que qué pasó. Demasiado para mi alma jansenista. Regreso a la cama y recibo la oposición de mother D. reprochando mi comportamiento mitad parasitario, mitad Bartleby. Se me ocurre de repente que tal vez esté protagonizando un relato de Cortazar; exactamente como el que leí anoche (“Los buenos servicios”) cuando tenía que estar declinando compulsivamente sustantivos de la 3cera, sino verbos deponentes. El televisor vuelve andar; no así la red, que (voilà) no funciona en mi cuarto, en mi computadora, para cualquiera de los asuntos irrisorios que quiera atender, pero fluye como un rayo láser en cualquier otro rincón de la casa. Me pongo a llorar una media hora, mientras mother D alterna recomendaciones de médicos con bases líquidas que me quiten la hinchazón de los párpados. Cada persona que llama o aparece, pregunta por A; yo siento una mezcla de celos y desasosiego. Para el parcial de mañana estoy tan entrenada como para luchar en la selva amazónica con un cuchillito untable; mágicamente, no me preocupa. (Latín en todas sus temporadas es la asignatura donde peor me fue en lo que va de la carrera y - oh, paradojas -, no me preocupa). Circulo los absurdos: que Lógica era más fácil (falso), que Latín es una lengua sencilla (FALSO!! ¿Quién fue el idiota que hizo publica semejante falacia?, ¿por qué se sigue repitiendo hasta el hartazgo?, ¿cómo es que nadie se queja del hecho de que TODO flexione, y que TODO deba ser aprendido de memoria?, ¡es una lengua que tiene 6 - SEIS - participios, por amor de dios!), que seguro la ficha de cultura que me falta tiene 4 carillas (tres veces falso. Es un cuadernillo de OPFyL y tiene como 50). Decido que, o le pongo fin a este circo estúpido o este circo me pone estúpidamente fin a mí. Agarro mis cosas y voy a un conocido café donde pueda entretenerme escribiendo esto mientras soy reprendida tanto por mi superyo, por no estar analizando oraciones o fichando la Eneida, como por el barista, por andar moviendo las mesitas esas tan graciosas y tan pesadas, sin el debido permiso. 

Oct. 4th, 2009

¡¿Por qué?!


… ese vestidito de raso negro con sutiles apliques corrugados, ese vestidito corto y adherente, ese ejemplar único que figura entre los escuetos percheros del local que Ona Saez dispuso sobre Florida y Córdoba; ese vestidito perfecto que te observa con ojos vidriosos y te susurra indecentes puestas en escena; ese encadenamiento de tela docilísima y ondulante que imaginás sujeta a tu cuerpo en una eterna suspensión de la belleza, como si nada - ni un respiro, ni un gesto desarticulado, ni la altura equivocada en los zapatos o un tema de jazz que no es jazz sino lo último en la más vulgar de las modas musicales -, como si nada de eso pudiera interrumpir el curso de tu cristalización en semi-diosa; por qué – digo, pienso, repregunto – ¿por qué tiene que estar valuado  e x a c t a m e n t e  en el mismo importe que lo que te pagan por traducción…?
 

Sep. 30th, 2009

De cómo un conjunto con Modelo puede volverse inconsistente.


Estamos entonces en uno de esos días en que parece ser deseable que ocurran eventos semi dramáticos a fin de que nos sirvan como pintoresca base de relato semi ficcional (iba a escribir: “como patética base de relato…”, pero ganó un inesperado optimismo). Mucho frío afuera en esta agria primavera; despierto tardísimo luego de intentar paliar las energías sacrificadas al dios de la Lógica el lunes.
(Agradecida eternamente porque se trate de un dios bondadoso y me haya recompensado con una nota que superaba el mínimo para aprobar). Despierto tardísimo entonces, medio helada, con el gato enroscado en un brazo y el pelo (voilà) en la más perfecta lasitud rubia. Me asalta entonces el siguiente recuerdo intempestivo: yo debía estar a las 10.30 am en Ciudad Universitaria, Pabellón 2, para sacar las famosas fotos steampunk de Chise, en las cuales, además de pálida, lánguida, sombría y semidesnuda, debía llevar el cabello “batido”.

Ese artefacto convencional y esclavista que llamamos reloj marca las 10.30 en punto. Contrario a lo que un ser humano responsable y promedio hubiese hecho, yo no salto literalmente de la cama, sino que me aboco en la tarea de recostarme una vez más, cara al techo, y acariciar al gato mientras me quejo de mi mala fortuna, mi carrera universitaria, los 200 - o sea, 3 - parciales que tengo la semana que viene, mis pretensiones de escritura destinadas al fracaso y esto de andar tomando pastillitas para dormir que me inducen sueño cuando deberían reducirme angustia. Finalmente me levanto, me cambio, hablo con Chise y tramito mi demora. Una breve conversación con my mother D. basta para que comprendamos que no, de ninguna manera ese pelo mío va a poder ser batido sin el instrumental necesario, así que procuramos no secarlo y, en cambio, ponernos una boina tres chick (y-fun-cio-nal!) cosa de que al quitárnosla aparezca la base para hacer lo que sea que Chise quiera hacer. D. me maquilla ultra rápidamente y me alcanza hasta el 107, procurando recordarme que tengo que comer (…) y que de no hacerlo las catástrofes cotidianas van a seguir sucediéndose en eterna cadena dantesca sino kafkiana. Frente al 107 algo en las palabras de mi madre me perturba, así que opto por comprar algo así como un desayuno frugal que espejase tantos mediodías al sol de otoño en NY o esos malabares con que intentase transmitir un pedido a los austríacos vendedores del Anker, Viena. En esta oportunidad, caminando por la rutilante avenida Cabildo, soy presa de una disyuntiva mucho menos Hamletiana; ¿Burguer King o McDonald’s? Burguer King está más cerca. Me pasean del puestito de sundae a la caja, todo para pedir un miserable café con algo comestible y no traumático. El mundo (ya lo sabemos) no está hecho para disoréxicos: todo viene de a dos, de a cuatro, o de a mil unidades. Opto por no quejarme. Café y dos medialunas. Se me ocurre que, acaso, pudieran darme más café en esa tacita ultra miserable en lugar de la mentada dupla de facturas, cuya internalización en mi persona va a reprocharme la hermosa torturadora durante el resto del día. La gente mira mi gorrita de corderoy negro con curiosidad. Yo tengo ganas de putear a alguien, pero la decandentísima poética de la escena me recuerda que el pobre flaquito del puesto de sundae no tiene la culpa de mis absurdas exageraciones. Me llevo el mini café como si portara el Santo Grial; a punto estoy de comer la bienquista medialuna cuando llama mother D., preocupada porque me vio “con una expresión realmente deplorable. Ponete un poco más de polvo volátil, algo de rubor, decile a Gisela que te deje llevar rimmel, aunque sea el de Miss Yllán, porque, Brenda, así no se puede”. Asiento mientras doy muestras de estar ingiriendo la primera medialuna. Ya en la fila para el 107, me descubro nuevamente observada; pero no es la gorra, ni mucho menos yo, quien capta la atención de mis futuros compañeros argonautas: es la medialuna restante. Comprendo que, acaso, las miradas conllevan envidia, pero mi sistema neurótico se encarga muy bien de traducir eso en reproche: te están mirando así porque estás comiendo. Tirá ya esa medialuna. Me aferro al café. Embrollo la bolsa acartonada de Burguer King y la oculto en el bolso neoyorkino. Los pasajeros miran desconcertados. Extraño un poco a Julio Cortázar; extraño tener que leer a Cortazar por obligación cuando – mentira –, lo leía por gusto. Como es natural evoco “Ómnibus” y me pregunto seriamente qué pasaría sin tanto los viajeros como el chofer se abalanzaran sobre mí, presos de la ira ante mi irrazonable desprecio por la medialuna ahora convicta en las profundidades de mi cartera. Muchas ganas de escribir también, así que me acomodo de espaldas a la puerta de acceso (un sitio masivamente repudiado) y alcanzo a garabatear un par de titulares para esta crónica ociosa. Me felicito: como soy experta en hilvanar sintagmas nominales y verbales dislocadísimamente dispuestos, no preocupa para nada desordenar así los sucesos que integran este día, que se anuncia particular. Chise me llama al celular y se vuelca, en la conjunción que tan bien forman mi mano y la torpeza, los restos de café que (believe it or not) aún quedan en la cicatera tacita burguer king. Finalmente arribo en Ciudad Universitaria. Resulta que el pabellón II está más cerca de lo que creo, no obstante mi gorrita y yo sentimos el irreprensible impulso de preguntarle a cualquier residente sobre la efectiva identidad de esa locación. No lo hacemos. En cambio, apenas al bajar hacemos entrega de la medialuna problemática a una nenita que deambula por las escaleras. Tiro el envase vacío del café (tirar los envases de café take-away me produce una satisfacción casi perversa). Cuarto piso, dijo Chise. Tomo el ascensor. Allí, forrado en madera, somos albergados un grupo de gente como mínimo formidable: un puñado de estudiantes cuadriculados, 2 entes aparentemente femeninos, una empleada de limpieza y un hombre barbudo, con guardapolvo. Mi gorrita negra vuelve a hacer el acto triunfal de acaparar todos y cada uno de los reflectores de luz que no hay en ese cubículo. Por lejos, la más simpática resulta ser la señora de la limpieza, que inicia un breve diálogo con el hombre del guardapolvo en el que destaca un “sí, yo vine esta mañana a hacer un experimento y noté que ya no nos quedan ranas”. Comprendo cuán desubicada está mi gorrita, resemantizada en ese entorno como subversiva y bolchevique, ahora que no nos quedan anas. Desciendo en el piso 4. Busco con la mirada a Chise y su compañera; las encuentro flanqueadas por un muchacho alto, morocho y ocupadísimo entre el envase de telgopor que lleva en la derecha, el celular atusado al hombro izquierdo y una cámara inmensa, de valor neto igual o superior al de toda mi biblioteca. Camino al toilette que oficia de vestidor para ese dress endemoniado comprendo que de manera tangencial quiero yo saber cuanto pueda acerca de quien de ahora en más llamaré sexy photographer, para evitar descripciones definidas que puedan subjetivizar al lector (…). Me perturba en particular el hecho de que no me de ni pelota teniendo yo el cuestionadísimo estatuto de modelo (acaso sea por el superlativo) y que a la vez lleve el mismo sweater que P. Phi. Me pregunto morbosamente qué pasaría si le menciono el sustantivo “derivación”. Pienso en que las casualidades son todas una falacia humanoide y mística, pero cómo me las creo. Los tres recorremos el piso buscando ese reducto de destilación (no es metáfora) donde sacar las fotografías; el photographer, además de sexy, hace bien su trabajo. De a ratos nos custodian miradas hostiles que sólo mi paranoica persona detecta, y que son erróneamente ignoradas por mis acompañantes. Claro que ninguno está semi desnudo frente a una cámara que oculta al sexy photographer, de espaldas a un instrumental de quien sabe qué siniestro oficio, poniendo cara trágica y tratando de suponer cuán peligrosos serán los científicos experimentadores de ranas que evidentemente circulan por detrás. Como todo paranoico, veo mi sueño hecho realidad al materializarse cierto individuo con ademanes barderos y registro equivocado, exigiendo explicaciones sobre qué magia estamos practicando cerca de aque equipo de trabajo. Sexy photographer asume la carga de la prueba y discute con el sujeto revelando que, además de sexy, photographer y portador del mismo sweater que P Phi, es profesor “de la facultad de al lado”. Mi icc, como es un desastre, suprime la información recientemente incorporada por el sólo hecho de no estar tratando con un alma gélida dedicada a los números o a los razonamientos deductivos más inquebrantables. Sigue una escena en donde todos nos trasladamos hacia la oficina del pabellón II a reiterar el permiso para sacar 10 miserables fotos de mi persona enfundada en esa maraña de hilos, escena que sexy photographer interpreta solo, tan propenso es a robar libreto. Regresa entonces victorioso, acusado por Chise de chamuyarse a la vieja de turno a fin de que nos permitan efectuar las efigies vintage más dilatadas de la historia. Cambiamos de locación; nos movemos hacia uno de los clásicos pasillos semiderruidos de la UBA, en donde infaltablemente subsisten lo que parecían ser butacas a medio corroerse. Brenda se sienta en ellas y pone cara trágica una vez más. (“Pensá como si hubieses reprobado Lógica”, es el leit-motiv) Sexy Photographer menciona algo acerca de su participación en un concurso de fotografía para anime y mi entusiasmo cae en insalvable picada hacia el abismo del desinterés. Acaso fue bueno para las fotos. Pero me agarró con la guardia baja: pasa por detrás un miembro oficial del Comité de Mujeres Abstemias de Sexo y, al son de “¡a vos te parece, sacarte fotos así, en bolas, en una universidad!” hace explotar la ira de sexy photographer. Yo no me siento realmente atacada, pero veo en las circunstancias una oportunidad irrepetible para hacer el numerito de la doncella ultrajada por brujas y animales feroces. Para más, sexy photographer argumenta no sólo su condición de “profesor de la universidad de al lado” (…) sino su estatuto moral superior (no olvidar glosas como “…y te podrían enseñar tantas cosas más, chiquita…”), y a eso le suma un “me parece que por lo menos tendrías que pedirle perdón a ella, que viene acá a trabajar tanto como vos”. Tiene la deferencia, además de acompañar tamaña sofisma con un gesto ostensivo. Yo callo, mi ego calla, pero se me ocurren muchas cosas que agregar, todas en relación con mi altura y mis estudios de lingüística general. Recuerdo también que, acaso, lo peor de Kate Moss es lo que me compone, y trasueño que sexy photographer ha visto esa faceta mía aunque claramente no la vislumbra ni de lejos (cft. “qué buenas van a quedar estar fotos, Chi, mirá, hasta se le ven los huesos”). Siguen los escarceos entre sexy photographer y la pobre señorita abstemia de sexo, y en ellos Brenda quiere intervenir haciéndose la pobre doncella ultrajada, pero sexy photographer no da lugar a otros personajes en escena: cuando monologa este hombre es eso, carajo, SU monólogo. Chise mientas tanto toma sol en las Bahamas. Yo tengo un artículo titulado “Latín y Romance, ¿fragmentación o restructuración?” de un tal Alberto Várvaro (si, dos v) en la cartera, pero está lejos de mi alcance; para más (es hora de que alguien confiese) a todos los enfermitos de Letras nos encantan veladamente los folletines. La comedia termina cuando otro simpático empleado de limpieza se lleva a la inquisidora de las matemáticas “a tomar un tecito”. Sexy photographer declara que “ya las tomas están como muy manoseadas”, y yo me ruborizo ligeramente ante el uso desconsiderado de ese predicativo subjetivo obligatorio.

Una vez restituida a mi fachada decente, lucubro tácticas para abordar a sexy photographer, siempre olvidando cuestiones tan pilares como su inclinación sexual, su estado civil o su potencial interés en mi persona. Razono así: este flaco debe estar tan habituado a ver pseudo modelitos, como yo a ver portadas de ejemplares en mesas de saldo. Reacomodo las armas: ¿le hablo de Shuppansha, le hablo de la gakko, le hablo de Noam Chomsky o de mis lecturas sobre [inserte posible autor que habría de interesarle a sexy photographer sólo porque Brenda así lo prejuzga]? En esa magia estaba – dice Borges – cuando la borró la descarga: sexy photographer tiene ojitos claros. Ay Dios. Ay Dios. Imposible.

Solitaria, camino a casa me consuelo en el centro de mamá, arreglándome las uñas y descartando el buen número de cumplidos hacia mi gorrita que recolecté en el 42, pero a quién le importa, si ya no soy denostada por científicos y defendida por megalómanos photographers. 

Además




 

 

Una se cansa de escribir a veces.

(Por fortuna, dura poco).

 

Sep. 25th, 2009

Decilo bien bien claro.


Quiero. Contestarle mal a la gente en el subte sólo por capricho. Decir algo así como “qué te pasa, qué querés, por qué me mirás el libro, idiota”. Tener muchos pero muchos admiradores y, encima, tener una lista de más de cuatro ítems que justifique su adhesión a mi persona. Salir a la calle con lentes oscuros, con unos grandísimos lentes oscuros y un pañuelo de seda beige sobre el pelo. Vestirme de rojo fuego, incandescente, insultante, Ponerme un flequillo super tupido, y hacer de cuenta que es lo más natural del mundo. Haber leído y fichado todo Knowledge of Language, sólo para comentar al pasar, mientras izo un cigarrillo, que Estructuras Sintácticas es mejor. De una sola lectura, comprender el preciosismo semántico en cada palabra en Sylvia Plath. Usar tacos altos, altísimos, aguja, todos pero todos los días, excepto el día que esté cansada, y que justo sea uno en que hubiera sido ideal agregarme 15 centímetros, pero what the fuck. Las 3 novelas de Piglia, los cuentos completos de Saer, conseguir una buena edición de The Long Farewell en español. Escribir uno de esos 30 proyectos destinados a la nada. Terminar la novela, pasar los 7 párrafos si es posible. Que la novela me parezca mala, malísima, pero que a una joven editora le parezca absolutamente fabulosa y, encima, me venga con la delirante pretensión de publicarla. Salir con alguien que me diga “Me encantas, me encantas, me encantás. Ah, ¿qué, sos rubia? No me había dado cuenta. ¿Y eso qué tiene que ver?”. Aprender a hacer lemon pie. Aprender a tocar la guitarra, de la nada, y tener la oportunidad de tocar en un fogón solo para que todos queden deslumbrados por ese súbito e impensable talento natural. Pronunciar francés de manera innata y argumentar que, claro,  tiene mucho que ver con mi abuela, cuyo discurso actualmente no puedo ni separar en sílabas. Cursar todas las materias más analíticas y más exactas de la carrera, ser radicalmente buena en eso y andar rechazando temas de papers o directores de tesis con el siguiente apotegma: “lo que pasa es que yo la descoso en matemáticas, aunque nadie lo crea, pero estoy decidida a perder mi tiempo con las vulgares y fumadas literaturas”. Descubrir un método de secado ultra ultra rápido para el esmalte de uñas. Tocar fondo, pero tocar fondo verdaderamente, y así no volver a frecuentar ninguna manía restrictiva like this one. Pararme frente a un sujeto cualquiera y tirarle en la cara mi condición de rubia, pero qué bien que no quieras nada en serio conmigo porque, ¿sabes? yo tampoco quiero nada con vos (“¡Idiota!”). Jugar bien al ajedrez. Poder llevarme a casa a cuanto gatito abandonado encuentre. No haber leído jamás The Best in the Jungle. Ser una modelo de pasarela, ser exactamente como Kate Moss y salir en las revistas leyendo The Sound Pattern in English y mandándole un beso a Harris. Tener un peluche del Cookie Monster. No justificar ninguna de las siguientes cuestiones: a – mi repudio hacia la primavera. b – mi colegio secundario. c – mis relaciones interminables. d – mis disorexias interminables. e – porqué no sólo no me gusta sentarme afuera en los cafés/restaurantes sino que me parece absurdo, en el sentido más lógico de la palabra. f – mi desinterés a propósito de la política y el mundo del espectáculo. g – alguna más que no me acuerdo.

 

Todo eso.

Ah, y  aprobar esta materia, que ME LIMA inmanejablemente.

Sep. 21st, 2009

Dos breves instantáneas


Escena en el kiosko.

(Mira atónita una vez, dos veces, tres veces la misma tarima de golosinas y artículos dulces varios. Repasa una vez número cuatro los estantes aledaños; chicles de tutti-fruti, pastillas y caramelos surtidos. No hay suficientes colores para atraerla, acaso. Voltea para analizar – es verdaderamente analizar lo que ella hace – la pared poco menos que colapsada de galletitas. Demasiado, opina. Regresa a la tarima de los alfajores, esa invención aparentemente local, y repara en un dato que apenas había notado en su actuario de los productos adquiribles en el kiosko vecino. “Milka Mousse 3 capas – 3 pesos”. Y luego, “Milka Mousse Simple – 3 pesos”. Pero ella cree en los tratamientos ad personam y en la magia del diálogo, así que reincide.)

- ¿Cuál es el precio de… este?
- 3 pesos.
- Ajá. ¿Y este?

- 3 pesos.

- Pero… ¿no es el triple del anterior?

- ¿El triple qué?

- Éste tiene 3 capas, y sale lo mismo que el que tiene una.

- Sí, bueno. Por eso te conviene llevar el grande. Más por menos.
- No, es menos por lo mismo. El precio del simple no debería ser (como mínimo) ¿la mitad?

- Llevate el triple así te viene más chocolate, y te lo comés sabiendo que otro pagó lo mismo por menos.

- …

- Pero, ¿vos qué es lo que querés, nena?
- … eh… (¿Qué haya lugar para nosotros, los que queremos comer un alfajor normal?)

- ¿Quién querría comer menos?
- ¿Yo? 

 

 

Escena en la cama, sábado 16hs.

Ahora me voy a levantar y voy a estudiar Lógica. Sí, voy a hacer exactamente eso. Ya dormí muchísimo. Voy a levantarme, voy a hacer a un lado al gato, que sabe que tengo un final este lunes y lo hace a propósito, y voy a agarrar los apuntes. De qué… de lógica de predicados era, sí. Hoy tocan los teóricos de lógica de predicados. ¿Por qué este gato es tan lindo y tan suave? Ahora me voy a levantar, me voy a cambiar – ¿qué me voy a poner? – y voy a llevar el bolso ese al café de la esquina, ese nuevo, ese barroco, ese que digo que lo diseñé yo, y voy a estudiar para el final de este lunes, que es de Lógica. Sí. Ah, ya sé, me voy a poner un pescador de jean y esta remerita, sí, que es negra, y hoy hace calor, o más o menos. Me sigue doliendo el estómago (¿cuántas cervezas había tomado?) Es que en total dormí… ¿5 horas? Ah no, es imposible, es muy poco. ¿Y así voy a estudiar lógica de predicados al café barroco (tiene sillas de madera laqueada, con pinceladas rosa y moños de raso) que diseñé en otra vida? No voy a poder hacer nada. No, pará, sí voy a poder; esto es cualquiera. Ya mismo me levanto y voy a estudiar lógica hasta las 9, que es cuando cierra el café. La cabeza, ¿me sigue doliendo? La puta madre. ¿Qué goma tomé? Estoy extenuada. No voy a resistir mucho, pero igual voy a levantarme e ir a estudiar, sí, voy a hacer eso.”
 Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr

- Hola Go… sí, ¿cómo va? Nah, estoy de cama. Sigo durmiendo, ¿podés creer?, ¿qué? Ah… ¿y cómo son? Ah… ¿muy lindas?... ¿cuánto? Pero, ¿ya se fueron? … ¿hasta cuándo se quedan? Mm… y, ¿de qué colores hay?, ¿están forradas? Pero… no sé… es que… bueno, sí, sí. Ok. No, no, me cambio y voy, ya voy para allá, ponele 30 minutos con el 168. Sí, Borges o Thames, cualquiera. Bueno, pero fijate a qué hora cierran. ¿Había en negro? Sí, bueno, nos vemos, chau Go-go.

 

 

Y así fue como terminó recorriendo, semi feliz, semi extenuada, Plaza Serrano en busca de carteras de diseño con estampados de Marilyn, entre otras varietés innecesarias, muy chics y parcialmente baratas, el día en que tenía que levantarse para estudiar lógica de predicados en el café barroco de la esquina.

 

Sep. 3rd, 2009

Credo


Debe ser por esto que leo y releo a un autor, Bukoswky, que de otro modo me resultaría netamente incomprensible.
 

 

So yo want to be a writer... )

 

(Queda para otra ocasión el singular fenómeno que consiste en caminar a ciegas por los corredores de la ficción de un autor que amamos o detestamos sin saber jamás el porqué de lo uno ni lo otro.)

(Y, sin embargo, encontrar esta clase de epifanías y resemantizar el agrado o el desprecio bajo la ridícula intuición de que caminábamos para encontrar la mentada epifanía).

Sep. 1st, 2009

Hoy


- llovía, y lo agradecí, no sólo porque mi espíritu es sombrío y fatalista (Verlaine Il pleure dans mon coeur, comme il pleut sur la ville”; Pessoa: “En una niebla de intuición me siento materia muerta, caído en la lluvia, gemido por el viento”) sino porque el clima propiciaba que la clase de las 10am no sería celebrada en el balcón, esto es, no sería celebrada en un amplio rectángulo en el que mi yo instructor de español se rostiza lenta y burlescamente.

 

- tuve una tercera entrevista con una nunca asentada jefa, epítome del desarreglo femenino, que es tanto incapaz de acordarse de mí como de abandonar su curiosa propensión a hacer esperar al entrevistado el doble del tiempo que le toma entrevistarlo efectivamente.

 

- para paliar tanto mis acostumbradas inaniciones como el horror post entrevista y post inmersión en el tercer mundo, busqué consuelo tanto en Piglia como en un alto latte descremado.

- robé 3 pajitas del tácitamente citado Starbucks.

 

- extrañé a M. Un beso a Sigmund Freud, cuya casa no llegué a visitar à Vienne.

 

- no entendí un re carajo en MFNT pero absolutamente todo el auditorio, incluido el mismísimo dirigente, celebraron mi desacostumbrada participación en clase como si en efecto hubiese emitido al menos un sintagma coherente.

- comprendí que latín III es difícil, y que voy a estar en el horno, y que la oración de (también) 3 renglones en la que no podía identificar verbo madre (probablemente porque había 5; 1 central, 2 infinitivos subordinados y 2 intrasubordinados, uno de ellos, participio) constituía algo así como un ejercicio de pre-calentamiento para textos de Séneca, Ciceron, Catulo (I HATE Catulo), entre otros ilegibles.

- A. se apareció ante mí como, una vez más, kanpeki na hito.

 

- localicé mi próxima cartera.

- me compré un artilugio deportivo que goza de gran popularidad entre mi cada vez más compulsivo placard: un top verde petróleo, que muchos acusan de irreligioso únicamente porque no vieron el gris que me sumergió 10 minutos en la más grave disyuntiva electoral.

 

- me acordé gran parte del día de Raymond Chandler y sus taxonomías a propósito de las femmes rubias. Me acordé, también, que tengo que abandonar a Piglia de una vez y abocarme a Walsh y a Asís, cuyos libros aún no me digné a conseguir.

- quise dormir la siesta avec le chat, pero parece que va a quedar para mañana.

Aug. 30th, 2009

Dernier mots pour le chapelier fou


I

Entre más lo piensa, concluye en que la venganza de aquel sujeto radicaba en forzarla remotamente a exhibir las bajas de guerra; una feria de cadáveres en el que ella oficiaba las veces de croque-mort, las veces de superviviente estropeada, las veces de palidísimo cuerpo entre tanta palabrería. Se sienta en un café a la penumbra del mediodía y, lápiz en mano, evoca fantasmas: entre nosotros un silencio de muerte, la pluma letárgica que rasga la noche en que dejamos de perseguirnos para encontrarnos. (Utopías alquímicas: recibir joyas, compases y sustentos para las más diversas y disoréxicas neurosis; todas cosas que ella olvida mostrar como trofeos porque, en definitiva – piensa – no son más que antifaces). Ensayó un puñado de respuestas, es cierto, pero ninguna rebalsó un silabeo inestable; es que te astillaste tanto – tiene ganas de decirle –, es que te pulverizaste en cámara lenta, te asolaste así, como una de esas flores miserables y tristísimas que me enviás, como si el desamor ganara siempre y fatalmente al deshojar una margarita. Incluso ella, curandera de las demoliciones, demiurga de fantasías verídicas; incluso ella es incapaz de escocerle la piel agrietada. Más tarde, al lado del fuego a plena lluvia invernal: relee sus cartas esperando mancharlas con la falsedad cosmética de sus ojos oscuros, pero no encuentra más que condenas. Señala los errores con tinta invisible (porque el afecto deslavado es básicamente generoso), deja que las llamas ejecuten la misiva y solloza, preocupada, que acaso necesite una nueva inspiración trágica, y qué complicado que es encontrar buenos actores.

----------------------------------------------

II

O la mujer o la muñeca, le dicen. Es un caos ordenado, le explican. Pobre, pobre sujeto entre tus manos blancas, palidísimas; pobre verdugo que, pendiendo de la soga, balancea su cuerpo inane como si oscilara él ese instrumento mortuorio para otro incriminado.

----------------------------------------------

III

Recibe entonces una nota: olvídate de mí para siempre, ahora soy presa del absolutismo más casto, más virtuoso, más radical; deshazte de mis objetos de pánico; trashúmame como a los héroes literarios; perdóname, perdóname porque, acaso, así logre volver a dormir. Ella se apresura a buscar su nombre en el catálogo de la biblioteca; héroes literarios, susurra al librero, pruebe también con antihéroes. Se manifiesta angustiada por la previsible ausencia del sujeto entre los anaqueles de su pequeño palacio y, más aún, por la dolorosa comprensión de que Versalles no es sino una casita de muñecas. Solitaria, un poco descolorida, se oscurece el cabello: la luz gotea la medianoche de su rostro y ella se pierde, desesperada, porque ha creado un mundo que la consume y también porque no sabe qué hará cuando vuelva a tener ganas de jugar.

----------------------------------------------

IV

Como siempre, gana la literatura. Ella requiere una última función que nunca llega para decirle eso que nunca dijo, eso que, en definitiva, no es absolutamente nada pero que de manera inefable toma apariencia de gran confesión bajo claro de luna. Apela a ese ensayo americano: “coffee is for closers” e inicia pulcramente su respuesta. No vas a ser comprendida, desaprueba. Pero es que es cierto, coffee is for closers. Piensa en obsequiarle un ejemplar de la Vita Nouva junto a un puñado de rosas listas para disección. Piensa en forjarse herida de muerte, en rajarse las muñecas con lapiz labial, en llevar al extremo su papel de fasting girl o montar un escenario donde la bella durmiente procastine en sueños tramposos volver a la vida sólo por obra de labios de hielo. Piensa algo así como que sigue siendo de noche, ¡y todo este tiempo te llevó matarme! Y toda la noche me llevo matarte. Y, ay, por vos, por vos que festejas la horrenda primavera: champagne y una palabra más, que no recuerdo cual era pero que (creeme) debería ser una disculpa.

-----------------------------------------------

V

Al principio, de manera oscura, ella temía una equivalencia sinestesica con el fin del acto.
Ahora, cada mañana despierta un poco aterrada: no recuerda si, en efecto, terminó el intervalo.
 

Aug. 19th, 2009

Polifonía en un Centro de Estética


Acto 1 –

 

“Mme.1- Mi amiga, Jacinta Linda… a ella le pasó lo mismo, ¿viste?

Mme 2 - ¡Jacinta Linda!
Mme.1 - Si, sí, se llama Jacinta Lindaaa…
Mme.3 - Pero ¿cómo?
Mme.1 - … y perdió el apellido cuando se fue con uno que conoció acá; no, uno que conoció en Israel, “Smith” creo que era…
Mme.3 - ¿Perdió el apellido?
Mme.1 - Ajá… parece, parece que cuando uno va a Israel pierde el apellido. ¡Y no te imaginás el problema que fue explicarles a los señores de la aduana de acá que Jacinta Smith era Jacinta Linda! Hay que tener un cuidado cuando una sale a Israel…”


Acto 2 –


“employée1. - Claro, hay cada nombre…

Mme1. - Es que la moda…
Mme2. - ¡Qué moda ni qué moda! Se usan unos nombres ahora… ¡Mía!, ¡Uma!, ¡India!
Mme1. - ¡India!

Mme2. - Sí, sí… con unas significaciones que…
employée1- No te puedo creer…
Mme2. - Bueno, el hermano de mi marido, la chica que trabaja para él… es de China, viste. Así que ella se llama “Li” (aka Lee), y bueno, le decía que su nombre significa ‘flor salvaje de los campos’.

Mme3. - Claro, ‘flor salvaje de los campos’.
Mme1. - Y si, todos esos nombres de por ahí son así, tiene mucha significación…
employée1- Bueno, es que es un nombre chino.”


Acto 3 –

(Interacción especial con el público lector)

“Madama Norma - Y vos… ¿qué hacías, linda? (¿Viste la carita que tiene? Igual a X) Algo raro era…

b - Letras. Estudio letras.

Mme.1- ¡Ahhh!
Madama Norma - ¡Ahh!, ¡Letras! (¡Yo sabía!)… y ¿estás leyendo para la facultad?
b - No, en realidad esto es…
Madama Norma - Y decime, pichona, ¿qué vas a hacer después?
Mme.2 - ¡Ay Normi, va a ser profesora!
Mme.1 - Claro, el hijo de X que también hizo una de esas filosofías es profesor ahora…
b - Supongo que voy a hacer lo mismo que hago ahora...
Mme.1 - Aaah… ¿hacés muchas cosas?
Madama Norma - Es que claro, ¿qué vas a hacer?, ¡No vas a ser el próximo Borges!
b - …
Madama Norma - ¡A quién vas a engañar!”


Acto 4 –


“Mme1- Yo soy de Noviembre… soy Escorpiana. Dicen que somos terribles. Yo no sé, pero dicen que somos terribles.
employée1- Ajá.

Mme1- Somos tan fieles… eso es un defecto en realidad. Pero ¡qué sensibilidad! Corazón, ¿vos de qué sos?
b - De piscis. Dicen que somos más sensibles todavía.
Mme1- Ahhhhh, no te puedo creer…
employée1- Mi hermano es de Piscis y es un mujeriego terrible…
Mme1- ¡Ajajajaja! Sí, son tremendos los piscianos…
b - Yo tengo varias experiencias muy malas con unos cuantos escorpianos torturadores.
Mme1- ¡Ajajaja!, ¡torturadores dijo! Pero los hombres escorpianos son distintos… no sé, eso me dijeron una vez. Yo creo que son lo mismo que nosotras, porque el signo es uno solo. Pero bueno, algo le habrás hecho al escorpiano ese…
b - No, yo…
employée1 - ¿De Noviembre eras?, ¿de qué día? Yo soy del 2.
Mme1- Ahh, escorpiana también. Yo soy del 27 de Octubre.
employée2 - Ah, yo del 10 de Noviembre.

Mme1- ¡Somos todas escorpianas entonces!
b - Son todas escorpianas…
Mme1- Y vos solita de Piscis.”


Acto 5 –


“Mme1- Viste que los hombres ahora no bailan. Se van afuera a fumar y a charlar. Yo digo, eso es de mujeres, fumar y charlar. El otro día en la fiesta estaba yo bailando como una loca con mis nueras, y mi marido con mis hijos (uno de 45 y el otro de 42) fumando y meta charla meta charla con los otros hombres.
employée1- Sí, es verdad, ya no bailan. Y si bailan, son raros.
Mme1- No, pero yo observaba… y HAY algunos hombres que bailan. Son de otra Argentina, pero bailan. Por ahí se llevan el puchito en la mano, para parecer, no sé…
employée1- Pero si les gusta bailar seguro son medio raros.
Mme1- No sé, mirá. Ahora, lo que sí: mucho reggaeton. Viene mucho el reggaeton. Yo me puse ahí con mis nueras a mover. Otra cosa que me llamó la atención es el diskjokey… pone una alarma de ambulancia (¿viste las alarmas de ambulancia? Turuuuuuu Turuuuu) en el medio de la canción. Mi marido me preguntaba ¿qué es eso? Yo le dije ‘Horacio, no sé, es música moderna’.”

Aug. 18th, 2009

If you have a bad day…


Reporte de pequeñas desolaciones cotidianas: después de un fin de semana + feriado presa en las descampadas garras de la countryhouse de mi shakespeareana familia (todo el tiempo recordando las palabras de p Phi como si me hubiese echado una suerte de maldición - cuando no lo hizo -, y pensando en llamarlo… pero no; llamarlo… pero no; repítase ad nauseam), me acosté al impensable horario de las 22hs con el propósito de sentirme mejor al día siguiente, cuando en el menos impensable horario de las 9am iniciase clases con les enfants y la semana volviese a tener ese precioso rumbo de control a cortísimo plazo (pero nos conformamos con tan poco) que inconfesadamente adoro. Cuestión, que a las 8am la casa me daba vueltas, pero persistí en mi empresa de enseñar conectores y complementos régimen hasta el mediodía, y de esa manera me encaminé hacia la bella residencia a pocas cuadras de chez Brenda. ¿Y qué pasó? 8.54 llega a mi celular (decidida marca del capitalismo más clasista que, para peor, aborrezco*) un mensaje de la citada familia, informándome que un inoportuno trip around quien sabe dónde los había demorado… cancelemos clase, me sugieren en un español con reticencias de la Bastilla. Ok, le sugiero yo a mi pequeño y bastante depresivo ser que vaga ahora por las calles: cambiemos alumnos, llamemos al german que un día nos cae bien y al otro mortalmente mal, vayamos a comprar esos artilugios ridículos que en la agenda rosa marcamos como necesarios, quedémonos 20 minutos evocando reflexiones mitad poéticas mitad tristísimas (lo mismo, en definitiva) en una hamaca del parque que está a la derecha de la iglesia. Opto por la hamaca. Recuerdo el análisis precipitado de P. vía chat (un medio en el cual cada semema debería ser, ya des-semantizado, ya penada severamente su tergiversación) acerca de mi reiterada lectura como muñeca; es que es mi culpa porque yo me exhibo así. La naturalidad, dice P., encuentra sus cristalizaciones en el poco maquillaje, en las zapatillas de lona, en una preocupación de medida irrisoria sobre el color de pelo o el diálogo a seguir frente a un interlocutor que nos interese. Eso que vos hacés, tenés, mostrás, NO es natural, me marca P. (y yo me imagino que mientras lo hace se sube el cuello de la camisa de Bensimon). Discurro una media hora, camino a casa, alrededor de cuán natural me veo sin rimmel, y si eso tendrá algo que ver con un incremento en el volumen de lecturas de – busquemos un autor verdaderamente natural – ¿Faulkner? (oops I did it again!) Como el bad day probablemente siga (falta lidiar con el german, falta checkear el saldo bancario, falta darme cuenta de que voy muy lento con Respiración Artificial porque releí sin necesitarlo La Ciudad Ausente y porque los journals de Sylvia Plath me llaman cual canto de sirenas desde la mesa de luz) y como todavía me siento mal, lo mejor será – me dije – comprar ese delineador gris de marca y dormir hasta las 15hs porque, al menos, vamos a ser antinaturalmente felices.

 

* Las otras marcas del capitalismo clasista van muy bien con mi alma a la vez decimonónica y posmoderna.

Aug. 15th, 2009

mare magnum


En vista de que mis proyectos de actualizar y exhibir y hacerme la cotidiana y espontánea están destinados al más acervo fracaso de prosa procastinadamente flaubertiana, he decidido, agrupados de manera cataclísmica diferentes temas de post, frases, epígrafes y sucesos nimios (sin contar las partes I, II, III, a, b y c de diferentes proto-posts), escribir al unísono todos estos tópicos que se agolpan en mi afiebrada cabecita neurótica. Esto es, por ejemplo, los días ridículamente depresivos que constituyeron el jueves, viernes y – porqué no – hoy mismo. (Sólo que hoy, en palabras de R Barthes, el mundo justifica mi locura: un año atrás yo me interrogaba acerca de la existencia de una Holly Golighly en mí que habilitase salidas, rodeos y vueltas de carrusel junto a esa máquina de la autotortura que fue-que es?- el extraño caso ). Entonces, mi madre sugiere visitar la peluquería como aqua vitae para todos los males: volver definitivamente al blond status y, ahí se me ocurre, continuar los post que disertaban sobre el tema. O al menos señalar el curioso evento de que cada joven que tiene el desatino de seguirme en mis delirios literarios y literales se (no diremos ‘obsesione’, pero sí buscaremos una entrada del mismo campo semántico) perturbe un poquito con el color presente o ausente de mi cabello, como si aquello fuera la metonimia más completa y más directa de mí misma. (Cuando, según mi analista, según el vendedor de l, según p Phi, “es lo mismo, no representa nada”). Luego, la mañana pseudo caótica del jueves (subte colapsado, alumno alemán sorpresivamente invasivo e hinchapelotas, música i-n-e-f-a-b-l-e en café donde la tranquilidad bohemia debería (debería?) ser piedra de toque) anunciando ciertos escarceos histéricos con “el primer jugador a tu altura” (¿otra lectura errada del vendedor de l?), mi propia culpabilidad a la hora de negarme al sexo opuesto, un mensaje en botella que destila acordes fascistas. Y, porqué no, atractivos. (Every women loves a facist). Es hora de afrontar que lo que te gusta es exactamente esa naturalidad, el súmmum de gestos, acciones y decisiones que vos no podés tener, por ser desde hace años una muñequita frágil, vanidosa y abstraída. Había un encanto sutil y morboso en ese apelativo con que Johnny Depp/Dillinger se dirigía a las mujeres de su entorno: “doll” aquí, “doll” allá. Me recordó el descenso en picada que emprendí cuando decidí no dar esa materia, días atrás, (harta, tan harta estaba de las consecuencias lógicas, las verdades universales, las inconsistencias de todo tipo y la competencia descarriada y traicionera de Puán 480), una suerte de inmersión en mi lado más superficial y más vacío: uñas esmaltadas de rosa perlado, compras 2 o 3 mediodías seguidos, miniskirts, tapado de Ona Saez y una preocupación absurda por el efecto del último rimel de L’oreal. A mitad de semana recibí un ejemplar de los diarios de Sylvia Plath, escena que me remitió a: 1- my dearest english knight. 2 - las clases que impartí a dearest english knight y Jo, en el marco de mi delirio más alto (más alto?) por el extraño caso . 3 - el sino trágico de los artistas, y deprimirme como Sylvia ante Ted Hughs a pleno sol estúpido, de estúpida cercanía con la estúpida primavera. 4 - además de tener que leer más, quiero leer más. Como a la tarde fue (lógicamente!) Plath, ayer a la noche acometió el peso de la escritura puesto en palabras; comentándole a Go mis intenciones más o menos serias de retomar E. y la imposición incauta que a veces es el látigo de Capote (un arma dada por otros y utilizada por uno) y otras tantas el destino John Marcher (un suceso que ha de aparecer invariablemente en nuestra vida, sea como sea, haga lo que haga). Lo cierto es que, como se vea en este mismo momento, el alivio final y frontal de la escritura es patente, por una razón que todavía desconozco, pero que es bastante cálida y más o menos dulce.  

Jul. 30th, 2009

Cosas que tengo muy en claro y que claramente no preformo.


Es verdad que posteo muy poco, cada muerte de obispo (esa idiom es horrible); 1, 2 o a los sumo 3 veces x mes. Nada. Es verdad que esto es un embole; son hilos e hilos de semi reflexiones que pretenden lo catártico y rozan lo simbólico. Es verdad que parece que me oculto y creo fantasmas de pura lectora de policial noir. Es verdad también que tengo (de a ratos) el serio y vehemente propósito de plasmar aquí material verdaderamente confesional, confesional en el sentido de verosímil, verosímil en el sentido de auténtico, auténtico en el sentido de basta de poesía pretenciosa y trastornada, que disfraza sucesos y protagonistas como si oh! un lector fuese a quejarse. [Excusa: para mí la situación tiene algo de especular. Me atemorizaría en serio pertenecer a una diégesis ajena. Phi sentenció: “también te da morbo”]. Es verdad que no muchos entes le reclaman verosimitud a mi neo-barroquismo (pero sí más de los que puedo contar con una mano. Surprised am I), pero al mismo tiempo es verdad que prometí hace varias centurias que este live Journal sería para volverme un poco más terrenal y biográfica. Me cito: basta de café, de rosas, de juegos de cartas… Es verdad que uno de los objetivos es escribir, escribir, escribir y aprehender técnica (de la nada, de mi misma, de mi John Marcher, de la mano que lleva ese látigo del que habla T. Capote). Es verdad que parte de este engaño deviene de terapia, es verdad que al menor descuido (¡al menor!) ya encaré para el lado de la prosa enrevesada y aparece, mínimo, un circunloquio. Para no decir un cadáver exquisito, de esos que ni yo entiendo cuando los leo 2 años después. (Mentira. Siempre los entiendo. Soy una neurótica brillante). Es verdad que lo último que exudan mis textos es naturalidad. Es verdad que una estrategia para alcanzar la citada y ¿deseable? naturalidad es la narración de lo cotidiano. Algo como, ponele (algo que abunde en interjecciones como ‘ponele’ y, en lo posible, que tenga un par de insultos o vocativos locales): hoy no me salió ninguna figura en patín, es que lo empecé tardísimo, es que hace meses que solamente hago velocidad, es que hay pasos básicos (como mariposa, como el volcado) que me parecen di-fi-ci-li-si-mos, es más difícil que el programa minimalista (nah, ¿en serio?), más que explicarle estilo directo/indirecto a los extranjeros, más que metalógica (NO. Pará. No más que metalógica. No entiendo nada de nada. La estoy re frekeando, pero me porto como una lady y saco el labial de manteca de cacao cada vez que el Hunter me inyecta licor de amapolas, para suplir las ganas de cambiarme a Literatura y hacerme la filóloga nata). O bien: debería arreglarme las uñas otra vez, no sé porqué me duran tan poco; debería leer Las Geórgicas (ojo que latín 1 era fácil, ojo que no me da ni un poco de angustia tener un pato en ese final), leer papers generativistas, hacer marcadores de frase de pura compulsión (a veces los hago. En serio.) en lugar de caminar por Cabildo, ver vidrieras, hablar con Go acerca de porqué las carteras caras y los zapatos caros son lo mejor del mundo y a largo plazo lo valen, aunque (AUNQUE) no sean el punto en la vestimenta de mi mayor devoción. Último ejemplo: me encantan mis alumnitos franceses (¿cómo los llamo acá? Mm... “les enfants”), ya quiero un montón a Faustine y pienso que Baptiste representa fehacientemente la semántica de “kawaii” que en gakko demoraron 5 años para (no) explicarme. Quisiera escribir día por día cada cosa idiota que hago, para alcanzar finalmente el nada epifánico pragmatismo de comprobar que esa no es la solución a mi escritura mentirosamente naturalista, y que una versión menos recortada de mí no tiene porqué ser más real, más sana o acaso distendida.

Jul. 20th, 2009

Meta-análisis I


- 2 de al menos 5 puntos autorepresentativos que suplen mi necesitado psicoanálisis -

+ Estos días (estos meses, quizás) regresó a mí una imagen, una suerte de breve escena, que vivía – onírica, fantasiosamente – cuando tenía alrededor de 10 u 11 años. Es más bien la dispositio de un suceso: yo era dejada en un lugar que tenía todas las características de una tumba, pero que nominalmente no lo era, por una cota determinada de tiempo. No tenía miedo; en cambio, me sentía parcialmente feliz. Iba a dormir por un período extremadamente largo, y la idea me fascinaba no por el tentativo descanso o la facilista evasión de la realidad sino, por insólito que fuera, a causa del  contingente despertar. Aquí la escena entronca con mi querido Mr Hyde: todo lo que me importaba era mi aspecto. Cuando regresara del sueño, reuniría 3 cuestiones de alguna forma capitales; llevaría una larguísima cabellera rubia que descendiese por los peldaños de mármol de la entrada, mis uñas habrían crecido a una medida irreal y hasta repugnante y mi cuerpo se vería consumido, debilitado en sí mismo al paroxismo de la inanición. Supongo que el relato se instaura entre las muchas metonimias que, de manera enferma y encantadora, delinean filosamente una neurosis sencilla, de una comprometida.

 

+ Sobre def. Def me llamó el fin de semana pasado. No fue algo realmente extraño; solíamos hablar por MSN con mi habitual frecuencia interrumpida, detestada por muchos, comprendida empáticamente (o no) - y por ende prosperada - por otros. No hablamos de nada sustancial: apenas de flashes de un pasado relativamente cercano, de idearios y sentires compartidos, de ciertos retaceos confesionales (cómo Agus y yo habíamos devenido en Agus y yo, el porqué de la atracción que él sintiera por L. una mina que, en palabras del miembro más derechista del círculo mi madre, “representa  todo lo que yo combato”), etc. Def. me invitó por décima vez a un recital al que no fui, no porque no quisiera, sino porque no tenía ganas de buscar quórum para el complemento circunstancial de compañía debido. Pero esta escena me hizo recordar nostálgicamente cómo es que Def y yo terminamos hablando por teléfono cual viejos conocidos (cual, de hecho, lo que somos) a 5 años de finalizada nuestras respectivas gakko’s, con amigos en común a los que jamás ponemos en común. Somos Def y yo, entonces. Como el público ya sabrá, mis primeros meses en la gakko fueron algo así como una inmersión elegida en un terreno desconocido, y por esas irracionalidades de escuela bilingüe los pocos gaijins que integrábamos desubicadamente el curso aún no nos habíamos asectado como era debido. Sophie y E. fueron mi refugio de traspaso durante ese tiempo. Sophie y E. asistían a 1mero b del Normal 10, pero Def asistía al curso opuesto (por esas irracionalidades de escuela multitudinaria que yo no alcanzaba a entender bien, en que se dividían grupos en letras de abecedario y se sembraba una suerte de discordia patriótica entre sus integrantes). Yo no tenía idea de nada, todo me lo pintaban entre Sophie y E. pero lo único que tenía claro es que el Normal 10 reunía lo que hasta entonces creía que sería la felicidad de escuela secundaria. [He aquí una cuestión interesante. A mí la escuela secundaria no me traumó. Casi lo contrario. Tampoco me traumatizó dejarla, y podría haber pasado; estaba dejando prácticamente un país que había sido extranjero y en 5to era… menos extranjero]. Cuestión, que Def era el único compañerito con el que Sophie y E. hablaban; E. se llevaba bastante bien con Def y la razón que argumentaba era la siguiente: Def era una especie de punk en construcción. ¿Qué es fácil ser punk en escuela pública? No me parece; se pierde efecto porque no hay contraste. Def tenía una banda (Def tiene una ahora, rarísima), Def escuchaba Miranda!, Def llevaba pantalones cargo y cinturones que rozaban el piso; Def nunca jamás hacía la tarea, arrastraba consigo materias y materias, detestaba el deporte y tarareaba canciones de Skape. Cuando me aburría en clase, pensaba en qué me diría Def si apoyaba su metro 80 en el banco de enfrente y se ponía a leer Harry Potter 4 a hurtadillas, como Sophie decía que (los rumores decían) que hacía en la clase de francés, justo cuando yo tenía Tango (no el baile; ‘vocabulario’) y ella y E. Contabilidad. Def comía semillas de girasol (A. también come semillas de girasol), Def leía “libros sobre el comunismo” (benditas sean las generalidades), Def me regalaba los dibujos que hacía en horas de ciclo lectivo (estrellitas, todas) mientras esperábamos a E. se nos uniera y debatieran interminablemente letras de Fun People. También hacía Skate y animaba fiestas infantiles los fines de semana. Def pensaba que yo era una princesa pirada, y se refería a mí bajo el epíteto de ‘rubia’, incluso y especialmente cuando tras un TP en gakko me oscurecí el blond status a una gótica ausencia de color. Yo no estaba enamorada de Def, pero la gente decía que sí (la gente también decía que Def estaba enamorado de mí pero que yo encontraba un sádico placer en ignorar el hecho). Lo cierto es que Def tenía una característica que me deliraba absolutamente: armaba rompecabezas, y lo hacía de pura afición. Obviamente, los armaba con admirable perspicacia, dato que sumé al momento de verlo en vivo y en directo interactuar con el universo de piecitas que se desplegaba en la alfombra de su living cuando ejecutaba el ritual de expulsarlas de la caja. Lo mío era algo así como un placer voyeurístico; me sentaba en el sillón y lo observaba de reojo tantear con las manos, sin tocar los pedazos de cartón, seleccionar una de tantas para averiguar si encastraban en la gran figura, si la adivinanza era correcta. Visitamos a Def cuando lo operaron de ambas rodillas (no recuerdo qué le dijimos; sí recuerdo que Sophie y yo le llevamos golosinas) y él me visitó cuando mis compañeros hacían el tan mentado viaje de fin de curso (me obsequió un corazón de brillantina hecho de telgopor y roció mi habitación con perfume de vainilla mientras afirmaba que el problema era que quería ser la protagonista de ‘Masticar’, y que era una pelotuda pero que me quería igual). Cuando el Normal 10 egresó a la cursada del 2003, Def vistió una remera que rezaba “Ni Dios ni Amo” y abogaba por la legalización. Debía algo así como 7 materias al terminar, pero las dio todas y se inscribió en Diseño Gráfico. Sí, una vez me besó, a lo último de todo, pero me hizo perjurar que E. no iba a enterarse y que, bueno, pensara si me interesaba salir con él. No lo decía, pero yo me imaginaba tardes de espectaculares resoluciones de rompecabezas que yo pudiese fetchizar hasta el hartazgo. Lo pensé unos días. En la clase de los martes, me sugirieron (de manera impensable) que cambiara al curso de lo sábados, que iba un poco más adelantado y que podía preparar el Noryouku Shiken mejor. Asistí un sábado. Apareció A., y fue como un eclipse. Ahora Def y yo hablamos por teléfono y por chat, y las cosas nos parecen un poco dulces y algo remotas.

 

Jul. 8th, 2009

Otium


Me parece que lo que pasa es esto: en momentos de ociosidad extrema (y extremadamente súbita) uno tiene la urgencia de ocupar el tiempo con dos y sólo dos actividades que, a la manera de Arlt, en el estado actual de mundo se consideran lujosas: escribir, o leer. No importa el orden. O sí; hay que hacer ambas. ¿Por qué? Porque uno padece ese mal. [Mann (Borges también): ser escritor es una maldición.] Porque uno asiste a Puan 480 con pasmosa regularidad. Porque uno ha hecho de ese conjuro y de esa asistencia, una forma de vida. Porque hay otras cosas igualmente destacables, pasibles de hacer para llenar el mentado espacio en blanco de tiempo, pero ninguna tan importante (cfr: “porque uno padece ese mal”), ninguna tan trascendente, ninguna tan poco productiva capitalistamente hablando, que escribir o leer. Sí, sí, uno puede recibir muchísimo dinero persiguiendo fantasmas por los corredores de las bellas letras, pero no es eso lo que buscamos. ¿O sí? Me parece que lo que (también) pasa es esto: buscamos recibir muchísimo dinero, pero también buscamos ocultar semejante pretensión. (La causa es trivial: otorgarle un valor a la obra es otorgarnos un valor – discutible hasta el hartazgo – a nosotros mismos. De allí, un acto de egolatría o disminución imperdonable, sólo excusado bajo el extraño sino de la genialidad o de la baja autoestima). Además de recibir muchísimo dinero ocultando nuestras malignas intenciones de aquello mismo, uno persigue otra cuestión, que – insisto – aparece preciosamente plasmada en la historia trágica (desde ya) de John Marcher: darle una significación a nuestro padecer y permanecer en esta tierra, que nos fuerza (nos fuerza, es un hecho) a preocuparnos por escribir o leer cuando podríamos pasarnos 10, 12 o 18 horas ociosas dedicadas al cultivo de los cactus o el disfrute raso de lo grotesco en el programa de chimentos de las 3pm. Somos ambiciosos, nótese. No sólo aspiramos a ganar dinero sin revelar los artificios y tributar allí el sentido de nuestra existencia; también desdeñamos toda otra actividad porque con esas – apenas con esas dos – cultivamos cactus, disfrutamos chimentos, preparamos scons y tejemos bufandas. Vivimos unas y otras vidas, una y mil veces. Lo hacemos todo, y por eso, lo sabemos todo. Nadie nos entiende, ni siquiera (y muy especialmente) nuestros congéneres. De vez en cuando trabamos amistad con otro ente ocioso y bipolar al que sólo le agradan y disgustan (eléatamente) dos cosas: escribir y/o leer, pero es en vano. Nuestras neurosis son tan similares que resultamos incompatibles. Regresamos en forma circular a ese modus vivendi en el que el ocio deviene en imperativo: o escribís, o lees. Estamos dispuestos a pagar el precio que semejante reducción -  inconfesable cara al mundo - exige. Nuestro universo de potencialidades es infinito. Somos las criaturas más anhelantes, insaciables y conspiradoras de todas.

Cuando tenía 17 años frecuenté reuniones semanales de carácter práctico, que discurrían (peligro de oxímoron) acerca de la poesía. Una vez, nuestro líder místico en ese denostado camino dijo: somos peligrosos. Somos un peligro para la sociedad.

Indeed.

 

Jul. 3rd, 2009

Cadáver Exquisito V


Esto es un poco como correr con tijeras. Digo: ‘cronopios’, básicamente porque salió de tus labios (ahora sé qué significa, pero es tan tarde: vos ya te olvidaste) y la mitad de una biblioteca, la mitad de una novela policial y extravagante, la mitad de un libreto acrisolado. La mitad, sobre todo, de un corazón (que presuntamente ¿es el mío?). Heroes byronianos que son quimeras: me despido, me despido, goodbye blue sky. No sé si es triste. Mentira: es tristísimo. Vos podrías haberme dado la clave que buscaba: clasificándome, yo te habría adorado una temporada, (y después absolutamente nada) pero ¿pretendías que no advirtiera cuánto te enamoraban los juegos faquires? Esto es un poco como tomar el té con muñecas. Alguien las desplaza; no, son varios invitados (vos te quejás porque no hay azúcar, ni crema, ni canela, ni chocolate en polvo. Yo solamente te pregunto: ¿qué parte de mí entendiste?). Sí, yo quería a las muñecas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Apenas fenecer. Te muestro mis manos blancas y te digo: ya ninguna otra cosa va a impresionarme desde que fui zarina. Aquí llegan los generales alemanes. Every women loves a facist pero, por favor, never try to trick me with a kiss. (Acaso ahora mismo empieces a notar que las más agudas inconsistencias siempre fueron las mías). Debe ser, pienso, un trance parecido al de las jóvenes arúspices; esto de escuchar lenguas foráneas para confeccionar un inventario adaptativo y voluble de ídolos (como si me vendaran los ojos y diera vueltas en espiral). Por supuesto, tengo ciertas objeciones: añadiré con toda sinceridad que creo en un rasgo unario que explique esta magia seductora. Sabemos que lo que me atrae es la mortificación. Eso simplifica la escena. El acto final es una puesta en abismo: él, yo, mi espejo, sea como sea. Entonces no es al verano, es a mí a quien el frío corta.   

Previous 20

Advertisement

Customize