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Jul. 8th, 2009

Otium


Me parece que lo que pasa es esto: en momentos de ociosidad extrema (y extremadamente súbita) uno tiene la urgencia de ocupar el tiempo con dos y sólo dos actividades que, a la manera de Arlt, en el estado actual de mundo se consideran lujosas: escribir, o leer. No importa el orden. O sí; hay que hacer ambas. ¿Por qué? Porque uno padece ese mal. [Mann (Borges también): ser escritor es una maldición.] Porque uno asiste a Puan 480 con pasmosa regularidad. Porque uno ha hecho de ese conjuro y de esa asistencia, una forma de vida. Porque hay otras cosas igualmente destacables, pasibles de hacer para llenar el mentado espacio en blanco de tiempo, pero ninguna tan importante (cfr: “porque uno padece ese mal”), ninguna tan trascendente, ninguna tan poco productiva capitalistamente hablando, que escribir o leer. Sí, sí, uno puede recibir muchísimo dinero persiguiendo fantasmas por los corredores de las bellas letras, pero no es eso lo que buscamos. ¿O sí? Me parece que lo que (también) pasa es esto: buscamos recibir muchísimo dinero, pero también buscamos ocultar semejante pretensión. (La causa es trivial: otorgarle un valor a la obra es otorgarnos un valor – discutible hasta el hartazgo – a nosotros mismos. De allí, un acto de egolatría o disminución imperdonable, sólo excusado bajo el extraño sino de la genialidad o de la baja autoestima). Además de recibir muchísimo dinero ocultando nuestras malignas intenciones de aquello mismo, uno persigue otra cuestión, que – insisto – aparece preciosamente plasmada en la historia trágica (desde ya) de John Marcher: darle una significación a nuestro padecer y permanecer en esta tierra, que nos fuerza (nos fuerza, es un hecho) a preocuparnos por escribir o leer cuando podríamos pasarnos 10, 12 o 18 horas ociosas dedicadas al cultivo de los cactus o el disfrute raso de lo grotesco en el programa de chimentos de las 3pm. Somos ambiciosos, nótese. No sólo aspiramos a ganar dinero sin revelar los artificios y tributar allí el sentido de nuestra existencia; también desdeñamos toda otra actividad porque con esas – apenas con esas dos – cultivamos cactus, disfrutamos chimentos, preparamos scons y tejemos bufandas. Vivimos unas y otras vidas, una y mil veces. Lo hacemos todo, y por eso, lo sabemos todo. Nadie nos entiende, ni siquiera (y muy especialmente) nuestros congéneres. De vez en cuando trabamos amistad con otro ente ocioso y bipolar al que sólo le agradan y disgustan (eléatamente) dos cosas: escribir y/o leer, pero es en vano. Nuestras neurosis son tan similares que resultamos incompatibles. Regresamos en forma circular a ese modus vivendi en el que el ocio deviene en imperativo: o escribís, o lees. Estamos dispuestos a pagar el precio que semejante reducción -  inconfesable cara al mundo - exige. Nuestro universo de potencialidades es infinito. Somos las criaturas más anhelantes, insaciables y conspiradoras de todas.

Cuando tenía 17 años frecuenté reuniones semanales de carácter práctico, que discurrían (peligro de oxímoron) acerca de la poesía. Una vez, nuestro líder místico en ese denostado camino dijo: somos peligrosos. Somos un peligro para la sociedad.

Indeed.

 

Jul. 3rd, 2009

Cadáver Exquisito V


Esto es un poco como correr con tijeras. Digo: ‘cronopios’, básicamente porque salió de tus labios (ahora sé qué significa, pero es tan tarde: vos ya te olvidaste) y la mitad de una biblioteca, la mitad de una novela policial y extravagante, la mitad de un libreto acrisolado. La mitad, sobre todo, de un corazón (que presuntamente ¿es el mío?). Heroes byronianos que son quimeras: me despido, me despido, goodbye blue sky. No sé si es triste. Mentira: es tristísimo. Vos podrías haberme dado la clave que buscaba: clasificándome, yo te habría adorado una temporada, (y después absolutamente nada) pero ¿pretendías que no advirtiera cuánto te enamoraban los juegos faquires? Esto es un poco como tomar el té con muñecas. Alguien las desplaza; no, son varios invitados (vos te quejás porque no hay azúcar, ni crema, ni canela, ni chocolate en polvo. Yo solamente te pregunto: ¿qué parte de mí entendiste?). Sí, yo quería a las muñecas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Apenas fenecer. Te muestro mis manos blancas y te digo: ya ninguna otra cosa va a impresionarme desde que fui zarina. Aquí llegan los generales alemanes. Every women loves a facist pero, por favor, never try to trick me with a kiss. (Acaso ahora mismo empieces a notar que las más agudas inconsistencias siempre fueron las mías). Debe ser, pienso, un trance parecido al de las jóvenes arúspices; esto de escuchar lenguas foráneas para confeccionar un inventario adaptativo y voluble de ídolos (como si me vendaran los ojos y diera vueltas en espiral). Por supuesto, tengo ciertas objeciones: añadiré con toda sinceridad que creo en un rasgo unario que explique esta magia seductora. Sabemos que lo que me atrae es la mortificación. Eso simplifica la escena. El acto final es una puesta en abismo: él, yo, mi espejo, sea como sea. Entonces no es al verano, es a mí a quien el frío corta.   

Jun. 20th, 2009

The Word Collector


En rigor, estoy drenada, pasada, limada, desgastada.***** Desgastar es un verbo que me gusta. Es una de esas palabras gráficas; así las llamo. No tiene nada que ver con la categoría gramatical: ‘crayón’ y ‘clepsidra’ son nombres comunes que en mi lógica de la imperante demencia funcionan bajo la misma clasificación. No tengo tampoco nada relevante, estético o ensayística y cobardemente productivo que deseé escribir, a excepción del mero ejercicio moral de cumplir con una entrada de tiempo en tiempo. King dice que hay que escribir cualquier cosa, pero escribir en primera instancia. Yo digo que cualquier cosa es basura, pero hay una diferencia radical (absolutamente polar) entre la basura dorada de Stephen King y la que mi modo subjuntivo podría habilitarme. No obstante, acaso por las razones que citaré desordenadamente a continuación, me acometieron un par de ideas.

La primera es que tiendo al anclaje. Esto es: inicio una simiente de relato (la palabra simiente, al igual que ‘germinal’ o ‘germen’ me parecen espantosas. Es más, me generan algo similar a lo que me pasa cuando entro a esos restaurantes-cafés que detesto como a pocas cosas en este mundo, en los que el ruido de la loza de los platos todavía humeantes por efecto del vapor y la grasa, se acumula al tiempo en que son recogidos por los mozos en vaivenes circencenses de mesa en mesa *
); decía – yo amo mi sintaxis ‘trunca’, es hora de admitirlo –, inicio un protorelato y le otorgo unas dos, tres, seis a lo sumo coordenadas. Llegó a la página 3, con suerte y ánimo. Lo dejo macerar (‘macerar’ en cambio es un verbo que me encanta, pero – y por – que enmascara lo que las religiones llaman abulia), pero el núcleo en cuestión no macera. Es obvio, nada va a avanzar si yo no me hago cargo de mis escasos deberes como demiurga. ¿Qué pasa cuando lo retomo? (Cuando lo retomo en efecto. En mi mente, como en la de todo neurotiquito aspirante a esa denostada presunción que algunos llaman escritor, el relato se retoma mil y una veces, cual Sharezade.**) Nada pasa. Es decir, miro el papel, la pantalla, el boceto virtual y persisto en esa última idea o coordenada que cerró (o más bien abrió) una o dos frases. Puntualmente eso me ocurre con ‘El sino trágico de los artistas’ ***.

 

Otra cuestión en la que ya en recaído varias veces es en el falso ‘primero me preparo y después escribo’, en esa fantasía de las grandes preliminares intelectuales y literarias para una producción, digamos, decente. Cualquiera. La mejor escuela es la repulsiva pragmática, por mucho que lo aborrezca. Educación que no resulta tan repulsiva una vez comenzado a funcionar el andamiaje. Espero.

En ese orden de cosas, está la lectura obsesiva de toneladas de textos, cosa que la facultad tiene a bien promover festivamente. Esta última semana, por ejemplo, me la pasé leyendo de una manera, uno diría, compulsiva, bajo la sombra del parcial de hoy, asesino como pocos en los escarceos no tan exigentes de un examen de literatura en la universidad ****. Lo bueno del caso es la pudorosa confesión por añadidura: si no hubiese estado obligada, no habría leído varios de esos textos, sacando siempre a Borges, Cortázar, Saer, Piglia y acaso Viñas o Puig, siendo que Puan 480 jamás se dará el lujo de ensañarse con las obras más previsibles o (watch out) populares de autores medianamente conocidos. Mi ánimo del día de la fecha es consecuente de lo desmoralizador que resulta haber leído cerca de 17 textos para elaborar un resultado mediocre, por surtidas razones entre las que se destaca la mala suerte. (No me quejo más que coquetamente. Audentes fortuna iuvant me sirvió para Latín II, y con eso me doy por satisfecha. O algo así.) Pero fuera de eventuales lloriqueos, lo que problematizo es una cuestión que subyace a cualquier teleología de la lectura: ¿qué estoy rescatando, cazando, persiguiendo y capturando de página a página? Suponiendo que las marcas multicolores con las que destripo las hojas editoriales no son destaques o anotaciones para la facultad, ¿qué se supone que voy a hacer con ellas? Cada tanto recopilo, como un coleccionista vanidoso, palabras que decididamente quiero utilizar en mi prosa. Lo hago en libretas pequeñas; no hace mucho tiempo llevaba conmigo una por turnos, y clasificaba las presas con los criterios más desopilantes. (Creo que el problema central y que remite nuevamente a una falta de dirección es que no tenía un criterio integral con el que efectuar esa minúscula representación de Bouvard et Pécuchet). Claro que muchísimas veces las he usado. Claro que pienso que más de una vez me han quedado muy bien. Claro que me siento orgullosa de este modo consciente de acrisolar el estilo. La pregunta es, ¿y si las congelo en la muerte de un suspenso, o aún peor, de un único y olvidadísimo uso?, ¿Y si trato a las palabras de mi mayor estima (una estima cuyo hilo conductor más de una vez intenté analizar) como a una compilación de mariposas?

 

 

 

1 – Hace poco, discutí con mi analista la posibilidad para nada remota de que este desprecio estuviese ligado a que se trata de sitios en los que potencialmente se come a diferencia de los múltiples cafés que tanta y tan contrastante dulzura me suscitan.

2 – A propósito de esto me intereso un gracioso pasaje de Saer, en Cicatrices. Tomatis, escritor consagrado, es perseguido por el joven Angel Leto a la caza de respuestas acerca de uno de sus textos.
“- Quisiera hablar con usted porque me ha gustado mucho uno de sus libros - dije yo.
- ¿Cuál de ellos? - dijo Tomatis - Porque tengo más de tres mil.
- No - dije yo - Uno de los que ha escrito. El último.”
3 – Estoy teniendo, asimismo, un período de férrida baja autoestima en el que me pregunto si yo misma no seré, como mis relatos, una suerte de título a grandes luces, de promesa grandilocuente y luego vacía. Y de ser así, ¿será cuestión de completar la diégesis o de bajar las Great Expectations implicadas en el título?

4 – Me refiero a que es impensable preparar un parcial de lingüística en una semana. Igual de impensable que Argentina 2, por lo visto.

5 – Me olvidaba de decir que estoy en estas (divertidas) condiciones no sólo por el pasaje realidad-ficción al que, cual montaña rusa, vengo sometiendo a mi psiquis (c'est la vie, es un Wonderland en sí) sino por el excesivo y exclusivo consumo de café al que someto a mi cuerpo, todo en el marco de un recrudecimiento de mis más encandilantes demonios, que espero purgar (o dejar en cuarentena) en un texto acerca de "la hermosa torturadora" o similar.


 

 

 

 

Jun. 8th, 2009

Literary Walk


Para embellecernos, porque de eso se trata, porque sino nada más seríamos – vos y yo, yo y vos – dos marionetas tristes enrevesadas uno en los hilos del otro, para embellecernos decía, nos imaginé en Manhattan. Imaginate Manhattan. Entre tantas luces y sonidos uno siente que nada le importa; un poco como narcótico, otro poco como pura y suave y deslizante y atroz ilusión óptica. Manhattan con sus picos que rasgan nubes, con sus grititos histéricos sobrevolando Madison Boulevard; con sus vidrieras insolentes y con esas mini skirts que apenas se perturban ante los rugidos humeantes del subterráneo; llena de esos ecos dicroicos, de una armonía que es licor de holocausto, de promesas calladas y saludos al pasar, con los ojos o el movimiento de los labios, excusas para no verse nunca más en toda la vida, o de nuevo a la vuelta de la esquina, en la pista de patinaje del Rockefeller Center. Manhattan para mí, que es una ciudad de ensueño, y también para vos, que (como somos de mundos opuestos) invariablemente vas a trasmutar en pesadilla. Pero ahí tenés un escenario bello; te lo regalo porque pienso serena y desaprensivamente (a imitación de los príncipes rusos) que situarnos en Manhattan es una manera de que me perdones, es como decirte ya sé,  ya qué ensayamos día y noche entre los escombros de un teatrito de variedades, pero hoy me gustaría llevarte a Broadway. ¿Vos viste lo que es Broadway? Me parece que no. Me parece que no te detuviste, psicodélico como sos, a descomponer en átomos la fugaz sincronía que estructura Times Square. Me parece que no te llegó y en el fondo (y no tan al fondo, eh) me parece que no te va a llegar jamás, aunque podríamos intentar algo: agarrame la mano y repetí “…mirar una rosa hasta pulverizarla con los ojos” (vamos de a poco; eventualmente vas a empezar a creerlo) o probá sentarte en ese café espantoso que está frente al Barnes&Noble de la 5ta avenida a esbozar tácticas de ataque, siempre teniendo en cuenta que al salir harás un bollo con el papel y lo precipitarás en los pulcrísimos cestos reglamentarios. (Se me ocurre que el amor es un poco eso, no? Un puñado de instrucciones emocionales e inservibles). Claro que ninguno de los dos lo pudo haber hecho mejor, pero… no, insisto, dejáme imaginarnos en Manhattan, incluso si la violenta sinestesia me desdibuja un poco, incluso si el aire es frío y empieza a lloviznar dulcemente cuando ninguno trae paraguas, y hasta si nos quedamos varados a medianoche y no tenemos más que golpear la acera con pasitos enmarañados, mientras nos reprochamos en forma continua que perdimos el último bus a la vuelta de la esquina, entre tantas otras cosas. Manhattan tiene algo (todavía no sé qué es) que hace que nada de todo lo que va azotando al mundo (por ejemplo, tus palabras, o estas frases risueñas que yo siempre te escribo) se vea más atractivo que los tintineos de una ardillita rebotando entre los olmos del Central Park, el Chysler iluminado en la sórdida penumbra donde claudican fortunas y bancarrotas o la sonrisa de los conductores de carruajes que bordean los pisos de lujo entre la 34 y la 59. Para mí Manhattan por sí sola es suficiente, y pienso (en los días lluviosos lo pienso especialmente) que si yo te hubiese dedicado una o dos frases reales algo de esa cromática escandalosa que evoco se habría disuelto, y ahora vos y yo… no, en realidad no tiene ningún sentido. Por eso, esbozá Manhattan, acariciala en ficciones conmigo, especulá 5 minutos con la idea de que nunca fuimos el uno para el otro y sin embargo Manhattan está ahí, centellante, acrisolada en un millón de contradicciones, viva porque hay poetas, y farsantes, y traidores y evasivos y actrices como yo convencidos de que las ilusiones son venenos letales, pero deliciosos.

 

Hoy me levanté y pensé: qué aburrido que es este juego. Y más tarde: me voy a sentir terriblemente triste, terriblemente sola, terriblemente des-literaria cuando me abandones a la reconstrucción de tu yo, ese que nunca quisiste demoler ni coronar. Mejor te llevo a Manhattan. Para cuando ya no tenga nada con que enaltecerte, para cuando amanezca en un taxi amarillo y encuentre a mi izquierda una caja de previsibilidades, una pantomima bicolor, esos ojitos desequilibrados que tenés instándome a que te festeje trucos de magia que (¡perdoname!) yo me escribí mientras dormía abrazada a tu telología ilustrada del vacío. Para cuando eso pase, vayamos a Manhattan. Just in case, my love. Just in case, my dearest friend.

 

May. 25th, 2009

Hay que decirlo todo sobre el miedo.


Parece que tengo miedo. Aparentemente (tómese este adjunto con toda la abisal polisemia que amerita), tengo miedo. Me dormí a plenas 14hs de un sábado pensando en eso, en que tenía miedo, y el sintagma variaba a modo de caja musical: repiquetean las campanas; tengo miedo, miedo, miedo.
[Cuando formulo ese complemento verbal – repiquetean las campanas – siento con frecuencia el impulso de agregar “Hemingway”. Acaso por influencia de Por quién doblan las campanas, novela que imperdonablemente no terminé. Así de estúpido es uno.]  Decía, acerca del miedo. Para no deshacerme en barroquismos laberínticos que, con cierta monotemática enfermiza, atribuyo al (yes!) miedo, voy a enumerar, como en un catálogo comercial, las situaciones en que este animus hace cuerpo o espíritu en mí. Comencemos con esa figura retórica que durante la mayor parte de una enseñanza entre tropos y procedimientos se ha llevado mi más acérrima devoción; a saber: la hipérbole. Todo me da miedo. Cuando digo todo, no digo todo a la manera saussureana, refiriéndome siempre a la unión de un ignoto significado con un significante aleatorio; cuando digo todo apunto a esa idea devenida de Laplace que A. intentó desembrollar para mí un puñado de veces: todo está ligado en una sola teoría. Diríamos, hay algo de platónico en esta simplicidad que anula los matices, los recovecos, los finitísimos pero inabarcables intermedios; pero bueno, mi ignorancia (toda mi ignorancia) repite a gritos: la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica. Gracias Whitehead. [Y ya que estamos con la asociación libre - uno diría, bretoniana - de significantes, esto me recuerda a Blanco White, escritor español admirado por Goytisolo y más aún por aquellos estudiantes que año tras año nos burlamos de su nombre en Española III] Retomo: verán los lectores que encuentro el miedo en las situaciones más nimias de la vida cotidiana, y que en mi declamación hiperbólica y falaz se encuentra subsumido el mismo agente. Voy a hacer abuso de una confesión más osada y – acaso – grosera: soy un ente insegurísimo. Va con superlativo. A la contra de esta declaración, el vendedor de lógicas “…teniéndolo todo para ser feliz”. (Acoto: cuidado con los deícticos, querido mío). E enunció, no hace mucho, el apotegma más subjetivo que le escuché en siglos de amistad a través de nuestras vidas sucesivas: “querés destruir el ideal de mujer que sos, porque serlo te parece muy aburrido.”* (Acoto: estoy maravillada. Haceme acordar, E. que lleve esto a la ficción, porque es letal). Y finalmente A. “Te quejás de mi falta de sensibilidad. Pero se necesitan muchas cosas como esas para estar sentado del lado oscuro del sillón (con vos)”. (Acoto: absolutamente nada.)


Para muestras más radicales de inseguridad, remítase a mis pasados 16 años y a esta dulzura que (no) me come y (no) me bebe. **

El asunto vuelve a ser, de fondo, el miedo. Esta mañana, por ejemplo, mi nueva alumna cayó con un par de preguntas de lingüística. “Al fin”, pensé-. “Todo este tiempo leyendo las inconsistencias esquizofrénicas de Chomsky, nadando entre pirañas de la orientación que creen, graciosamente, que albergo neuróticos deseos de ser rival para ellos***; todo este tiempo siguiendo las delirantes taxonomías del AFI, apilando lecturas interesantes-pero-no-necesarias que concretaré y cerraré en una nirvana de conocimiento el (far, far) día en que me reciba; todo este tiempo haciéndole comentarios a mi entorno del tipo ‘en la lengua yupik (la de los esquimales) hay 23 lexemas para el concepto de blanco…’, tras lo cual: ‘ah, no, un lexema es… - actívese mecanismo de búsqueda rápida en esos manuales de terminología lingüística que NUNCA nos han dado como bibliografía obligatoria, pero que han sido vitales desde que iniciamos la carrera - una unidad mínima con significado léxico que no presenta morfemas gramaticales…’ (¿…y un ‘morfema’?, ¡¿qué es un morfema?! ¿La gente de esa facultad habla siempre así de – infame adjetivo – raro?); todo este tiempo esparciendo, como si de un germen corrosivo se tratara, nociones generativas, muestras gratis de la teoría de P&P, reflexiones a cuentagotas a propósito del valor saussureano (todavía no discerní si esa elucidación de Saussure me flasheó así porque no me da para abarcar un universo más vasto**** o bien porque el 90% de los lectores de Saussure no se detuvieron en el Curso y procedieron a maravillarse en ese todo apoteósico con que avanzaron Benveniste y sus seguidores) y de la imposible equipolencia de lengua a lengua a mis eventuales estudiantes extranjeros… todo eso ¡para que, final, felizmente, alguien me formule la petición de una cabal homilía sobre lingüística! Así de alegre inicié la clase, cuando la sombra de unos capítulos salteados del CLG me asoló. Y después, un artículo “”En torno a la lingüística enunciativa” de la tal Mariana Miras*****. La comparación de modelos (¿plural?, ¡¿cuál de todos?!) del venerable doctor Chomsky con el de Tesniere (lo cual nos deja en los 1meros modelos) y el de Culioli, autor del cual no me acuerdo un re carajo. Y, le coup de grâce, un cuarto de Knowlege and Language, que para mi sorpresa está traducido. Y ahí frekee. Mal. Me deshice en marcos contextuales de la lingüística comparativa del XIX y en los primeros postulados de Saussure (tuve, incluso, la brillante idea de hacerle un cuadro comparativo entre formalismo y funcionalismo que, sospecho, la hizo frekear a ella creyendo que estaba agregando más temas), hasta que, salvada por la campana (Hemingway, Hemingway), pasamos a arreglar horarios y a disertar sobre lo extenuaaaante que eran los finales de ese tipo. Y después, a solas con los (r-i-d-i-c-u-l-o-s!) terrores; ¿por qué? No tengo ni la menor idea. Leí el Curso de Lingüística General entero (ENTERO!). Leí Knowledge and Language ENTERO. Leí papers (si bien pocos) de Chomsky actualizando P&P. Cuando cursé la materia, leí el famoso texto de Eguren y Soriano sobre minimalismo, + el libro capital de Austin, + la bibliografía debida. Creí haber entendido bastante. El vendedor de lógicas tuvo a bien invitarme reiteradas veces a ciertas tertulias, no sé si sectarias pero con el atractivo que tiene un proyecto de secta, en las que se discute la inserción del programa minimalista en nuestra práctica (…) lingüística diaria. [Aún no fui a ninguna. Y por más que lo niegue y eleve una serie de muy razonables excusas, la razón está clara: miedo.] ¿Por qué, entonces, por quéee, paniquear de esta manera ante retazos de los enemigos que ya batí? ¿Tiene sentido? Miedo. Yo pienso que las cosas son inabordables, y eso me gusta. Pero también pienso que no tengo que abordarlas si no las puedo hacer, y más aún, pienso que no tengo ningún derecho a creer que las puedo hacer bien. Lo que lleva a no abordarlas. Pero, por amor de dios, hay que separar los tantos y creer, mínimamente, en las bases que uno mismo se autoproporciona (es decir, no hablábamos de astrofísica, hablábamos de lingüística!!) Miedo, ¿no decía antes?


Con la escritura pasa algo similar. Y no sólo con la ficción, frente contra el cual en algún momento el John Marcher que vive en mí se ensañó apuntando ‘esa, ESA es tu bestia en la jungla. Lamentablemente, vas a tener que vivir así’. Me refiero a la escritura en todos sus niveles (así de hiperbólicos estamos hoy). Ideo el livejournal como catártico remanso des-simbolizado, después de tanto barroquismo tembloroso. Lo busco, lo acomodo, escribo en él. ¿Qué cosa? ¡Simbolismos! ¿Y por qué? Por miedo, Je pense.
A propósito de lo anterior, un comentario del p phi sobre cierto modernísimo escritor americano me desorientó aún más. “Ahí” dijo “Ahí todavía no llego, este tipo me hace sentir mal”. Yo argumenté que cómo, que qué pasaba con los necesarios patriarcas de la escritura, que dónde habían quedado los dioses, que cuán inevitables eran los faros en este maremagnum de estilos, talentos fugaces y los hostiles  best sellers, pero él viraba en una línea absolutamente distinta; mencionó al pasar su deseo de ser el mejor y qué eso era natural y lógico, y yo me replegué, interpelándome: ¿cómo es que yo no deseo lo mismo?

Si se trata de lo que en francés se enuncia trac (i.e. miedo escénico), basta ver mi comportamiento en clase desde el más tierno secundario: no primeros bancos, intervenciones escasas a menos que sea necesario o que me proporcione un inconfesado goce (status actual del latín, después de – claro – recursarla), nada de acciones que revelen un proceder kamikaze, proceder que, en efecto, tengo en más de un parcial.

 

Se me ocurre un último miedo, como sublimizando los restantes: miedo de mancillar los recuerdos, miedo, fundamental, de olvidarlos: “Buscas con urgencia en todas tus memorias, porque gracias a una simétrica repetición de experiencias sabes que si no lo recuerdas pocos instantes después de haberlo mirado este olvido significará los más desoladores días de búsqueda”.

 

 

 

 

* Acaso más fulminantes son las palabras que procedieron; “creo que cualquier hombre te amaría – y yo entre ellos – si dejaras de destruirte. Pero como no vas a hacerlo, porque te gusta… es una lástima”.


** Es hora de que asuma que toda, toda mi obsesión por la belleza deviene menos de influencias maternales que de una irremontable sensación de inferioridad, que por causas que no veo (yo entiendo mi distorsión, pero entiendo también que entenderla no me sirve de nada, y x lo tanto me desentiendo) el mundo se empeña en contradecir rabiosamente.

 

*** Cuando la triste verdad es que no tengo dichos deseos, sospecho, porque no me siento en altura de competir con nadie


**** No digo esto en una lectura puramente depreciativa. Más bien aludo a una de las mayores idioteces del extraño caso
; a saber, tratar de que comprase (o comprendiese) sus credos y/o padeceres con frases como “Te hacés la cabeza. Qué impresionista que sos, neurona. Tenés que dejar de ser así, tan dramática”, ante lo cual yo citaba a Alejandra a propósito de Rimbaud, justo antes de que él diera la estocada final de los desconciertos sugiriéndome que “Hay que sentarse a contemplar el océano. Conseguir ver que dentro de uno se extiende el mismo mar, se despliega el universo.” (Yo siempre pensé que un hablar recargado de sinécdoques del todo por la parte era, no tanto un absurdo – que sería interesante – sino una burda muestra de vacuidad, pero somehow en ese momento lo olvidé…).


***** Sé bien que esto es – ha de ser – una confabulación de Todorov, sobre Benveniste, salpicado a posteriori? de los Speech Acts de Austin… pero, que el lector me comprenda, ¿no son todas meras intuiciones pintorescas y nada prácticas?

May. 16th, 2009

Cómo hacer cosas con Círculos.


Absoluta pero no exterminadamente drenada por estas semanas de parciales en ciernes, habiendo finalizado con el primer gran monstruo apenas ayer, regreso a la maquina escritural en busca de felicidades catárticas. Tengo, a decir verdad, unos cuantos post empezados con vistas a nunca terminarse, y con vistas también a quedar encapsulados en el espacio-tiempo de su composición inicial (x este temita con el timing del que hablaba anteriormente). Uno de ellos es, por citar así al azar (…), “Museology”, una suerte de disertación sobre cierto episodio proustiano que me acometió mientras esperaba el colectivo, rumbo a la facultad; episodio que tiene relación – desde ya – con esa breve tragicomedia de éxito moderado, viva únicamente por la impopularidad de la ira que genera entre el público, que fue el extraño caso . Pero como no tengo la menor intención de seguir las epístolas de la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont por fuera de la ficción (Chise escribió ese verso tan representativo: “Solo tú me inspiras a escribir como un oráculo poseso”, con el que yo estoy plenamente de acuerdo), voy a disquisicionar sobre otra banalidad, espoleada de manera tangencial por el mismo sujeto.

Resulta que, no mucho tiempo atrás, el extraño caso me dijo con desaprensiva resolución: “…. y me borro, o intentamos buscarle una vuelta por otro lado” (después añadió ese apotegma tan cómicamente literario, que sin duda le gana a cualquiera de mis últimas pretensiones de novelista, frase que – en toda su deliciosa ironía sadiana, en todo su esplendor romántico malconsentido – amerita un parágrafo entero de análisis, o bien una vida dedicada a su exterminio) Lo maravilloso del cierre de la obra es que ni me molesté en vestir una capelina negra y cubrir “esos ojos grandes que tenés” con tules negros y grises. Pero mucho más allá de eso, que es puramente anecdótico, I. mencionó una cuestión por demás interesante, muy de teoría literaria aplicada (algo así como un Austin que reza “cómo hacer cosas con las clases del doctor J. Panesi”); haciendo abstracciones de las idioms y las locuciones del español del siglo XXI, la frase apela (nada) inevitablemente a la figura de un círculo: el extraño caso planteaba entonces 2 deliciosos maniqueísmos: o bien se ‘borra’ (deleo, deles, delere, delevi, deletum.) o bien los dos - él y yo, yo y él -, ‘intentamos buscarle la vuelta por otro lado’ (Interrogaré a este respecto: ¿no se trató siempre de vivir en mundos/universos/concepciones de existencia opuestos?, ¿no se trató siempre, a la manera de Cortázar, de un lado izquierdo y uno derecho?). I. apeló a la inmediatez de un dibujo sobre retazos de la carpeta de Argentina 2 para explicar su hipótesis de lectura: aquí un círculo, allí otro círculo bordeándolo. Yourcenar escribió: “Por mucho que yo cambie, mi destino no cambia. Cualquier figura puede inscribirse en el interior de un círculo.” En su momento me pregunté si el extraño caso hablaría de un 2do intento de rodear la figura (buscarle la vuelta por otro lado) o bien de el rehacer una vuelta completamente diferente (buscarle otra vuelta al asunto). - Pizarnik: “¡Ah, esos días en que mi lenguaje es barroco y empleo frases interminables para sugerir palabras que se niegan a ser pronunciadas por mí…!”. - De allí una asociación fatal: casi todos los eventos que circulan mis días en este último tiempo requieren de movimientos basados en la repetición agobiante de la prueba y error. Mientras derivaba el miércoles a la tarde, musicalizada por las dulces lecciones del p ph, mientras me deslizaba en patín entre obstáculos y figuras ya no tan complicadas, mientras abría y cerraba .doc’s con simientes ficcionales advenedizas, pensaba que - de una forma u otra - la vida está integrada por dementes circularidades. El extraño caso propone buscarle vueltas por otro lado, y yo asiento únicamente para traicionarme: instaurando un oxímoron fui donde el rey de Shuppansha para conseguír que la primera cláusula de la amenaza del extraño caso se volviese realidad. ¿Se trataría acaso de dibujar una figura romboidal, un cuadrado, un trapecio o meramente un garabato distinto, imposible de clausurar en la eterna circularidad?

Y sobre esta trepidación de ponerme a analizar deductiva y emocionalmente cada pequeña partecita del discurso, como viviseccionando la trayectoria de los hechos con afán naturalista, ¿habrá alguna otra opinión válida además de la mía, neurótica y egotista? Ante el reclamo estúpido y antipoético que masculla ‘pensás demasiado’, ‘le das demasiadas vueltas’ (¡!), ‘maquinás por demás’, ‘flasheás por demás’, ‘cuánto impresionismo, cuanto surrealismo, cuanto snobismo…!’ no me resta más que replicar: he aquí una máquina de maquínicas maquinaciones. Tómese o déjese. Preferiblemente déjese, así puedo maquinar a gusto.

May. 3rd, 2009

Libre de cargos contra las muñecas.


Señores jueces, es todo una cuestión de balances.

 

Uno debe surtirse, en primera instancia, de una colección de muñecas.

 

 

¿Y luego? )
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Apr. 26th, 2009

Vanilla Kisses


Como estoy leyendo indebidamente a Roland Barthes, que es uno de los grandes amores de mi vida junto al maestro Flaubert, Juan José Saer y Oscar Wilde (todos entes escriturales, como se verá, muy vinculados entre sí…), no se me ocurre nada mejor que evocar una de sus brillantes reflexiones acerca de los objetos. Yo iba a comenzar inicialmente este post diciendo algo así como que los objetos elegidos por uno conllevan, psicoanalíticamente, un recorte del deseo y blah, y que en ellos nos encontrábamos de una forma esencial, simbólica y cifrada, y también que - en definitiva -, uno nunca elegía un carajo los objetos del afecto. Curiosamente, Barthes tiene una opinión similar acerca del estilo: se dice acerca de él que “no es de ningún modo producto de una elección o de una reflexión sobre la literatura”, y que como “esplendor, prisión y soledad del escritor” se trata, terriblemente, de “la dimensión vertical y solitaria de su pensamiento”. Más tarde, Barthes conjeturará a propósito de una lectura del objeto: “si me creo en trance de ser colmado, el objeto será favorable; si me veo abandonado, será siniestro”.

Tiene mucho sentido. El punto es cómo se configura esto con mi curiosa, casi randómica en términos de elección consciente, afición por la vainilla. Cuando digo ‘vainilla’, me refiero no sólo al gusto: estoy señalando la sinestesia encantadora que para mí supone el aroma, el color, la textura y el sabor de esta dulce variedad de orquídea (Nota al pie: desconocía que el método de conservación de las orquídeas era bajo frío, y que es una práctica común guardarlas en la heladera. Uno nunca deja de sorprenderse por la violencia estúpida de las cosas). Lo que me intriga acerca de la vainilla en general, de la vainilla como elemento y como signo, es la NO arbitrariedad de mi simpatía – que por momentos tiene el matiz de una furiosa seducción; a saber, cualquier cosa que tenga que ver con la vainilla me va a parecer encantadora aunque sólo fuera por un breve lapso * – para con ella. Es casi como si hubiese decidido que la vainilla iba a gustarme, y que nada en el extremo juicio del gesto pusiese en peligro lo exorbitante de mi apasionamiento. Tengo un recuerdo claro que se erige como el primero, pero que sólo lo es falsamente hablando. A los 16 años, corrí por las escaleras de la estación más cercana de subte para alcanzar a A., otrora un proyecto de Zar y de sueños psicodélicos en la rutilante New York, y darle un objeto que había comprado bajo influencia del azar más absurdo. Le entregué un sobre bordó, que contenía una vela de vainilla. Más tarde, él me la devolvería habiéndole tallado un puñado de kanjis con precisión indomable. Nunca encendí esa vela, ni siquiera cuando estábamos literalmente en las antípodas del mundo. Me pareció sospechar en una ocasión que él, con toda su fuerza intempestiva, no la había siquiera extraído del envoltorio; luego noté que había dos velas y que lo que A. había hecho era reduplicar la que yo le había obsequiado, que aún permanecía (y me atrevo a conjeturar, que aún permanece) fraguando perfumes.

 Insisto en que la referencia inicial a A. es una falacia, pero esta evocación inaugural ejemplifica bien su importancia categórica en mi vida. Podría haber citado otros episodios muchísimo más pretéritos; cómo exigía a la impensable edad de los 7 años un helado ‘todo de vainilla’, o porqué entre los diversos cafés que comprara M. en el exterior yo estiraba sistemáticamente los brazos en busca del French Vainilla Coffee**. No obstante guardo otro recuerdo muy nítido: años atrás, en los tiempos en que nos deshacíamos la furia y la adolescencia en casas ajenas, habiéndome conocido apenas durante uno o dos meses, E. sentenció con dulzura: “te va este perfume. Es de vainilla”. Si no hubiese encontrado hace un par de días el frasco vacío del viejo Vitamina avainillado con que me espolvoreó las manos bajo las luces dicroicas de un shopping mall, habría estado segura de que las palabras de E, su súbito arbitraje (yo pienso que cuando uno decide cosas en torno al otro está siempre ejerciendo una rara forma de arbitraje que deviene casi todas las veces en categorización), estarían aún flotando en la nada del pasado.

Todavía hay algo más. Yo diría que se trata de un movimiento doble: si bien la entrada del objeto en el sistema no es más que un incomprensible dictamen mío, la clausura del símbolo (o bien su cristalización como un lexema en nuestro código en común) escapó a mi iniciativa. Con frecuencia le entregaba al extraño caso sobres que contenían té de vainilla; un absurdo desacertado que hasta podría tomar el cariz de desprecio inconsciente si se piensa esto en relación con mi preferencia original por el café. Muchas veces me pregunté en silencio, ¿para qué tributo ante él estos objetos insignificantes? (insignificantes para ambos: ya se porque en realidad yo prefiero beber café, ya sea porque para el extraño caso un saquito de té de vainilla representaba, probablemente, lo mismo que mis estúpidas citas literarias o mis recomendaciones de lectura borgeana). ¿Les daría uso, los bebería efectivamente? (y si lo hacía, ¿eso qué representaba?), ¿era posible que leyera en el gesto un injusto intento de travestirlo, de hacer de él alguien a quien amar a través de ese objeto, por trasposición de lo que yo había amado previamente? A la luz del tiempo me parece muy claro que hay una contradicción letal en aquel signo. Si bien el té como infusión no remite a grandes significados para ninguno, sí encierra la siguiente idea: cuando estemos frente a frente bebiendo respectivas tazas y lo único enrevesado entre nosotros sean los vapores o las conversaciones acaramenladas, todo – cualquier potencial, por nimio que fuera, que rodease un lazo amoroso – estará acabado****. A esa latencia se le suma el atributo ‘de vainilla’; ¿habrá comprendido el extraño caso que mi movimiento era el de ‘te entrego este signo de fatalidad, de condena a la amistad más alejada de mis sentimientos, y a la vez te pido, te suplico (¡mi paralingüística entera te lo está gritando!), que te conviertas en alguien a quien conferir una vela, un perfume, un saquito de té de vainilla’?

El asunto hubiese quedado en una autoilusión de mi mente asediada por literaturas si no fuera porque, en la recta final, fue una promesa risiblemente extraída de Vanilla Sky lo único que el extraño caso pudo, o quiso, contestarme.

 

Go me obsequió un spray de vainilla que no termina de gustarme, pero con el que rocío sin parar todo antes de salir de casa. Cada vez que lo hago me pregunto cuánto de genuino hay en mi apego a las cosas; si, en definitiva, no se tratará de elegir una carta del mazo y autoconvencerse hasta el paroxismo de que ésta es la ideal para la mano de turno. De la misma manera, a veces miro las ofertas dispuestas en horizontal en Starbucks sabiendo que irremisiblemente pediré un vanilla latte, y termino concluyendo en que una ley consignada por mí misma podría ser, apenas, una forma de amordazar la libertad implicada en mis elecciones. Es casi darle una oportunidad a mi inconsciente: tal vez no se trate de un mero eco - pienso -, y si bien decreté mi fascinación por la vainilla, una y otra vez parezco querer confirmarla.  

 

 

 

*: En el teórico de latín estuve repasando algunas de las cosas que hacen que los objetos y sujetos se conviertan en un factor de atracción letal para mí. Figuran en la lista mental las rosas, los naipes, las estrellas, el café, cualquier ícono que remita a una estética punk, una colección esplendente de aventuras opiáceas, el adjetivo ‘de vainilla’ aplicado a cualquier nombre y el vínculo, aunque fuera lejano, con las filosofías surrealistas. 

**: Algo extraño. Era el único tipo de café que quedaba en las amplísimas estanterías del Rait-Aid de NY antes de abordar el avión a casa.

***: Barthes; “Frente a la originalidad brillante del otro no me siento jamás átopos, sino mas bien clasificado (como un expediente conocido).

****: Mark Twain escribió una frase maravillosa que me recuerda un poco lo que pasó cuando, efectivamente, ambos estuvimos frente a frente en una mesa bebiendo el café más fuerte que era posible pedir en ese sitio: The difference between fiction and reality? Fiction has to make sense.    

Apr. 1st, 2009

Tener el timing de Arlt y Algo de Tolstoi.


Hoy, sentada de esa manera tan poco victoriana en una poltrona de Starbucks (uno más de los vicios malconsentidos que deseo exterminar a la no brevedad), recordé un cuento de Tennesse Williams. El texto en cuestión se llama “Algo de Tolstoi” (Something by Tolstoi). La asociación que hice fue más que sencilla en términos de rastreo: estaba releyendo Los 7 locos, y marcaba los fragmentos que no había señalado en un primer momento (siempre albergando la esperanza de que no se confundan con los que destacaré obligatoriamente en el Práctico, ni tampoco con los que me construirán una nota elegante en el parcial). En ese trance llegué a la escena, promediando finales del capítulo I, en que Erdosain y su mujer, Elsa, se despiden con paradojal romanticismo; ella lo abandona para recaer en brazos de un Capitán, infeliz por todas sus múltiples desdichas. Se desarrolla ahí un diálogo similar a lo que efectivamente ocurre en Something by Tolstoi *:

“-…estás solo, de pronto cric, la puerta se abre.. y soy yo… ¡yo, que he venido!.
- Estás con un traje de baile… zapatos blancos y un collar de perlas.”


En el relato de Williams pervive la tristeza, en detrimento de esa rara incomodad en la que Arlt subsume a su lector (uno no comprende porqué Erdosain actúa como actúa si no es bajo clave existencialista o tras la evocación del Mersault de Camus; en cambio, en todo momento queda claro que el protagonista de Something by Tolstoi está arrasado, desorientado y finalmente enloquecido por el dolor), pero la escena sigue siendo esencialmente la misma: ella regresa, enfundada en sus victorias, portando una imagen de soñada mujer de cinematógrafo y se detiene frente a Jacob Brodzky, que todavía acomoda ejemplares en su estancada librería. Él la estaba esperando, efectivamente, pero por una y otra razón, de uno y de otro modo, era ya demasiado tarde. Apenas logra decirle Usted me recuerda a algo de Tolstoi”   
**.


La conexión de esto con lo que me pasa actualmente es muy sencilla. Yo estoy convencida, de una manera férreamente errada, de que el mal timing es algo que se repara fácil. El mundo me demuestra día tras día que no es así, pero aún con semejantes evidencias no termino de entender el concepto ni las consecuencias nefastas que desata. Creo en parte que Something by Tolstoi ejerció esa fascinación sobre mí (por encima de todos los otros que integran La noche de la Iguana) porque pone en primer plano la pervivencia del tiempo en la literatura: hacia el final, el librero y su esposa no existen sino como imágenes congeladas en la subficción rusa. La realidad en sí no interesa a la lógica del cuento; que el hombre la esperase idiotizado todos esos años detrás del polvo de los libros o que ella regresase como su amado había profetizado, son detalles menores. La escasa diégesis de Something by Tolstoi se reduce al cumplimiento de lo que pareciera más un hechizo verbal que un desesperado intento por retener al gran amor. La lectura sobre el relato es entonces dulcemente polisémica: o bien Jack Brodzky pereció, cual Penélope de Serrat, en las garras de la detención del tiempo el día en que su esposa huyó de la tienda de libros, o bien es uno más de los protagonistas de una muerte en vida bajo los influjos del desamor (¿o del sobre-amor?, ¿es que se muere por falta de amor ajeno o por exacerbo inadecuado del propio?), o bien la aparición, salida y reingreso de Lila en su vida fue producto de su desbocada imaginación al servicio de la pluma de Leov Tolstoi.
La situación en el texto de Williams se plantea y resuelve como irreparable: incluso cuando se consiente la espera, hay algo del orden del tiempo interno a los personajes que troca el encuentro en desfasaje. Hasta el resabio del pasado que merodea esa unión a destiempo funciona como – he aquí una inmensa tortura – disparador del conocido callejón sin salida que es el what if. Se termina pensado ridícula, vulgarmente, que acaso el amor, por ejemplo, no sea otra cosa más que una comunión temporal. Creo que es a esto, a la desacralización de los sentimientos y la derrota radical del Omnia Vincit… , a lo que me niego cuando persisto en no cumplir un horario. Lo curioso del asunto es que en la mayoría de los casos, si pienso en mi mal timing físico, el problema no está en el antes sino en el después: es inusual el teórico al que no llego tarde; Go y E se quejan desde hace años por forzarlos a matar el tiempo en esquinas, portales o en mi propio living room; A., con todas sus ingeniosas perfecciones, no logra engaño en el que no aguarde al menos 5 minutos por mi torpe descender de la escalera. El extraño caso
, si ha de ser catalogado de alguna manera, tiene que serlo en las novelitas que tratan, desenredan y desangran el peor timing de - y esto lo creo de verdad - toda mi vida. Los textos que escribo, la rutina que persigo (este lento fraguar de noches hasta las 3am y amaneceres somnolientos, apenas un poco más tarde), las clases que imparto y recibo, los autores que leo; prácticamente todo está de un modo u otro fuera del momento justo.  


Este fragmento, por ejemplo, lo redacté unas cuantas semanas atrás, en las cercanías de mi cumpleaños. Decía yo en ese tiempo:  

Días es que la torpeza es piedra de toque. Incluso mi habitación es un mar desordenado; ropa por doquier, la poesía mezclada con la prosa, ningún orden en las nacionalidades o la temática de los libros. Papelitos de colores, rectangulares y cuadrados, popsticks, hojas con renglón en las que los trazos no figuran sino de manera aleatoria: en columnas, al revés del sentido occidental, marcados en tintas de colores diferentes. Vasos con bebidas dulces, nunca alcohólicas: café, coca-cola, agua y jugo de manzana híper concentrado. Rosas, muchas rosas, más de 40, desperdigadas entre el living y la mesa de luz; a la noche recuerdo cambiar el agua del pot de fleurs pero, olvídalo, si nunca lo hago. Siempre las mismas obsesiones a la vuelta de la esquina, a la cabecera de la cama; Alejandra Pizarnik, Susana Thénon, Lewis Carrol y acaso Thomas Hardy. Haber descubierto la realidad detrás de esos versos de Hardy, haber descubierto además que mi eterno teatro de variedades se los había adjudicado a John Keats, de quien he leído absolutamente nada.”  

 


Mirando con cautela, el estado interno y externo de las cosas sigue siendo el mismo. Este post es, incluso, un pequeño maremagnum que poco se diferencia de un cadáver exquisito. (Caso aparte, toda mi última prosa se resume a automatismos, pastiches, stream of consciousness a lo Mrs Dalloway y poesía atormentada a lo Pizarnik). Estoy pensando en varios otros sucesos que quería enumerar sin hilaje preciso: los ineluctables teóricos de Lógica
(esto de “llueve y no llueve” y de que finalmente alguien se pare frente a mí y me diga “Está bien lo que pensás. Acá hay un sistema en el que no te dejamos decir ‘quieroynoquiero’. Se acabaron los sombrereros locos.”), la quema de idearios por parte del extraño caso (un gesto maravillosamente apodíctico para con su desprecio hacia mí y lo que fuimos, pero que a la vez le otorga a esa breve historia un carácter de suma importancia: allí algo que debía ser borrado***); mi intolerancia injusta para con las jugadas supremas de Magister; que Latín parezca algo sencillo, un súbito interés de lectura pasatista en el caso I, ganas de leer a James en español (“La esquina feliz” que otrora fuera The jolly corner); un alemán que afirma semejanzas inexistentes con Audrey Tautou; este aferrarme a cintas blancas que no cumplo y de cómo encontré en la explicación que hiciera el Cuervo sobre el eterno retorno un mediocre consuelo para mi desilusión. Medias-tintas en todo, y un final que ni siqiuera es bueno cuando es metatextual y se ve posteado en este blog.

 

 

* En Something by Tolstoi, Jack sentencia a su esposa: “Your love is not so much less than mine that you can escape from it. You will come back sometime, and I will be waiting”.
** "There is something familiar about the story, I think I have read it somewhere. It comes to me that it is something by Tolstoi."
*** Esto me trae a la mente varias imágenes. En primer lugar, los palimpsestos del medioevo; la idea de erradicar un texto insignificante que más tarde aparecería como irrecuperable (esto es: la huella que queda es apenas eso, una huella. Yo ya no voy a ser la misma, porque seré apenas esto, mi yo despojado). Luego, la etimología de deleo en latín: borrar, aniquilar, destruir, acabar absolutamente. Un poco también – a qué negarlo – el concepto de Barthes: lo importante en una lengua no es lo que deja sino lo que prohíbe. Y finalmente, el despojo libertino, a-ideológico, irreverente, de las anteriores vestiduras que llevaba cual sotanas. Es la primera vez en que se me ocurre que acaso seamos, en efecto, de mundos opuestos.

 

Mar. 22nd, 2009

Cita al revés

Toda la noche te llevo matarme. Por ese entonces, yo no estaba muy segura (pero sí); pensaba en Sarah Kane, suspirando de espaldas a la puerta. Don’t undress my love, my love, ‘cause you might find a mannequin. ¿Qué más? Hay ciertos nombres que no puedo mencionar, por suscitarme una tormenta innavegable. Ah, sí, es el amor, tendré que ocultarme o que huir. Aunque, en definitiva, ambos sepamos – el Sr. Borges y yo – que por mucho que tratemos de efectuarlo de nada ha servido nunca, para nadie. Nadie, Nada, Nunca. Saer, por ejemplo. Pero, fue La Pesquisa, ¿no? Nada notable. Dejáme que piense un poco más. Te encontré también en algunos versos de Cortázar, y en el título de Arlt, el amor brujo, sólo por reminiscencias fonéticas, desde ya. En cualquier instante puede declararte su amor Helena de Troya, algo acertadísimo. Lo pensé mucho antes de nosotros, por cierto, cuando estabas preso de otras manías y otros siglos menos patéticos, más concisos. Allí también, grafittis con apotegmas baudelaireanos: el odio es un licor precioso pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño y dos terceras partes de nuestro amor. Ese último día, en una esquina por la que no me atrevo a pasar,  resultó que Mr Hardy nos había profetizado: your eyes on me were as eyes that rove over tedious riddles solved years ago aún cuando yo mintiese y, tantísimo tiempo atrás, me excusase vanamente de tus labios con a change of mind more like a change of heart. (Esa frase era, en realidad, de Anastasia, la película de Disney. El momento exacto en que Dimitri revela ante la abuela, que se ha enamorado de su actriz, que no era actriz en realidad, sino una auténtica duquesa). Estoy tratando de acordarme, pero lo que pasa es que entre tanta literatura y tanto what if me olvido un poco de esos sintagmas que te suscitaron en la mezcla de días y noche que viví a tu periferia. Creo haber oído, sentada contra una reja y entre tus brazos, que leíste a Unamuno. Pero yo destaco especialmente cierta idea extraída de Larra, un hombre que de verdad era Romántico: el don juan es un ser desapegado. Obviamente, sólo un poco de lluvia para tu mano levantada hacia las auroras. ¿Qué podía esperar? No te equivoques cuando reincido en Cortázar, yo me refiero a ese episodio en Historias de Cronopios y Famas cuando, prologando, él dice: “Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la eficacia de un reflejo cotidiano”. Decime entonces que no ves el vínculo con toda esa parafernalia que desplegás como religión cuando, aquí y ahora, debo ser la única que te cree y que todavía te aplaude. Una y otra vez citás mal a Goethe, y tenés la irreverente pretensión de creer que Beatrice desdeña a Dante, cuando, en realidad (acaso recomiendo que consultes la Vita Nuova) se muere antes de proferir respuesta o confesión. Así, Virgilio en los exámenes, Capote para enseñarte lo que había detrás de mi acting, Oscar Wilde porque tu cinismo no es más que una pose, y sobre tu cama Jean Cocteau mientras Alice te susurra it’s always tea time! y vos me respondés así de fácil, con Girondo: yo no tengo una personalidad; ¡yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades!, (aunque a los 5 minutos te lo olvidaras o yo me intentase hacer creer que, efectivamente, existe entre nosotros algo mucho mejor que un amor: una complicidad). Para mi la clave siempre estuvo en Alejandra: rostros doblados que recorto en forma de objetos que amar o bien el poema que escribirás después, en el lugar de la masacre si es que era verdad que tú eliges el lugar de la herida en donde hablamos nuestro silencio. Hubiese querido leer tu texto (incluso sin entenderlo, incluso trasponiendo mis propios idearios lingüísticos y puristas), para no repetir y repetir con tristeza aquello de Roland Barthes: inversión, no puedo leerte porque no sé cómo me lees pero algo me dice que no tenía tantas opciones, y que si lloro de cuando en cuando es por haber antepuesto unos pocos libros a lo más inmediato y simple de mis palabras.  

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Mar. 5th, 2009

Miss Jean Austen and (our) poor little broken thing wickedly called ‘heart’.


(Me gusta mucho ese pasaje en Feux, de Marguerite Yourcenar, que dice: Un corazón es tal vez algo sucio. Pertenece a los manuales de anatomía y a las tablas del carnicero. Yo prefiero tu cuerpo.”)

Acaso debiera estar cumpliendo obligaciones en una larga noche que se mezcle hacia las 7am con el día, y la lista de verbos en modo subjuntivo que explico hasta la 1 en punto de la tarde. No es que no me importen – hablo de las obligaciones – sino que evidentemente no me importan lo suficiente. No estoy muy segura de porqué las ejecuto: si por necesidad, cosa harto rebatible, o por un requerimiento intransigente de drenarme de energías hasta simular ese estado de semi-sueño que me rodeaba a los 16 años, esta vez de manera un poco más consciente (¿para eso crecerá uno?). Dije que no me importan suficiente. Eso me recuerda al verbo tariru, ‘alcanzar-ser suficiente’ y su negativa tarinai, que siempre me gusto mucho por antojárseme fácil de memorizar. Tarinai significa ‘no alcanza’, ‘no es suficiente’. Tarinai, entonces.


Acaso también debería estar durmiendo en lugar de enredar angustia en letras. (Acaso mis letras tengan otro disparador más allá de la patética y reincidente angustia). Estoy cavilando un poco la idea de tener insomnio crónico, ese insomnio que es un hábito nocturno. Posiblemente sí. No me acuerdo de la última vez en que me haya dormido antes de las 11pm. A. dice: ‘qué va a pasar cuando tengas problemas de verdad?’. Yo digo: posiblemente nada. En el último tiempo, mi rutina se resume a un prolongado ensayo general en el que eternamente practico la impostura frente a ‘problemas de verdad’. Si escarbo, sale una suerte de kernel sentence de este estado, pero siempre es una respuesta falaz y redundante (Hyde diría “kakette mawaru”). Cuando voy del extraño caso
a A. y de A. a las cosas que me rodean y constituyen, y de ese derredor ajeno a mí misma, pasando por la escritura, la universidad, el futuro en precipicio, los traumas maternales, los decretos paternos, la dicotomía que me come y me bebe, etc, vuelvo al punto de partida. Esta interconexión no parece ser más que enmascaramiento tras enmascaramiento... y el rostro? El vendedor de lógicas me dijo una vez ‘el problema, querida b, es que ya no diferenciás al personaje de lo real’ (esto último, ‘lo real’, me recuerda esa short story de James en la que dos actores callejeros portan más verídicamente cierto dejo aristocrático codiciado por la tela del artista, que una pareja de verdaderos aristócratas).
Incapaz de aislar la causa del efecto, y asestar un golpe final al ojo de la tormenta. ¿Me estaré quedando realmente en la superficie?


Anteayer encontré Sense & Sensibility de Austen en la televisión. Leí muy poco de la señorita Austen, pero recuerdo haberle recomendado al extraño caso
“cualquier novela de Austen, para que redefinas tus conceptos de romanticismo”. (Recuerdo también una respuesta afirmativa de su parte, a instancias de la crisis de mis propios conceptos de romanticismo...). En S&S, Marianne, que es el personaje en el que por esa gracia de autor y contraste narrativo todos los sentimientos fluyen y cualquier acción está siempre excusada en un mar interno de emocionalidades, sale a dar un paseo por los jardines de Delaford con el rutilante propósito de hostigarse en la herida que Willoughby le causara, poco tiempo atrás. La cuestión es que Marianne se deja caer en el jardín, en plena tormenta otoñal y londinense (un profesor dijo cierta vez que los ingleses purgaban literariamente su obsesión por la meteorología), y cerca, muy cerca está de morir por acción de una fiebre infecciosa. Me pregunté si se podía morir de amor, entonces. Marianne está a punto de hacerlo. Qué pasa, pensé, si en realidad el mundo se empeña en negarlo ‘por el bien común’ así como niega – hablo desde mi total subjetividad – la doctrina/posesión del talento o la supremacía de la belleza en esta última era. Qué pasa si la imposibilidad de una muerte por amor es falsa. (Nótese lo poco que me importa la exposición de mis reflexiones facilistas en un blog abierto al público). ¿No sería, de hecho, una manera de revalidar y significar el amor en cuestión, demostrar que su devenir imantó a la mismísima muerte? En inglés (viejas manías lingüísticas) la expresión permite un juego de palabras que condujo al Washington Post a probar que, efectivamente, you can die from a broken heart. Entonces, es el problema de siempre: ¿La lengua crea al mundo o el mundo posibilita las formas de la lengua?* ¿Qué impresiona tanto en la deliciosa imagen que suscita un broken heart? Hay algo subyacente al acto de tratar al corazón como si fuera un objeto físico, capaz de romperse de la misma manera en que se restalla un cristal, a expensas de su unicidad o de su condición de irremplazable. Corazón y cristal comparten el mismo destino, con la salvedad - dice la vieja sapiencia por demás optimista -, de que el tiempo (otra noción absolutamente equívoca) sana-cura-escose los daños en el órgano humano, daños otrora indelebles que pasaron a ser algo así como raspones. Entonces, ¿con qué propósito se grita a los cuatro vientos que nadie muere de amor?, ¿para atenuar el dolor? Si se lo admite, consiente e incluso apadrina, ¿pasamos a ser masoquistas?** A la hora de repetirnos ese mantra inacabable que ruega la llegada de un proceso con resabios a olvido, sino a la más tierna apología del descarte, ¿cuáles son las opciones?


a -
Sobrevivir y llevar una bonita cicatriz de la que aprender lecciones morales a lo James, que convenientemente trasladaremos de persona a persona, en una suerte de reencarnación de los sentimientos nunca temerosa del desgaste.


b -
Dejarse vencer. Decir “esto es demasiado para mí”. Marianne debió haber muerto. De hecho, por su propia mano y más tarde, son muchos los personajes que mueren bajo los efectos colaterales del amor. Ophelia en primer lugar. Melibea y Calisto. Todas esas mujeres que parecen cercarme: Sivyl Vane, Fedra, Dido corriendo a las llamas de Cartago.



P. sostiene que la muerte es figurada. Yo sostengo: el amor romántico no vive, paradójicamente, de esas figuras del reciclaje.

 

 

 

* También se nos presenta el caso inverso; en japonés, la expresión no es tal sino un sustantivo: shitsuren (失恋). Dice el diccionario: ‘disappointed love; broken heart; unrequited love; being lovelorn’. Lleva los kanji (qué cosa más postmoderna) de shitsurei (molestia) y koi (cariño, afecto). Hubiese esperado algo muchísimo más radical de una lengua que contiene una entrada lexical para ‘triste x razones de amor’ (setsunai) o que traslada el heart-breaking feeling en tsurai sólo porque itamashii no es tan gráfico como el precedente.

** Yo misma: “…cuando se precipita un final los personajes tienen apenas dos elecciones: o se vuelven trágicos y mueren, o se vuelven locos, y olvidan.”  

 

 

Feb. 19th, 2009

Qué es una depresión activa.


Es tomar aproximadamente 1 taxi por día durante una semana, y aún así no llegar a ningún lado, ni tampoco salir de donde estás.

Es caminar bajo la lluvia sin que importen los libros, tu cabello planchado y multicolor (cfr Holly Golightly), el bolso nuevo, las alegorías patéticas.

Es escribir estas líneas en este momento exacto.

Es no leer nada y, as usual, deber leerlo casi todo (pero, si hemos de ser estrictos y gramaticales, es no leer n-a-d-a).

Es observar atónitamente que el mundo habla de tragedias, cuando para vos los días se traducen en escenitas salteadas de una comedia amarga. 

Es atrasarte, confundirte en el gentío, olvidar nombres y extender deadlines ad infinitum sin que ello se asemeje a una práctica deportiva o un fraguar lento de represalias.

Es, realmente, anestesiarte, pero haberte olvidado también de tomar un frasco de analgésicos.

Es sentenciar Trapped de Bukowsky, bello y representativo*.

Es no dormir, es agotarte en clases como si de un orgasmo anímico se tratara, es regresar a casa palpitando angustias.

Es prestarle atención al clima, y hasta invocarlo en tu escritura o tus charlas telefónicas.

Es volver a considerar a tu muñeca como un estándar (en fin de cuentas siempre se trata de ser o no ser una muñeca) asegurándote que, todavía, lo tenés bajo control.

Es no poder leer pdf’s.

Es escuchar バーリウンの渓 (y como anexo tomar blue pills!).

Es no saber dónde está el blond status, o si alguna vez existió tal cosa (si lo eliminaste, si lo tapaste, si lo resarciste).

Es oscilar entre Susana Thenon** y Paul Verlaine.

Es demorarte morosamente en la cuchilla que te lacera la carne: que Saer puede ser no-notable, que tus letras exudan barroquismos falsarios (acaso el Barroco fue alguna vez otra cosa?), que debiste ser más frívola y también más puramente romántica, que tu carta de presentación es nefasta, que no no valés las privaciones (y mucho menos las confesiones!) y que beauty is in the eye of the beholder***.

Es darte cuenta de que los cuadros en Die Brücke son extremadamente similares a las obras de Munch.

Es hundirte en el sueño, en la espera.

Es hacer crítica literaria de los amigos, las producciones oníricas, tu escritura, tus actos fallidos y puntualmente de esta depresión.

Es no comprender cuando un atractivo francés director de teatro exhibe el inefable y sardónico humor de su casta, aún cuando te lo explica y tiene la astutísima sutileza de enseñarte el sintagma “bon mot”, todo esto al mismo tiempo en que se burla (como en una metaficción) de esa convivencia a lo Stevenson entre tus devaneos femeninos testimoniados en una almidonada pollera escocesa y los fríos modelos lingüísticos de Noam Chomsky.

Es discutir la materialidad de las acciones en términos del karma (preludios vieneses a cambio de… ¿de qué?) o del Gran Autor.

Es hablar de los exámenes de la UBA como si fuesen una suerte de feliz obligación, cuando no das y no das y no das finales…

Es pensar: un día voy a olvidar todo esto, y ese día va a ser más triste que cualquiera de estas negaciones.

 

 

* don't undress my love

you might find a mannequin:

don't undress the mannequin

you might find

my love.

 

**

me he casado conmigo
me he dado el sí

porque yo -el gran amor de mi existencia-
no me llamaba
no me escribía
no me visitaba

 

*** Aunque no tenemos dudas acerca de lo siguiente: sos pálida, distinta, acaso superior en términos de (un tan maternal) canon, pero eso no sirve para nada.

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Feb. 12th, 2009

Muerte x Asfixia


y ahora qué hacer estoy esperando a que me den role play acting game sentada bajo un puñado de sombras espero a que me den papel que yo era ella que ella era yo que juntas tramamos una escena imposible la escena de mi desaparición o la escena de mis asfixias porque de eso se trató de asfixiar amor hasta extinguirlo hasta exhumarlo y al momento de declamar el vacío como respuesta así leyendo el poema que escribirás después en el lugar de la masacre y de ninguna manera trasoñar un final como éste imposible desdramatizarme desdibujarme desmantelar la negación haberte negado 3 veces y ay temor de negarte una décima temor de significarte temor de merodeadora letal en desiertos donde las lágrimas que nunca salen a escena están compuestas un 99% de azúcar en páramos y en oposiciones yo hubiera jugado otras cartas o apenas las mismas de no estar hipnotizada por espejos y descripta por novelas perpetrada por la tristeza creerte un arúspice una clepsidra un hechizo en el que poder desintegrar mis máscaras y destilar un ápice de mí entregarte mis letras mis manías insuficientes mis dulcísimos devenires acaso no nos espiamos por debajo de disfraces y autenticidades ciegas pero qué atrapaste de mí para qué vendiste ideologías con quién suspiraste y qué poseíste ante quién estabas declamando y cómo es que en ese sarcófago lleno de insignificancias las muñecas te están hablando error letal es descuidar una muñeca que solamente puede despeñarse en palabras escribo para amortizar el eco de saberme auto-prohibida a decirte lisa y llanamente que te amé entre relojes insanos pesadillas que son laberintos y un montón de brujerías 

 

Feb. 3rd, 2009

Nadja

Todo siendo tan similar al extraño caso , mentor desde algún momento, de mis mejores tragedias sobre el tablado.

 

 

Esta es la historia que, yo también, tuve el deseo de contarte, a ti, cuando apenas te conocía, ¡oh tú que no puedes recordar! Pero que habiendo, como por azar, conocido el principio de este libro, has intervenido tan oportunamente, tan violentamente y tan eficazmente cerca de mí, sin duda para recordarme que yo lo quería “batiente como una puerta” y que por esta puerta sólo te vería entrar a ti. Sólo tú entrarías y saldrías. Tú, que de todo lo que he hecho no habrás recibido más que un poco de lluvia sobre tu mano levantada hacia “las auroras”. Tú, que me haces lamentar tanto haber escrito esta frase absurda e irretractable sobre el amor, el único amor, “el que soporta todas las pruebas”. Tú, que haces admirablemente todo lo que haces y cuyas espléndidas razones, que para mí no lindan con el desatino, brillan y caen mortalmente como el rayo. Tú, la criatura más viviente y que pareces haber sido puesta en mi camino sólo para que experimente con todo su rigor la fuerza de lo que no ha sufrido en ti. Tú, que sólo conoces el mal de oídas. Tú, a quien todo conduce al alba y que por esto mismo tal vez no volveré a ver nunca.

¿Qué haré sin ti con este amor para el genio que siempre he sentido alentar en mí, y en nombre del cual, lo menos que he podido hacer ha sido suscitar algunos agradecimientos, aquí y allá? Me jacto de saber dónde está el genio, de casi conocer en qué consiste, y lo consideraba capaz de conciliarse con todos los otros grandes ardores. Creo ciegamente en tu genio. No sin tristeza retiraré esta palabra, si te sorprende. Pero entonces la desterraré del todo. El genio…. ¡qué podría yo esperar aún de algunos posibles intercesores que se me han presentado bajo este signo y que he cesado de tener cerca de ti!

Sin hacerlo adrede, tú has sustituido a las formas que me eran más familiares y a varias figuras de mi presentimiento. Nadja era una de estas últimas, y considero perfecto que me la hayas ocultado.

Todo lo que sé es que esta sustitución de personas se detiene en ti, porque nada puede sustituirte, y que para mí, esta sucesión de enigmas debía terminar para siempre ante ti.

 

Tú no eres un enigma para mí.

Digo que tú me desvías para siempre del enigma.”*

 

 

* Nadja; André Bretón (1928)

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Jan. 31st, 2009

Bitácora Cotidiana

(del 28 de Enero)

Es tarde, bastante tarde, pero insisto en escribir. Mi piel tiene ese aroma a cloro que hace tiempo no percibía. Acabo de terminar con un cúmulo de obligaciones para shuppansha junto a las habituales clases, que un año atrás me quitaban el sueño o me llenaban de malsana adrenalina, y que ahora son el eco de una ocupación más sobre la que tejí cierta presuntuosa confianza.

Tenía ganas de actualizar un poco esto con variedades cotidianas, o con recortes de lo que se me cante (salto de estilo).

Estoy leyendo “Anatomía de la Melancolía”, de Burton, uno de esos textos que se mencionan 12 veces por literatura, a pesar de jamás habernos acercado citas reales del mismo. Se me ocurre que hay un juego de luces en el mentado ensayo. Hasta el momento, como las voces de los teóricos que digresionan acerca de las taxonomías de Burton sobre el ánimo del hombre, el prólogo me pareció igual de cautivante que las propias palabras del autor. Lo que supone un triunfo de la crítica, o una elevación del espíritu de la obra (muy Wilde esto último) por encima de la materialidad de la forma en la que Burton trabajó. Todo lo cual me deprime bastante, y me hace aferrarme a Saer, al señor Borges y a Monsieur Flaubert con más ahínco, en la selva de los barroquismos y las bellas letras.

En paralelo e ilegalmente (porque Española III debería ser lo único que ocupe mi mente) sigo dándole algunas vueltas a Cortázar, mitad por recreo, mitad por velada competición con E, aunque jamás lo admita por las razones más diversas*. Y recordé un evento curioso mientras compraba un libro para M. en Cúspide, uno de los pocos recintos burgueses, de pisos abrillantados y de estanterías pulcras y repletas al que todavía le tengo cierta estima (¿tendrá que ver esto con los muy convenientes canjes que pueden hacerse a través de puntos?). Un texto de Girondo, reeditado en los últimos meses (a un ridículo precio que tuve la osadía de pagar) me transportó a una de mis primeras clases de Teoría Literaria. En ese entonces, la encargada del práctico nos presentó a Girondo, intentando explicar aquello de formalismo y vanguardia (y, porqué no, aquello de significante y significado, o de forma y contenido irreductibles) con el poeta local. Preguntó risueñamente qué nos había parecido En la Masmédula y 20 Poemas para leer en el Tranvía, y yo contesté muy enfáticamente que no me habían gustado. Dejando a un lado que dicho apotegma en la actualidad de la carrera me vale un pase directo a la hoguera, una semana atrás me encontré leyendo los relatos imaginarios de Espantapájaros con apreciaciones enfrentadísimas; por un lado, estaba aquello de la vanguardia y el anticonvencionalismo, que a todos los Románticos lejanos nos parece fabuloso, sobre todo cuando es alguien más quien lo postula y lo lleva a la praxis**. Por el otro, el descubrimiento (one of thousands, these days) de que el señor Girondo, de cuna noble y afecciones a un cierto Grupo Florida que poco después lo despreciara, escribe en el mismo género (si es que acaso la palabra aún existe) que yo; o más bien, que mis tambaleantes, antagonistas e hiper meditados pasos en la escritura suscriben al mismo género que el de Oliverio Girondo, poeta mal laureado con quien tuve y tengo la soberbia de no terminar nunca de simpatizar. Para terminar de rematar mi desasosiego, mientras avanzaba por las 23 singulares prosas poéticas que componen el libro, más me convencía no sólo de que aquella sería la lectura adecuada, por momentos ideal, para el extraño caso , sino de que yo siempre había sabido que así lo era, y no me había importado (o, lo que es lo mismo, me importaba a extremo de negarlo por completo). So, en favor de una realidad que se me opone día tras día desde hace… como 22 años, decidí darle una mirada al extraño caso  en su forma más verdadera, o al menos, no en la forma en que yo quisiera dedicarle una colección de mis miradas más ficcionales. Algo que probablemente (ruego que) no me guste.

En otro orden de cosas, hoy (o sea anteayer) descubrí de la manera más casual que uno de mis alumnos de español cruza todas las mañana el campus del MIT y, bueno, cada tanto pasa por al lado del Professor Noam Chomsky. Es decir, estoy yo, con mi carrera a la recontra mitad, mis pretensiones de generativizar gramáticas niponas con un 2kyuu (keep dreaming, Alice), el destino John Marcher susurrándome al oído, mis desempeños freelance y mis estadíos amorosos cada vez más turbios, enseñándole (for God’sake) mi lengua de partida a un hombre que camina por los corredores de una tremenda universidad en Boston, con un espresso macchiato en la mano, y dice: ‘ahhh, ahí está ese tipo, ese Chomsky, el revolucionario... ¿qué dictaba?, ¿hoy da clase?, ¿irá a cambiar el modelo lingüístico por vez número… vigésima?’. Entiendo que esta clase de sucesos son muy lógicos (esto de los 6 grados de separación, y blabla), pero no puedo evitar delirar con que cosas así son las que delinean una interconexión caótica en el mundo.   

Cuando empezaba a olvidar el asunto me atacó un deja vu newyorker. En el subte (acaso Girondo y yo estemos atravesados por existencialismos baratos en los medios de transporte públicos) una mujer sentada a mi lado tintineaba una pulsera, enorme, ‘by Tiffany’s. Y poco antes el señor MIT-me-cruzo-con-Chomsky-so-what y yo habíamos discutido a propósito de los cinnamon rolls.

So, me paso estos días atontada entre prácticas de piano, repitiendo acordes que no puedo leer (tengo una extraña desesperación x las cosas que no puedo leer; en Viena, me pasaba lo mismo frente a los menúes y los carteles callejeros. Es como si una parte de mí no pudiera concebir que las cosas pueden comprenderse por otros medios fuera de la lengua), recordando viejas clases de origami y hostigándome con la sapiencia de unas cuantas novelas por releer (sino leer x vez primera) para uno de los finales que tengo el fascinante propósito de dar en el turno más próximo.    

 

  

* En primer lugar, porque instaurarme en una declarada competición contra E indicaría que adhiero estúpidamente al privilegio de la cantidad y no calidad de las lecturas. Y luego, porque sugeriría que le creo cuando enumera el perturbador número de textos cortazarianos que leyó, sin tener el ‘deber’ de hacerlo, y sólo por mero gusto. Todas cuestiones patéticas que morirán en este espacio.

Por otra parte, del instituto saqué la primera parte de los cuentos completos. Tengo ganas de seguir leyéndolos, pero me limitan afinidades irracionales y exasperantes: el seductor y maldito prólogo de Vargas Llosa, y ese otro fantasma que me merodea una y otra, y otra vez.  


** Flaubert: “…la atroz existencia de la bohemia le pareció singular a través de la alegría de Hussonnet, que contó de una manera pintoresca cómo había pasado todo un invierno teniendo por único alimento un queso de Holanda”.

Jan. 20th, 2009

Correspondances


De un texto de Alejandra que Magíster me enseñó hace poco*.

 

Hablo de una traición, hablo de un místico embaucar, de la pasión de la irrealidad y de la realidad de las cartas mortuorias, de los cuerpos en sudarios y de los retratos nupciales.

Nada prueba que no clavó agujas en mi imagen, hasta resulta extraño que yo no le haya enviado mi fotografía acompañada de agujas y de un manual de instrucciones. ¿Cómo empezó esta historia? Es lo que quiero indagar pero con voz solamente mía y eliminando todo designio poético. No poesía sino policía.

Como una madre que no quiere dejar irse de si a su niño que ya está nacido, así su absorción silenciosa. Yo me arrojo en su silencio; yo, ebria de presentimientos mágicos acerca de una unión con el silencio.

Recuerdo. Una noche de gritos. Yo subía y no tenía posibilidad de arrepentirme, subía cada vez más alto sin saber si llegaría a un encuentro de fusión o si me quedaría toda la vida con la cabeza clavada en un poste. Era como tragar olas de silencio, mis labios se movían como debajo del agua, me ahogaba, era como si estuviera tragando silencio. En mí éramos yo y el silencio. Esa noche me arrojé desde la torre más alta. Y cuando estuvimos en lo alto de la ola, supe que eso era lo mío, y aun lo que he buscado en los poemas, en los cuadros, en la música, era un ser llevado a lo alto de la ola. No se cómo me abandoné, pero era como un poema genial: no podía no ser escrito. ¿Y por qué no me quedé allí y no morir? Era el sueño de la más alta muerte, el sueño de morir haciendo el poema en un espacio ceremonial donde palabras como amor, poesía y libertad eran actos en cuerpo vivo. A esto pretende su silencio.

Crea un silencio en el que yo reconozca mi lugar de reposo cuando la prueba de fuego de su afección tuvo que haber sido mantenerme lejos del silencio, tuvo que haber sido vedarme el acceso a esa zona de silencio exterminador.

Comprendo, de nada sirve comprender, a nadie nunca le ha servido comprender, y sé que ahora necesito remontarme a la raíz de esa fascinación silenciosa, de esta oquedad que se abre para que yo entre, yo el holocausto, yo la víctima propiciatoria. Su persona es menos que un fantasma, que un nombre, que vacío. Alguien me bebe desde la otra orilla, alguien me succiona, me abandona exangüe. Estoy muriendo porque alguien ha creado un silencio para mí.

Fue un trabajo magistral, una infiltración retórica, una lenta invasión (tribu de palabras puras, hordas de discursos alados). Voy a intentar desenlazarme, pero no en silencio, pues el silencio es el lugar peligroso. Tengo que escribir mucho, que plasmar expresiones para que poco a poco se calle su silencio y entonces se borre su persona que no quiero amar, ni siquiera se trata de amor sino de fascinación imponderable y en consecuencia indecible (acercarme a la dura, a la blanda niebla de su persona lejana, pero hunde el cuchillo, desgarra, y un espacio circular hecho del silencio de tu poema, el poema que escribirás después, en el lugar de la masacre). No es más que un silencio, pero esta necesidad de enemigos reales y de amores mentales, ¿cómo la comprendió desde mis cartas? Un juego magistral
.

Ahora mis pasos de loba ansiosa en derredor del círculo de luz donde deslizan la correspondencia. Sus cartas crean un segundo silencio más denso aún que el de sus ojos desde la ventana de su casa frente al puerto. El segundo silencio de sus cartas da lugar al tercer silencio hecho de falta de cartas.

También hay el silencio que oscila entre el segundo y el tercero: cartas cifradas en las que dice para no decir. Toda la gama de los silencios en tanto de ese lado beben la sangre que siento perder de este lado.

No obstante, si no existiera esta correspondencia vampírica, me moriría de falta de una correspondencia así. Alguien que amé en otra vida, en ninguna vida, en todas las vidas. Alguien a quien amar desde mi lugar de reminiscencias, a quien ofrendarme, a quien sacrificarme como si con ello cumpliera una justa devolución o restableciera el equilibrio cósmico.


 

A.

El extraño caso

El destino John Marcher



* "Una Traición Mística"; Alejandra Pizarnik, Prosa Completa, Ed lumen.

Jan. 13th, 2009

Disoréxicamente hablando.

Había algo entre los dos que los llevaba a creer que lo que tenían- si es que de una entidad tangible se trataba - era irrepetible. Cuando en realidad, tal vez, lo único irrepetible en aquella congregación de espíritus desolados y grises era, por un lado el descreimiento; por el otro, la rabiosa creencia de que se es especial una vez transgredidas un par de típicas convenciones.

 

Había tratado de buscar, en cárceles y letras, que para ella era más o menos lo mismo, un sitio en blanco y negro, si es posible impreso, en donde encontrarse: así aprehendería un final y no tendría que sufrir a la espera de cuchillas y vanidades, picahielos descartados por ser excesivamente dramáticos.

 

Oscilaba entre “me diste la intemperie, la leve sombra de tu mano pasando por mi cara…” y “hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú, que vuelves”. Un citadísimo verso de Nadja, también, que le había parecido la revelación más oportuna en los últimos meses, y que a fuerza de repetírselo como un mantra inacabable, esperaba ansiosamente que a él también le resultase, como mínimo, familiar. Intentó hacer que las palabras de Borges hicieran eco entre sus manos, tan blancas, tan poco femeninas; “…crecen los muros de mi cárcel, como en un sueño atroz”. Así, decía ella, hubiese sido más fácil. (No estaba 100% segura de eso y, de hecho, sus fortísimas barricadas sugerían más bien lo contrario). Había además un texto de Sara Kane que ella recordase incesantemente cierto tiempo atrás, en las circunstancias más inverosímiles; encerrada en una habitación gigantesca, apuntando discursos semejantes a guiones teatrales, con la esperanza de hacer que, en menos de 12 horas, aquel hombre la amara (¿...y luego qué?). El final de un poema de Girondo: “se rehúyen, se evaden y se entregan”, y unas cuantas mujeres, como en un catálogo de princesas, entre las cuales no podía elegir dado que el desenlace siempre era estricticina, los destrozos de un tren a todo vapor, el oprobio social mirando las estrellas o la toma de un veneno mutuo, con las manos alzadas, en un pacto de asesinato y empatía, otrora pasión y promesas románticas. Estar así sólo le ofrecía un camino: el de la regente del autor latinoamericano, pálida en su silla de oro, con suspiros huidizos y boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

 

Había algo entre los dos que los llevaba a creer que lo que tenían- si es que de una entidad tangible se trataba - era interesante. Cuando en realidad, tal vez, lo único interesante en aquella congregación de espíritus desolados y grises era, por un lado las apuestas; por el otro, el conteo perpetuo de los dulcísimos pétalos que poblaban los ramos de rosas, al final de una actuación, unilateralmente excruciante.

 

Jan. 5th, 2009

Useless tea cups


Alejandra dice: Yo no sé de pájaros. No conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Yo digo: Estamos, efectivamente, sentados en lados opuestos de la mesa. Inútil leer tus cartas y esperar encontrarme, cifrada, inmutable y cristalizada entre esas letras ásperas. (No me gusta, siquiera – y es este un amaneramiento de estilo imperdonable – el modo en que escribís. Yo no sería tu lectora, sino mediante la misma magia por la que soy tu amante: un constante trasmutar de lo que no sos en lo que podrías ser, bajo promesas insostenibles que se apoyan en la humedad real de muchas lágrimas). Inútil creer que vas a leer las mías, y que por más de un puñado de momentos vas a preguntarte cuánto hay de verdad y cuánto de impostura en esta tristeza; inútil pretender que me encuentres en el lugar (recóndito, inexistente) en que querías que permaneciera; inútil convencernos de que en tu filosa ideología hay espacio para treguas y de que mi soledad está dispuesta a sacrificar libros y poemas a cambio de los retazos que arroje – al azar, como si levantase la mano hacia las auroras – tu amor de bucanero. Y es que, ya sabemos, no poseo ninguno de los trucos que te auguran (así dice tu decálogo) un viaje inútil, pero muy suave, al otro lado del espejo. No entiendo esas notas musicales. No tengo otro talento además de la creación de cosmogonías entre consonantes y vocales; mi estrategia es la del engaño, no literal sino escénico. Me maldicen las dueñas de la eterna belleza: imantada a la superficie, planteo rebeliones que no cumplo y me perfumo el cabello con rosas para intentar transportarte de una claridad que - admitámoslo - desprecias. No sé de manjares, no comprendo ese sector privilegiado al que hombres y niños se entregan con placer intempestivo y deglución deliciosa. No conozco los encantos del Sol abrazando rostros y cuerpos grises bajo el cielo de verano; apenas si soy capaz de hablarte de la hipnosis de la lluvia; del viento invernal que atraviesa páramos infranqueables; de los ciento cuatro colores que una hojita de otoño puede absorber a la vera de la luz y de la sombra. No me atrevo a experimentar más que con un par de infructuosas autodestrucciones. No puedo más que encontrar apostasía en los muchos, diversos, eclécticos, elásticos, dioses que frecuentás.


Yo no sé de pájaros ni conozco la historia del fuego, pero sé cuál es el problema: en el jardín, las rosas dejan de ser las rosas y quieren ser la Rosa                                                  

                               

 

 

 

 

Dec. 27th, 2008

あなた は grupie です か

Harta de los simbolismos, me dispongo a tipear autobiografías solapadas una vez más. Estoy convencida de que los últimos 3 días antes de Navidad tienen alguna significancia particular que permanecerá más o menos aneblinada hasta próximo aviso, o próximas conjeturas literarias. El fenómeno se adivinaba como inminente pese a mis reticencias iniciales para aceptarlo. Puede que eso tenga algo que ver, incluso, con lo que le decía a A. un par de noches atrás: una preferencia egoísta y cobarde por que ciertos eventos ‘dichosos’ no ocurran, en pos de que en su inexistencia pueda yo ampararme, lejos de los limites vidriosos e irrebatibles de la realidad. Pero, inminente y avisado como era, el domingo sobrevino toda la cuestión y me encontré en el lobby del hotel, aterrada, sin recordar saludos básicos en una lengua que, de tanto uso, me sabe más a hábito foráneo que a falsa competencia adquirida. Lo lógico del caso hubiese sido presentarme como la encargada de que los individuos extranjeros lograsen llegar a eso que Grice llama con tantos rodeos y principios, “un buen intercambio conversacional”, pero no fue así; fiel a la poca confianza que me caracteriza*, en lugar de aseverar el título que injustamente? se me había asignado, lo autocuestioné. “¿Vos sos la traductora?”; “No, no… traductora… no. Hablo. Puedo hablar. Estudié como 7 años y…”; “Ahh…”. Tras esa pequeña deconstrucción, los Montescos alzaron armas con sigilo; sonrisas cómplices de por medio tras reconocerme no sólo como la enviada de los Capuleto, sino además, como la espía encubierta del rey de Shuppansha.

A este punto yo estaba más preocupada por el registro verbal en que les iba a hablar a esos sujetos orientales, que por el extraño juego de luces que causaba mi fisonomía asimétrica con la del conjunto de los Montesco: estaba esa mujer, la líder del grupo, que disputaba con el joven de ojos claros (y varias trasnochadas líneas de lo que parecía ser cansancio), una condecoración impresa en remeras fluorescentes; condecoración que - lauros aparte - lo único que me sugería era la triple multiplicación del peso de responsabilidad por lo que aconteciera ese día, en el llamado concierto. Además de haber dejado muy en claro que mi casta era la enemiga, en todos los sentidos en que eso podía interpretarse (y en aún más de los que ellos podían interpretar), la realidad de las cosas me delataba: yo no conocía al productor que me había contratado y poco me había interesado en averiguar datos acerca de, al menos, un par de características físicas que me facilitaran su reconocimiento en aquel brillante lobby amurallado de azulejos color carmín y extendidos sofás blancos. Así terminé en las garras del joven de ojos azules y las líneas, que trazó una zanja entre nosotros al momento de desenmascararse, zanja que volvería a socavar a la mención de sus irrisorias incursiones en la lengua por la una (vulgar, innecesaria) Capuleto había sido convocada. Luego estaban dos individuos más, femeninas ambas, en quienes no reconocí a un antiguo peligro (uno del que no fui salvada por el extraño caso , pero así me gusta pensarlo en las noches de tormenta, cuando considero dejar de jugar con anillos y brújulas, y luego descarto la idea en un abrir y cerrar de ojos), y en quienes sí presentí – lo juro – a uno venidero. En Romeo&Juliet, Shakespeare tiene la sutileza de organizar el enfrentamiento tácito en la casa de la bella pretendida; yo no contaba con tanta suerte, y menos aún con semejante libreto, por lo que acompañándome en la aventura del lobby a la espera de se encontraban, uno diría, dos familiares perdidos de la casa Capuleto: el socio de mi fantasmal productor (una suerte de Alcestes rudo, con diálogos a lo Perlonger) y un sujeto vestido de negro, que paradójicamente portaba el escudo Montesco y no cesaba de horrorizar a los que rendían un muy filoso homenaje a la casta del Romeo multicolor. Esperamos cerca de 2 horas a la bajada de la trouppe, que, como todo en esta gran novela, debía ser obligatoriamente diferente a cualquiera de los 4 o 5 escenarios que me había imaginado mientras hablaba en el taxi con Chi, encerrada en los camarines. En el ínterin había dialogado yo con el futuro peligro rojizo, si mal no recuerdo, acerca del mundillo al que nunca lograré siquiera acercarme para mirar con curiosidad; el interesante look de mi interlocutora, sus preciosos ojos enormes, maquillados menos maternal que teatralmente **; su aire desgarbado; sus más recientes aventuras por el abismo universitario; mi acotación de la palabra ‘eclecticismo’, absolutamente mal aplicada y más o menos bien recibida, que actuó no tanto como un verdadero comentario sino como la dosis de ‘este es mi mundo’ que yo necesitaba en el trascurso de aquella espera.

 

Y despues? )

Dec. 19th, 2008

Cadáver Exquisito IV


Escribes criptografías porque es lo que sabes, es lo que ordenas. Deseas que las cosas sean de otro modo; que en lugar de una pluma haya entre tus manos un mapa, y que no pervivan pulsiones sedosas (que son misterios y a veces mentiras), sino paz continuada o cruenta revolución. Derrocar el reino y amortajarte en la noche: vestirte de reina triste porque no pudiste ser princesa, y conjurar amores extraviados y marinos, porque la isla del tesoro te parece insuficiente. Quisieras que, más que un porvenir demiurgo entre frases, te fuese deparado una deconstrucción feliz de tu persona. Le reclamas a tu yo esta falta de cortesía, esta propensión al enmascaramiento, esta reunión ilegítima de aniquiladoras insuficientes que no terminan de arrojarte piedras ni de encumbrarte. (Y todo esto es porque de un momento al otro decidiste abdicar en favor de un imposible apodíctico). Lloras en silencio y te consuelas sabiéndote enfermiza y obsesiva, mas nunca derrotada, aunque en el fondo – he aquí una victoria absoluta – estás convencida de que son siempre los malos perdedores los que se trasueñan invictos. Te suscitas desdicha: estás sentada en la mesa equivocada y es él quien te intercepta. “Hagamos una invocación al tiempo”; porque para ti las agujas no se han movido desde el día en que animaste un desprendimiento del antifaz, muy a tu pesar, claro: tu efectivo interlocutor en ese té de las casualidades está diciendo que ya transcurrieron décadas en las que una y otra vez envidó el corazón, y ahora se presenta ante ti cubierto de medallas, despojado de tramas en las que te apuñala o te absuelve los pecados. (“Tú me quieres nívea, me quieres blanca…”). Vas a tener que hacer algo, y pronto; algo más que permanecer elipsada mientras te felicitan por tanto símbolo y tanta poesía inacabada. Vas a tener que mover las piezas, pero ¿hacia dónde?,
¿contra quién?

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